La estrategia del Gobierno para ganar las elecciones es clara: patear la resolución de los problemas estructurales hasta fin de año. Uno de esos problemas es la deuda externa. El presidente Alberto Fernández partió a Europa la semana pasada con un objetivo claro: evitar un default con el Club de París y que éste acepte que la Argentina postergue a fin de año el pago de su deuda de U$S 2.400 millones con el organismo, la cual vence a fin de mes. Según trascendió de la agencia internacional Bloomberg, el Club de París daría su visto bueno, aunque insistió en la necesidad de que el país avance en la negociación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI).
La comitiva argentina en Europa celebró el éxito de las gestiones, que tuvieron como coronario el encuentro del presidente Fernández con Kristalina Georgieva, titular del FMI. Georgieva tomó nota del pedido del mandatario argentino: extender los plazos y alcanzar un plan de facilidades por la deuda de U$S 44.000 millones contraída por la administración de Cambiemos; además, Fernández insistió en plantear la redistribución equitativa de los derechos de giro (DEG, la moneda del FMI), y la reducción de las sobretasas que se cobran, por estatuto, a los países que toman acuerdos "de acceso excepcional", como es el caso argentino.
Georgieva fue cordial con Fernández aunque no dio una respuesta definitiva a sus reclamos. El FMI condiciona un acuerdo con la Argentina a que nuestro país presente un plan económico integral y de estabilización. La escalada del índice de inflación –que en abril trepó al 4,1%- conspira, sin embargo, con la tan esquiva estabilidad de la economía.
La inflación es otro de los problemas estructurales que el Gobierno debe resolver pero cuya solución de fondo dilata. Según la consultora Ecolatina, el índice anual rondará el 45%, estará muy por encima del 29% proyectado en la ley de presupuesto. Para que esto se cumpla, dice la consultora, la suba de precios debería promediar 2,7% entre mayo y diciembre, “un valor difícil de alcanzar, pero no imposible” debido a que, como se prevé, el Gobierno mantendrá al dólar oficial planchado, a las tarifas de servicios públicos congelados y a los salarios por debajo del índice de inflación.
“La inflación terminaría cerca de los niveles de 2018 y 2019; sin embargo, la situación será más preocupante: mientras que en aquellos años se corregían precios relativos -dólar y tarifas-, en el actual contexto se están acumulando atrasos, que, posiblemente, dejarán a la inflación por encima de 40% también en 2022”, advierte la consultora.
El oficialismo es optimista. La lectura oficial proyecta que el Frente de Todos obtendrá una victoria a nivel nacional por más de 10 puntos.
Sin embargo, al Gobierno no le preocupa el largo plazo; su prioridad es ganar las próximas elecciones. El oficialismo está confiado y, encima, cuenta con un viento de cola importante: el boom del precio de la soja que, después de 9 años, superó los U$S 600 la tonelada. Lloverán divisas y el kirchnerismo se refriega las manos.
En los próximos días retomará su embestida contra el ministro de Economía, Martín Guzmán, para que abra el grifo y reparta más recursos en planes de emergencia y asistencia social antes de las elecciones. Pero el presidente y Guzmán no quieren abusar del gasto de los recursos ni por la emisión: se sientan sobre las arcas y las reservas del Banco Central, en plena recuperación, para poder mostrar logros al Fondo y llegar a un acuerdo por la deuda.
La convulsión y las peleas internas dentro del Gobierno sobre el rumbo que debe tomar la economía son, por veces, feroces. Sin embargo, la unidad del espacio –clave para ganar las elecciones- no está en riesgo. Fernández transmitió esta certeza en sus charlas informales con la delegación de periodistas argentinos que lo acompañaron a Europa.
El oficialismo es optimista. La lectura oficial proyecta que el Frente de Todos obtendrá una victoria a nivel nacional por más de 10 puntos, con triunfos en la provincia de Buenos Aires, en el norte y el sur del país, escenarios más ajustados en Santa Fe y Entre Ríos, y preferencia por Juntos por el Cambio (JXC) solo en CABA, Córdoba y Mendoza.
Este optimismo se asienta en tres pilares: una campaña de vacunación que, al momento de las elecciones, habrá alcanzado a buena parte de la población, lo que disiparía –según cree el Gobierno- el malestar del votante medio por la mala gestión de la pandemia; una desaceleración de la inflación a partir del segundo semestre, combinado con un acuerdo con el FMI de postergar los pagos de deuda y, tercero, la falta de un liderazgo claro de Juntos por el Cambio que, por ahora, no muestra un candidato competitivo en el principal distrito electoral del país, Buenos Aires. Fernández está convencido de que María Eugenia Vidal, exgobernadora bonaerense, no será de la partida.
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