domingo 12 de julio de 2020
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Muñeca brava: otra acusación grave para una joven que pergeñó atentados contra el Poder Judicial

"Recagalo a tiros porque no me paga. Andá aplicale mafia posta", ordenó Lucía Estefanía Uberti a un menor de edad que luego roció a balazos la casa de un muchacho que mantenía una deuda por drogas. "Te la hago corta, donde te vea te hago meter un tiro", lo amenazaba.

Una joven detenida en el marco de las investigaciones por una saga de balaceras contra inmuebles de funcionarios judiciales y edificios públicos registrados en 2018 en Rosario, sumó otra grave acusación relacionada a la feroz balacera contra la casa de un joven con el que mantenía un conflicto por deudas de drogas.

Como otras tantas mujeres integrantes de bandas criminales, Lucía Estefanía Uberti forjó un peso específico luego de que los líderes de Los Monos cayeran en desgracia, fueran asesinados o terminaran tras las rejas en medio de la descarnada puja por el poder territorial para la venta de estupefacientes.

La arrestaron en agosto de 2018 mientras cursaba un embarazo de seis meses junto a otras decena de personas involucradas en al menos diez atentados armados contra inmuebles de jueces, la sede del Ministerio Público de la Acusación (MPA) en Mitre y Virasoro, y en los Tribunales provinciales de Balcarce y avenida Pellegrini.

En la audiencia imputativa unos días después, los fiscales Nicolás Foppiani (hoy juez), Aníbal Vescovo, Matías Edery y Miguel Moreno integrantes de la unidad de Gravedad Institucional que se creó para investigar estos incidentes, le achacaron a Uberti un rol protagónico.

Fue considerada un engranaje central para preparar, organizar y armar la logística de los ataques a inmuebles de jueces y públicos del Poder Judicial, con lo cual se buscó desestabilizar la institución y sembrar terror en la sociedad en el marco de la persecución penal contra Los Monos, muchos de los cuales fueron condenados en un juicio en abril de 2018.

A Uberti y sus cómplices le endilgaron las balaceras al Centro de Justicia y del Ministerio Público de la Acusación de Montevideo al 1900, los tiroteos contra inmuebles vinculados a la jueza Marisol Usandizaga en Zeballos al 2500, Dorrego al 1600, Libertad al 300 y Buenos Aires al 1700; el atentado a una propiedad de Tarragona al 700 de la camarista Carolina Hernández, y otra en San Luis al 1400, vinculada a la jueza Gabriela Sansó.

Los fiscales la hicieron partícipe de otra intimidación gravísima: la aparición dos granadas de mano y una tipo candela hallada en la sede de la Policía de Investigaciones (PDI) junto a un cartel con la leyenda: “dejen de entrar a casas que nada que ver y encerrar gente inocente”. Por ese incidente fue condenada a tres años de prisión condicional Aldana Mazzeo, otra joven que tuvo una participación secundaria.

Cuando la investigación se encaminó en medio del estupor social, se pudo desentrañar que Ariel “Guille” Cantero (condenado a 22 años de prisión) ordenó siete de esos diez ataques a los edificios públicos. Buscaba a toda costa presionar para que se ordenara su traslado a una cárcel santafesina.

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Del miedo a dar órdenes

Detrás de Guille había un grupo de jóvenes que se encargó de ejecutar sus órdenes al pie de la letra. Entre ellos, Matías César, de 21 años, arraigado en Tablada y contacto directo con Guille, y su novia Lucía Stefanía Uberti, de 26, que imponía condiciones en barrio Alvear y que se relacionaba con Daniel “Teletubi” Delgado, un condenado por el triple crimen de chicos inocentes en la Villa Moreno.

La pareja y sus cómplices fueron imputados el 12 de octubre de 2018 en una audiencia maratónica. Los fiscales exhibieron un voluminoso caudal de evidencias (más de 500 mensajes de textos y audios) que demostraron la ascendencia de Lucía sobre el grupo.

“Yo le tenía miedo a los narcos y ahora le doy órdenes a ellos” se leyó en un mensaje que mandó la chica. Y en otro ya detenida advierte: “Diganle a la abogada que haga desaparecer el S7 porque vamos en cana todos”. Se refería a un teléfono Samsung que igualmente fue incautado y preservado.

En la investigación se constató que trasladaba droga, armas, ordenaba balaceras contra viviendas o personas por deudas de estupefacientes. En marzo del 2019 también fue detenido Leandro Chulo Olivera, una hombre vinculado a Los Monos que actuaba en tándem con Uberti y César para orquestar los atentados al Poder Judicial.

Lo concreto es que la chica quedó en prisión preventiva efectiva, pero después de un año y medio volvió esta semana al Centro de Justicia Penal donde sumó otra grave acusación que refuerza ese perfil de “chica brava”.

La responsabilizan de ordenar una balacera contra la casa de Victor Carelli, un vecino hijo de un gendarme que le compraba drogas. Primero lo amenazó con mensaje, luego directamente mandó al menor Matías F. a balearle su casa en Suipacha al 3937, el 29 de julio de 2018 a la 1.45. Ese día el padre del joven le entregó a Uberti 6.500 pesos para que cesaran las intimidaciones.

Según la cronología que relataron los fiscales, una semana antes la joven intimó a Carelli: “Dijiste que me ibas a pasar plata, y no me pasaste nada, al final te hacés el boludo, mirá que yo te la hago corta, donde te vea en Quintana (por la calle) te hago meter un tiro y donde vea tu auto por Suipacha o por Riccheri te lo hago prender fuego, no me interesa, ya te lo dije, chau”.

“Recagalo a tiros”

Siete días después Uberti le ordenó a Matías F. que vaya a buscar a Carelli, que le dispare y que le exija el dinero: “Matías, vení para lo del Gabi y agarrá al del Corsa (el auto de Carelli) que siempre me compra (droga) y recagalo a tiros porque no me paga. Mati, andá aplicale mafia posta, de verdad. Andá y decile que me pague. Mati, y decile ‘loco pagale a la Luci’ aplicasela”.

La chica constató si se había realizado el trabajo. “Sí, pasé y le tiré un par de tiros, le dí a las dos ruedas, le reventé las dos ruedas”. El menor se mostró leal a su jefa. “Sí amiga, lo que vos me pedís yo voy a estar con vos hasta morir. Lo vamos a matar”, prometió el adolescente.

Según los fiscales, el 28 de julio Uberti exigió nuevamente la entrega de dinero a Carelli, pero como no lo consiguió activó otro plan. Averiguó dónde vivía, le pasó el dato a su soldadito y ordenó: “haceme el favor, andá a tirarle ya. Por Suipacha antes de Doctor Riva, del lado izquierdo una casa de dos pisos. Afuera siempre hay una trafic”.

El chico sólo pidió que un amigo le lleve una moto. “Decile a Teté que me traiga la moto y voy. Vos esperame a la vuelta que me bajo de la moto y me voy en el auto”. Uberti enseguida contestó. “Voy para allá. Nos organizamos y vamos. Total le damos algo a los pibes para que se lleven la moto y la pistola”.

Ese 29 de julio a la 1.45 Matías, acompañado de una persona no identificada aún, efectuó tres disparos contra la vivienda de la familia Carelli. Los proyectiles atravesaron la puerta principal del domicilio, y uno finalizó incrustado en el sillón del living donde los padres de Víctor miraban televisión. Por milímetros no hubo muertos. A las pocas horas pactaron un encuentro y entregaron los 6.500 pesos a Uberti.

Por esos hechos Lucía sumó otra grave imputación como instigadora y partícipe de los delitos de “extorsión, agravada por el empleo de arma de fuego, y por la participación de un menor de edad. El juez Hernán Postma aceptó el encuadre legal y resolvió que continúe en prisión preventiva efectiva por el plazo de ley.

La joven ya transita la misma medida cautelar (confirmada el viernes por la Cámara Penal) por los nueve hechos de ataques contra el Poder Judicial, calificados como atentados a la autoridad por el uso de armas de fuego, tenencia ilegal de arma de fuego, encubrimiento de delito precedente especialmente grave por tratarse de intimidaciones dirigidas a un poder público.

Ascenso y valores invertidos

El perfil de Lucía Stefanía no difiere de otras mujeres jóvenes lugartenientes de sus parejas o familiares que “bancan la parada” afuera haciéndose cargo de los negocios. Reciben instrucciones precisas, no dudan en ordenar balaceras, homicidios, manejar autos o motos, pagar a los sicarios.

Una generación de pibas bravas, atractivas, que se mueven en boliches donde pulula el hampa local. En esos ámbitos quedan encandiladas por el rápido y fácil acceso a los bienes suntuosos (autos, viajes, prendas de marca) adquiridos con el dinero de la droga. De un día para el otro quedan se ven envueltas en un espiral de códigos que giran invertidos, cuyo destino final es la violencia y un fiel sometimiento a sus hombres. Una cara compleja y consentida de la violencia machista.

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