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Jazz y magia con vientos del Este

Para quienes saben de jazz, nombrar a Diego Urcola, Joe Magnarelli o Tell Stafford es ya un motivo que debería al menos llevar a seguir leyendo hasta el próximo renglón –y espero no defraudarlos–. Quienes no sabemos nada de jazz pero sentimos una atracción irresponsable por este género musical, al menos necesitamos tener la inquietud de buscar información y escuchar material de los artistas para disponerse a un espectáculo que engalana de solo pensarlo.

"El jazz trata acerca de estar en el momento presente"

Herbie Hancock (pianista y compositor de jazz, estadounidense)

Cuando me llegó el comentario de las maravillosas noches de los Festivales de Jazz que se realizan cada año en Punta del Este, no dude una décima: "Este año voy", me dije. Ya en la costa uruguaya, se acercaban los días de la edición 24° cuando tomé contacto con Francisco Yobino, el padre de la organización de este evento. Fui recibido con una calidad profesional tan dispuesta que se confirma en cada detalle distinguido desde que uno ingresa a la Finca "El Sosiego", un dichoso edén en el vientre natural de Punta Ballena.

En la ruta hacia la finca uno va recorriendo profundos caminos de curvas y lomadas que expanden con delicia un paisaje de campo y cielo alucinante, tanto como la tranquilidad de lugares increíbles a minutos del Atlántico.

Agazapada entre miradas esponjosas y verdes con descansos de agua en lagos fotográficamente de película, la tarde del viernes 3 de enero me puso por primera vez en el Festival Internacional de Jazz de Punta del Este: me esperaba una experiencia encantadora, muy cerca de los labios blancos del mar atrapado entre los dedos negros y flacos del ensueño de una "misa jazzera".

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"Una precisión paisajista impactante es el escenario geográfico donde los duendes negros del jazz decidieron darse una vuelta todos los años repetidamente desde 1996".

Una precisión paisajista impactante es el escenario geográfico donde los duendes negros del jazz decidieron darse una vuelta todos los años repetidamente desde 1996. Corrales con animales pastoreando bajo la pana lumínica de un sol volcado hacia el respaldar de su atardecer, aldeas gloriosamente templadas y la riqueza encaprichada de un paraíso son el cobijo acústico de vientos, cuerdas, teclados y tambores que hacen un puente de notas y placeres entre el ocaso y la hondura fresca de una clara oscuridad musical que va hechizando los sentidos entre metales, carne y sudor, la saliva del rocío vibrando en fuentes de luz y ritmos.

Comienzo del show. El director musical de la organización, Paco D'Rivera –un cubano delicioso, con una adultez joven apreciable en el valor agregado que le aporta a cada número con su acople de clarinete haciendo que la perfección se haga flexible ante la antología de los hechos– presenta a "Los amigos del sosiego", una banda que nació encubada por los años del festival, la cual realizó un homenaje a los 100 años de una leyenda emancipadora del jazz, Art Bakley. Entonces, al paso de la trompeta de Diego Urcola se abre camino una función catedrática decorada por la presencia ilustre de Pipo Piazzolla en la batería. Ya la uva rozaba el paladar de la noche. Luego del primer intervalo, a la cancha, la imponente figura italoamericana de Joe Magnarelli con un quinteto escalofriante, compuesto por un piano soberbio y expresivo en las manos de Anthony Wonsey. Paseando por el restaurante temático sin querer fui testigo de la cena con carne a las llamas de Terell Stafford, quien más tarde con su quinteto sería el tercer número de una premier a puro viento.

El festival fue recorriendo cada partícula emocional de lo esperado, sortilegios de reflejos, brazas de tierra y soplos de metales que estallaban estelares tras el pase sutil de piano a contrabajo entre diálogos de vientos, sugerentes baladas se rompían estampadas contra la emotividad sonora de las percusiones.

El público no solo alimenta la piel perceptiva del placer auditivo, sino también el alma, con el manjar de un asado típico rioplatense al trago de un vino natural afinado con los sabores que en bandeja servían los artistas desde el proscenio. Debo reconocer que me debí un whisky, aunque satisfecho hasta la médula: a mi cuerpo no le faltaba nada más que escuchar y sentir.

Murales, colores, inspiraciones, técnicas abdominales, diafragmas empujando hacia abajo sobre caderas danzantes espantando hadas que salían ondeantes de un bajo ardiente quemando el frío, tocando el tiempo de los silencios cada vez que los antojos del trompetista lo deseaban, o, la impiadosa batería de Nate Pense en el quinteto de Stafford que hacía temblar hasta el charol de las tinieblas.

matías rodríguez on Twitter

Una luna de cristal exhala su interior y de repente uno se pone de pie y aplaude con la alegría de sorprenderse vivo en un sueño cuando algo se le parece en la realidad. Nada de lo que disfrute esa noche dejó de atravesarme al escribir este artículo ahora mismo, quedan visibles y descubiertas las más tenaces intensidades donde el sonido se desmaya junto a la trompeta, toma la palabra un saxo y hierve un amor por ahí entre las butacas.

Si usted sabe de jazz, me doy por hecho y ruego perdón por la osadía: valió la pena este texto, pues ha llegado al final del mismo y significa que lo he podido arrastrar con mis precarias satisfacciones frente al milagro del jazz y del jazz en su festival de Punta del Este. En cambio, si usted como yo no sabe casi nada de la cuestión, a principios de enero, cada año, vuelven los duendes, pasan como el viento, tocan cuatro noches y se van, pero queda su magia, queda el jazz en nuestros paisajes, queda la magia en el "Este" para siempre.

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