lunes 19 de octubre de 2020
Política | Alberto Fernández | pobreza | Economía

Alberto Fernández, el Presidente que se enfrenta a una tormenta perfecta

Para los kirchneristas duros, Alberto Fernández resulta incómodo. Y para los opositores más acérrimos, Alberto Fernández representa un escollo que se interpone en la posibilidad de un cara a cara contra Cristina.

Atrás quedaron aquellos primeros tres meses en los que la deuda externa representaba la mayor preocupación del presidente y cuando el gobierno volcaba todas sus expectativas a un pronto acuerdo con los acreedores internacionales, que despejara el camino de la gobernabilidad argentina.

El coronavirus llegó a mediados de marzo y rompió todos los moldes. La economía pasó a un segundo plano y Alberto Fernández supo colocarse al frente de un país atravesado por la incertidumbre. Paradójicamente, fueron los mejores tiempos para una gestión joven, pero con rápidos signos de envejecimiento. Los niveles de apoyo al gobierno crecieron y Alberto Fernández pareció sentirse cómodo en su rol de piloto de tormentas.

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Alberto Fernández gozó de los mayores índices de aprobación mientras duró el

Alberto Fernández gozó de los mayores índices de aprobación mientras duró el "efecto pandemia" de coronavirus.

Sin embargo, el "efecto pandemia" no va más. Las malas noticias producen un efecto de acostumbramiento. La cantidad de muertos y enfermos de coronavirus ya no sorprende a nadie y las personas realmente preocupadas por la enfermedad parecen ser cada día menos.

La política y la economía salen a escena

Alberto Fernández sufre las consecuencias de este cambio de contexto. Con el "efecto pandemia" en franco desgaste, la política y la economía comienzan a ganar terreno en un país quebrado e incierto.

De esta manera, el presidente se encamina a iniciar la tercera fase de su gestión en la peor de los escenarios posibles: sin dinero, con la economía agonizante, sin oxígeno externo, con el kirchnerismo duro mirándolo de reojo y con una oposición que busca sacarlo del medio porque necesita imperiosamente de la grieta.

De esta manera, el presidente se encamina a iniciar la tercera fase de su gestión en la peor de los escenarios posibles: sin dinero, con la economía agonizante, sin oxígeno externo, con el kirchnerismo duro mirándolo de reojo y con una oposición que busca sacarlo del medio porque necesita imperiosamente de la grieta.

Las últimas semanas mostraron a un gobierno titubeante. Sin dólares que permitan el funcionamiento de la economía -la falta de divisas pone en jaque a la producción e impide cualquier atisbo de recuperación-, la administración de Alberto Fernández endureció el cepo y permitió que tan solo unos pocos pudieran acceder a la moneda norteamericana como refugio ante la pérdida de valor del peso. Sin embargo, las reservas del Banco Central son tan escuálidas, que ni siquiera están en condiciones de soportar este mínimo goteo de dólares.

Entonces se decidió cambiar la estrategia. En lugar de restringir la salida de dólares, se apostó por incentivar el ingreso de recursos a través de las exportaciones. Se anunció una baja temporal de las retenciones al campo, pero el resultado de las medidas fue nulo. El valor del dólar continuó subiendo. El argentino promedio siente que su moneda es apenas papel pintado y representa el reflejo de una economía famélica.

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La mayoría de los niños argentinos viven en la pobreza o en la indigencia. La realidad social es dramática.

La mayoría de los niños argentinos viven en la pobreza o en la indigencia. La realidad social es dramática.

La Argentina se encuentra arrasada. Los niveles de pobreza se comparan con los de la mayor crisis económica de la historia del país, que dejó entre 2001 y 2003 a millones de personas sumidas en la miseria.

Un reciente informe del Cippec (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento) indica que en el país hay 3,2 millones de niños menores de 17 años sumidos en la indigencia, lo que significa que ni siquiera cuentan con los indispensable para vivir. Sin las ayudas del Estado, la cantidad de menores indigentes llegaría a la escalofriante cifra de 5,7 millones. En lo que respecta a la pobreza, alcanza al 66,3% de los chicos menores de 17 años. Y sin las ayudas estatales llegaría al 69,3% .

Alberto Fernández y su gobierno pueden tener las mejores intenciones, pero estos números reflejan una verdadera tragedia social.

El escenario internacional tampoco ayuda. A diferencia de lo que sucedía en el ya lejano 2003, cuando Néstor Kirchner asumió la Presidencia, el mundo también está golpeado por la pandemia. Las economías de algunas de las principales potencias sienten el cimbronazo. Y el valor de las materias primas, como los granos o el petróleo, se derrumbó durante los últimos años. En este 2020, cualquier sueño de "Revolución Bolivariana" sin los dólares del petróleo venezolano sonaría a mera utopía.

Fuego amigo y amenazas enemigas

Pero la crisis económica no es el único problema para Alberto Fernández. A meses de las elecciones de medio término, el gobierno enfrenta amenazas políticas externas y presiones políticas internas.

Los votantes de paladar kirchnerista no se sienten del todo cómodos con el estilo de Alberto. Le reclaman ir a fondo con medidas que el Presidente no parece estar dispuesto a llevar adelante. Le reprochan, por ejemplo, sus vacilaciones con respecto al impuesto a los más ricos, su cambio de estrategia sobre la estatización de Vicentin y sus titubeantes condenas públicas a los jueces que decidieron investigar a Cristina Fernández por causas de corrupción.

Tampoco entienden cómo puede ser posible que los "gorilas" opositores al gobierno hayan ganado "la calle" con tanta facilidad sin que el Presidente reaccione como en otros tiempos supieron reaccionar Néstor y Cristina. Alberto no los representa. Pero sin Alberto, la vuelta al poder difícilmente hubiera sido posible.

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Los opositores al gobierno ganan las calles con frecuencia y ponen límites a un peronismo históricamente acostumbrado a controlar el espacio público.

Los opositores al gobierno ganan las calles con frecuencia y ponen límites a un peronismo históricamente acostumbrado a controlar el espacio público.

Al fuego amigo se les suman los lógicos juegos de la oposición. Se puede estar a favor o en contra de este gobierno. Se puede apoyar o criticar la gestión de Cambiemos. Pero lo que nadie en su sano juicio puede negar es que Mauricio Macri dejó un país en ruinas, cuando la pandemia de coronavirus todavía no existía.

Algunos dirigentes de Cambiemos que habían optado por un saludable período de silencio luego de la derrota, vivieron la reacción social contra el intento de estatizar Vicentin como un soplo de aire fresco. Y allí se los vio, tímidamente al principio, acompañando las marchas contrarias a un gobierno que no midió las consecuencias de sus actos y actuó con tal desatino -y prepotencia- que terminó convirtiendo en víctimas a un puñado de empresarios con dudosos escrúpulos.

Para los kirchneristas duros, Alberto Fernández resulta incómodo. Y para los opositores más acérrimos, Alberto Fernández representa un escollo que se interpone en la posibilidad de un cara a cara contra Cristina Fernández. En otros tiempos se hubiera dicho que al Presidente lo corren por izquierda y por derecha, aunque en el presente los límites ideológicos se encuentran tan desdibujados que esta frase suena a reliquia.

Frente a estas circunstancias sanitarias, económicas, políticas, externas e internas; el Presidente se encuentra en un escenario que difícilmente pueda ser más adverso.

En este contexto, la dirigencia política ya piensa en las elecciones 2021. Y frente a lo que se viene, existe un dato que vale la pena tener en cuenta: según una reciente encuesta realizada a nivel nacional por la consultora Giacobe y Asociados, el 20,8% de las personas consultadas dijo ser peronista; el 9,5%, kirchnerista; el 4,9%, radical; el 4,8%, del PRO; el 11,4%, de otros partidos menores; y el 42,6%, respondió que es independiente, apolítico o apartidario.

En otras palabras, nadie tiene la partida ganada, ni perdida. Cualquiera que gobierne debería lidiar con el mismo drama. Cualquier movimiento en falso puede volcar el voto independiente hacia uno u otro lado de la balanza.

El equilibrio siempre resulta saludable. Sobre todo, para un país que se encuentra absolutamente arrasado y con un Presidente que debe hacer frente a una verdadera tormenta perfecta.

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