lunes 16 de mayo de 2022
La bitácora | Pesca |

Gorda, me voy a pescar

La pesca se vuelve una pasión inexplicable para el hombre que los emociona como pocas cosas. En otra entrada de La Bitácora, Luchi Trinchieri nos abre los ojos sobre este mundo.

Los hombres te organizan una salida en una hora pero se complican con cosas más simple que les “ordenamos” las mujeres. Cómo ven los hombres y cómo vemos nosotras esta práctica, que según ellos “los conecta con el yo primitivo”.

La pesca en el hombre es un fenómeno de estudio muy particular, que, si bien no llegó a ser objeto de ninguna investigación en la universidad de Masachussets, despierta tanto interés como adeptos en el público masculino. En la vida de algunos incluso, hay un antes y un después de iniciarse en esta práctica, que los sumerge casi en un mundo paralelo, que usan a modo de escape de responsabilidades, problemas, situaciones agobiantes para volver a sentirse un poco “amo de su destino y capitán de su alma”, dijo Nelson Mandela que poco tuvo que ver con el tema. La pesca empodera al hombre de una manera extraña y su caña, termina siendo más importante que la varita de Harry Potter. Con ella se sienten poderosos, dueños de la situación, vikingos de río frente a cualquier mojarrita, moncholo, boga, patí, surubí, dorado o vieja del agua que se cruce en su camino y quede enganchada en su anzuelo.

Hay una creencia popular que plantea que las mujeres estamos en contra de la pesca, cosa que quizá fue premeditado por algunas, buscando la eficacia de la psicología inversa, o una reacción que refleja todas las cosas de las que nos tenemos que ocupar en la casa, mientras ellos se van en su aventura machirula al aire libre.

La pesca empodera al hombre de una manera extraña y su caña, termina siendo más importante que la varita de Harry Potter.

Cuántas veces escucharon la frase “mi mujer no me deja ir a pescar”, o detectaron de repente una extraña predisposición para hacer tareas que antes acusaban como órdenes, con absoluta felicidad, previas a la notificación del “mañana me VOY a pescar”, que en su mente de hombre cazado (si, no casado) quizá constituya hasta un acto de rebeldía implícita.

Ante eso, el mundo de la pareja del pescador se divide en dos tipos: aquella que insulta por dentro la ausencia un día del fin de semana que tenían para compartir, en el que tendrá que hacerse cargo de los chicos y aguantar las condiciones en las que vuelva el cónyuge, y las que simulan algún malestar, pero en el fondo piensan en todas las cosas que pueden hacer tranquilas, sin dar explicaciones, usufructuando la culpa que les implica el abandono, con sus tiempos y casi en paz. Y sin dudas, puede haber momentos donde fluctuemos entre una y otra, hasta encontrar la llave de la felicidad. Está en nosotras, amiga, saber cómo aprovecharlo.

A lo largo de los años he escuchado cosas absolutamente increíbles al preguntar por qué tanta obsesión con la caña. O la pesca. "No entenderías nunca, ese momento donde el hombre entra en su estado más primitivo, vuelve a la fase cazador recolector para procurarse el alimento”, me dijeron. ¿En serio? ¿Pará, quién sos? ¿Jeremy Wade? ACLARACIÓN: Wade resulta ser el conductor de un programa que se llama “Monstruos de río” donde muestra todo tipo de aventuras cinematográficamente armadas para pescar desde pirañas asesinas en el Amazonas, iguales a las palometas que tenemos acá, pero con más onda, hasta viejas del agua en Chernobyl, con un medidor de radiación en la cintura. Para nuestros pescadores, una suerte de Superman o una porno del rubro. Si enganchamos eso en la tele, es equivalente a un “nooooo, mira este capítulo, mirá como lucha con la bestia, cómo le tira; se le va a cortar la tanza y el “mirá, tiene un ril huevito como el mío, pero 10 veces más caro”. Y no nos metamos en ese tema, porque un equipo de pesca sale un equivalente a una cartera de diseñador con lista espera en Paris o Nueva York, otra cosa que nunca blanquean.

El mundo de la pareja del pescador se divide en dos tipos: aquella que insulta por dentro la ausencia un día del fin de semana que tenían para compartir, en el que tendrá que hacerse cargo de los chicos, y las que simulan algún malestar, pero en el fondo piensan en todas las cosas que pueden hacer tranquilas. El mundo de la pareja del pescador se divide en dos tipos: aquella que insulta por dentro la ausencia un día del fin de semana que tenían para compartir, en el que tendrá que hacerse cargo de los chicos y aguantar las condiciones en las que vuelva el cónyuge, y las que simulan algún malestar, pero en el fondo piensan en todas las cosas que pueden hacer tranquilas.

Los escuchamos decir “hay sol, que lindo para estar pescando”; “está nublado, que bueno para pescar y que no moleste el reflejo”; “hace frío, ideal para abrigarse y pescar al mediodía”; “hace calor, que hermoso está para pasar la noche en la oscuridad de la isla, con la noche, la caña, los amigos, una radio y el silencio”.

Si el río está bajo, está bueno porque los peces se amontonan y si está alto, está genial no sé por qué. ¿Pero cuántas veces está hermoso el día para compartir algo con nosotros? Evitemos la respuesta.

Seguramente ustedes se preguntarán qué pienso yo, ¿no? ¿Si creo en las leyendas urbanas de fiestas con mujeres y excusas baratas para huir de fiesta, con alcohol y descontrol? La verdad que no. Porque creo que en realidad ir a pescar es lo más parecido a volver a ser niños por un rato: haciendo campamentos, fogatas, hablando de cosas incomprobables sin que nadie los corrija, la libertad absoluta que creen limitada en su vida diaria, aunque no sea así. Se divierten escondidos de todos y en medio de la nada, alardeando conocimientos imposibles para el resto que los hace sentir importantes, especialistas en algo. Compitiendo, cargándose por los triunfos o fracasos en los trofeos del agua, y cómplices bajo la consigna de que lo que pasa en el río, queda en el río. Volviendo renovados, felices, y preparados para organizar la próxima aventura.

Pero ojo, que esto quede entre nosotras. Y ya saben, cuando ellos pidan ir a pescar, siempre algo se puede conseguir a cambio, pero que no sospechen que para nosotros también es un día de descanso y libertad, aunque eso quedará para otro artículo.

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