La tinta del cartel se había corrido bajo la lluvia densa y persistente, pero se notaba aún el mensaje: “Liberen a Diego”. La mujer que sostenía a pancarta estaba empapada, parada en la esquina de Tarragona y Eva Perón, mientras una extensa fila de autos, que abarcaba unas 20 cuadras, tocaba bocina y se plegaba a la consigna de Gloria Benítez, una jubilada que vive desde hace 30 años en el barrio de Fisherton, donde nunca se cruzó ni conoció a Diego C., el joven de 25 años que el jueves pasado mató a dos ladrones. Los embistió con su camioneta 4x4, a cinco cuadras de donde esta mujer, tres días después del violento episodio, reclamaba junto con centenares de personas que lo liberen.
Esa multitudinaria marcha que se realizó en ese barrio residencial del oeste de Rosario se transformó en un hecho inédito: hasta ahora nunca se vio tanta cantidad de gente, y sobre todo con tanto fervor, pidiendo por la libertad de un joven acusado de matar a dos personas, que le fueron a robar.
Esta expresión de respaldo a alguien que hizo “justicia por mano propia” no nace de un repollo, sino que se gesta en un contexto atravesado por dos escenarios que se cruzan: el incremento de una inseguridad cada vez más violenta y una crisis económica que provoca desesperación.
Más allá de todos los elementos que rodean este caso, el resultado es que dos personas murieron y una está presa por 2.000 dólares, que era el botín que buscaban los asaltantes y el motivo que disparó al conductor de la camioneta a perseguir a los ladrones y pisarlos con una Chevrolet S10.
Casos similares, aunque sin este desenlace tan brutal, se repiten a diario, mientras queda palpable la ausencia del Estado a través de las fuerzas de seguridad. Los policías aparecieron en la escena del crimen cuando debajo de las ruedas de la camioneta estaba el cuerpo de Diego Quiroga García, de 25 años, y al lado agonizaba su compañero Luciano Escudero, de 29, gravemente herido, que falleció el viernes en el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez (Heca).
La comisaría 17º está a pocos metros de allí, donde luego se juntó el cadáver. Si alguien hubiese aparecido antes el final podría haber sido distinto. Y la gente de ese barrio residencial que este sábado se manifestó no hubiera estado tan exaltada.
Es que el homicida, el joven que manejaba la camioneta, era un pibe común, que trabajaba con su padre en una empresa metalúrgica, y había ido a cambiar dólares –según contaron los familiares- para pagar deudas frente a una situación económica de crisis endémica, que con la pandemia no parece tocar fondo. Pero nada justifica matar a dos personas, en una ciudad donde la desesperación muestra signos de canibalismo urbano.
El domingo se realizará la audiencia imputativa que empezará a definir el futuro judicial de Diego C. El fiscal Patricio Saldutti lo imputará de homicidio, pero en ese trámite se definirán las calificaciones que van a moldear cómo avanzará este caso, que amenaza convertirse por la trascendencia social en una bisagra. Durante la marcha de este sábado los manifestantes convocaban a la gente a que se movilice mañana al Centro de Justicia Penal. La clave del desenlace pasará por si transita en libertad o detenido el proceso.
Los familiares de Diego C. se tuvieron que ir el jueves a la noche de la casa donde viven en el barrio de Fisherton, luego de que allegados y parientes de los asaltantes fallecidos fueran a amenazarlos.
El episodio que terminó con dos ladrones muertos se inició el jueves cerca de las 17.30, cuando el joven de 25 años fue en su camioneta Chevrolet S10 a retirar 2000 dólares de una financiera del centro de Rosario. Luego de realizar la transacción se dirigió hasta la casa de su padre en Amuchástegui al 600, en Fisherton.
Cuando D.C. llegó a la casa de su padre dos hombres en una moto lo interceptaron cuando él estaba dentro de la camioneta. Le rompieron el vidrio del vehículo con la culata de una pistola, según relató el abogado defensor Pablo Rajmil, y le apuntaron a la cabeza. “Dame la plata”, le gritó uno de los asaltantes y realizó –según señalaron familiares a Aire de Santa Fe- tres disparos al aire para intimidarlo.
El conductor de la Chevrolet S10 le entregó el dinero inmediatamente. Y el ladrón arrojó el arma, según el abogado. Se sospecha que porque podría haber tenido un desperfecto. Es en ese momento cuando Diego C. inicia una persecución de los dos asaltantes que huían en una Honda Titán.
A unas seis cuadras de donde se había producido el robo, el conductor de la S10 embistió a los ladrones. Uno murió en el acto, al quedar bajo las ruedas del vehículo. Y el otro asaltante quedó gravemente herido, tirado en la vereda. La policía secuestró en ese lugar una segunda arma, según fuentes cercanas a la familia.
Minutos después de que se produjera este violento desenlace los familiares de los dos asaltantes fueron hasta la casa del padre de Diego C., donde se produjo el robo, a increpar y amenazar a los allegados al joven que provocó la muerte de los dos presuntos delincuentes. Rajmil admitió que el entorno cercano del joven “está muy preocupado y afligido por lo que sucedió y tiene temor a posibles represalias”. Familiares de Diego C. fueron a pedir a la justicia que se garantice su seguridad ante la posible venganza de parte de los familiares de los asaltantes muertos.
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