Como casi siempre lo hacía cuando manejaba su Duna color blanco, Alejandra Cugno, de 42 años, levantó a un hombre que hacía dedo sobre la ruta 66. Volvía a su casa en San Jorge, donde vivía con su madre Belkis y su pequeño hijo. Había terminado de cumplir su trabajo como directora de la escuela N°268 Luciano Molinas de Cañada Rosquín. Hoy, paradójicamente, una escuela lleva su nombre. Sí. Una escuela lleva su nombre porque ese frío y gris 6 de julio de 2009 fue abusada y asesinada por ese hombre que levantó en la ruta: José Luis “Colo” Baroni, un peón de campo que hoy cumple su condena a prisión perpetua. A casi trece años de su asesinato, el rostro sonriente de aquella imagen que conoció el país aún sigue doliendo.
La denuncia de la desaparición la había realizado la familia de Alejandra. Puntualmente, su mamá. Con la onda expansiva que este tipo de noticias provoca hoy en día, los medios (locales, regionales, nacionales) rápidamente se hicieron eco de la información en aquel julio de 2009. El rostro de Alejandra y de su sonrisa plena en la fotografía que se divulgó oficialmente poco tenía que ver con la preocupación que se impregnó en sus familiares, amigos, en la sociedad y en las autoridades.
Había un dato. Testigos la habían visto por última vez levantando a un hombre que hacía dedo en la ruta y que saludaba a Alejandra con un beso. Era alguien que conocía y que tal vez, se conjeturaba por aquel entonces, ya lo habría llevado en otras oportunidades.
El Jefe de policía de la provincia Juan Hek y al juez de instrucción de turno, José Manuel García Porta, desplegaron un operativo de rastrillaje involucrando otras unidades regionales en búsqueda de una pista, algo, un elemento, una prueba que permita recrear cuál pudo haber sido el recorrido ese auto para intentar encontrarla con vida, aunque por el aire deambulaba el peor de los presagios.
El primer indicio se encontró a 90 kilómetros de allí, en la ciudad de San Francisco (Córdoba). El Duna blanco de Cugno estaba estacionado cerca de la terminal de micros sin las llaves ni marcas de violencia o robo. Tenía el estéreo colocado y el tanque de nafta lleno.
Los efectivos de la Policía santafesina continuaron con la búsqueda con perros de rastreo y helicópteros. Poco después, en un camino rural que está a unos dos kilómetros de donde se encontró el auto, hallaron prendas pertenecientes a la maestra: un jean, un guardapolvo (con un prendedor que llevaba el nombre de Alejandra) y un par de zapatos.
Más tarde, la cartera y la patente delantera del auto de Cugno aparecieron en un antiguo aljibe seco de un paraje cercano. Y luego, fueron hacia la casa del principal sospechoso, ubicada en la localidad de Piamonte y encontraron allí útiles escolares de Alejandra. El por entonces novio de la maestra participó de los operativos durante todo ese día y corroboró que las prendas pertenecían a la maestra. Las (pocas) ilusiones de encontrarla con vida se iban disolviendo.
Al cuarto día de la desaparición, el juez García Porta y el Jefe policial, Juan Hek, tomaron una valiente decisión en la sede de la Unidad Regional: en una conferencia de prensa, difundieron la imagen del sospechoso que con tantas pruebas en su contra era, prácticamente, el responsable: José Luis Baroni, un peón golondrina que solía laburar en los campos de la zona. En la foto que expusieron García Porta y Hek, se veía a un hombre de apariencia humilde, pelo rojizo, baja estatura.
Mientras se detallaban los rastrillajes, la conferencia se interrumpió abruptamente: habían encontrado el cuerpo de una mujer en un campo. Detrás de la cúpula de investigadores, que salieron a toda velocidad, fueron los medios de comunicación. El recorrido, a unos 30 kilómetros de distancia, los ubicó en un camino rural. La policía colocó una cinta perimetral a varios metros de donde sucedían los hechos.
En el helicóptero que sobrevolaba la zona, estaba el juez García Porta, que habló en exclusiva con Aire de Santa Fe antes de aterrizar. También estaban los bomberos. El campo estaba recién cosechado y a lo lejos se podían ver los vestigios de una tapera y a los investigadores tomando muestras del lugar.
El zoom de las cámaras no era suficiente como para confirmar el hallazgo del cuerpo pero el movimiento generado lo convertía en un hecho. El juez lo ratificó poco después y contó detalles escabrosos de cómo fue encontrado. El cadáver fue trasladado a la morgue de Santa Fe para la posterior autopsia. La policía comenzó a retirarse y a quitar las cintas perimetrales del campo.
Este cronista, junto al fotógrafo del medio que compartían por ese entonces, caminaron hacia la casa abandonada por un campo de suelo reseco, recién cosechado. A medida que se avanzaba, el lugar se ponía más denso y lúgubre. Caía la noche y hacía frío. La tapera tenía paredes rotas, tumbadas, algunas rejas bien conservadas y un aljibe en la parte trasera.
En ese aljibe había sido arrojado el cuerpo desnudo de la docente. La autopsia reveló que se defendió de un ataque sexual y que fue asesinada de un golpe en la cabeza. El crimen se convirtió en un caso emblemático que posicionó en la agenda pública el drama de los femicidios.
En una de las aulas de la escuela donde era directora hay una placa que la recuerda, aunque más lo hacen (y la extrañan) sus compañeras. En diciembre de 2019, por resolución ministerial, una escuela de enseñanza media para adultos (Emmpa) de San Jorge lleva su nombre: “Alejandra Isabel Cugno”.
El asesino, José Luis Baroni, fue detenido en San Justo. Escapaba hacia el Chaco pero se enfermó en el camino. Se hizo atender en un Samco y una enfermera lo identificó. Lo detuvieron. En 2010 fue condenado a prisión perpetua. En 2013, a cuatro años del hallazgo del cuerpo de Alejandra, Baroni fue apuñalado (en una pierna y en el pecho) en una pelea en la cárcel de Coronda. Hoy pasa sus días en el pabellón 11 de la cárcel de Piñero.
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