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Inundaciones | Brasil | lluvias

Las inundaciones en Brasil son una prueba del "caos climático" que atraviesa Sudamérica

Las inundaciones por lluvias generaron la mayor catástrofe del estado de Río Grande do Sul. Un aviso: “hay que mudar infraestructura urbana a sitios seguros”.

Todavía es difícil dimensionar la destrucción que el desborde de ríos por lluvias extremas generó en una amplia zona del sur de Brasil, con la ciudad de Porto Alegre como epicentro. Los daños y pérdidas por las inundaciones son catastróficos y colocan a este episodio al nivel de lo que significó el huracán Katrina de 2005 en Nueva Orléans, Estados Unidos.

Según las autoridades, es el peor desastre natural de la historia del estado de Rio Grande do Sul con al menos 100 muertos, 130 personas desaparecidas y 1,4 millones de personas afectadas en 425 municipios (hay 67 mil personas en refugios y otras 164 mil tuvieron que dejar sus viviendas).

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Evacuaciones masivas, cortes en los suministros de servicios básicos como agua y electricidad, partes enteras de ciudades importantes bajo agua, infraestructura dañada y posibles consecuencias a largo plazo: las huellas de lo que dejará el agua todavía se están desarrollando, aunque algunos números ayudan a tomar escala de la destrucción material: se estima reconstruir las rutas costará unos 200 mil millones de dólares.

Los daños en los cultivos son siderales: al día de hoy, ya se perdieron 750 mil toneladas de arroz (el 10% de la producción anual del Estado) y unos 6,5 millones de toneladas de soja, sobre una producción total estimada en 21 millones de toneladas.

Las inundaciones en el sur de Brasil encajan en lo que la Organización Meteorológica Mundial llama “caos climático”: en su informe para la región del año pasado, esa organización dependiente de Naciones Unidas dice que el hambre y las enfermedades están aumentando en América Latina “después de un año de calor, inundaciones y sequías récord”. “El continente probablemente sufrió decenas de miles de muertes relacionadas con el clima en 2023 y al menos 21 mil millones de dólares de daños económicos por la combinación de calentamiento global provocado por el hombre y un efecto natural de El Niño”.

Repensar todo

“Ciudades enteras tendrán que cambiar de ubicación poque es necesario alejar las infraestructuras urbanas de los entornos de mayor riesgo, que son las zonas más bajas, planas y húmedas, las zonas de ladera, las riberas de los ríos y las ciudades que están dentro de los valles”. Quien habla así es Marcelo Dutra da Silva, profesor de Ecología de la Universidad Federal de Rio Grande, quien en declaraciones a medios de esa región explicó que las variaciones climáticas extremas llegaron para quedarse y por eso Brasil “debe planificar la reconstrucción de Rio Grande do Sul teniendo en cuenta cuáles son las zonas más seguras y resistentes a las variaciones climáticas extremas”.

Para eso, usó un concepto específico: “desedificación”, que significa desarmar, deconstruir o desmantelar estructuras urbanas estratégicas como aeropuertos, hospitales o escuelas que se encuentran en áreas de riesgo, para volver a construirlas en regiones más seguras, esta vez con criterios acordes al clima y a la propia geografía del lugar.

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“La reconstrucción de Rio Grande do Sul deberá ser planeada considerando aquellas áreas más seguras y resistentes a las variaciones climáticas extremas, que llegaron para quedarse. De eso se trata, hay que desedificar: remover las estructuras urbanas que están en zona de riego y recomenzar todo en zonas más seguras”, explicó en una entrevista al portal Sul21. Y agregó: “precisamos devolver a la naturaleza esos espacios sensibles”.

Una región en riesgo

Según la OMM, durante el año pasado, las sequías, el calor y los incendios forestales, las lluvias extremas y un huracán sin precedentes tuvieron importantes repercusiones en la salud, la seguridad alimentaria y energética y el desarrollo económico de Sudamérica, en lo que fue el año más cálido jamás registrado a nivel global.

“El nivel del mar siguió subiendo a un ritmo superior a la media mundial en gran parte del litoral de la vertiente atlántica de la región, amenazando las zonas costeras y los pequeños Estados insulares en desarrollo”, dijeron desde esa organización, para puntualizar que 2023 “fue un año en el que los peligros climáticos batieron récords en América Latina y el Caribe”.

Fue así que, durante el segundo semestre de 2023, las condiciones asociadas al episodio de El Niño impulsaron los registros de calor hasta niveles sin precedentes y exacerbaron numerosos fenómenos extremos. Este hecho se sumó al aumento de las temperaturas y al incremento de la frecuencia e intensidad de los peligros causados por el cambio climático debido a la actividad humana.

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Algunos ejemplos de esto fueron el huracán Otis que azotó la ciudad mexicana de Acapulco y la intensa sequía que redujo el nivel de las aguas del río Negro, a su paso por Manaos, en la Amazonia brasileña, a su mínimo histórico en más de 120 años de observaciones, y perturbó gravemente el paso de las embarcaciones a través del Canal de Panamá.

Estrategias y adaptación

Para los expertos de la OMM el nuevo clima obliga a redoblar las inversiones en los Servicios Meteorológicos e Hidrológicos Nacionales para así mejorar los pronósticos y las alertas tempranas que permiten salvar vidas. En América Latina y el Caribe, el 47 % de los Miembros de la OMM solo prestan servicios meteorológicos "básicos o esenciales", y apenas el 6 % proporcionan servicios "completos o avanzados" que fundamentan los procesos decisorios en sectores sensibles al clima.

Argentina va totalmente a contramano de esto, como demuestran las últimas decisiones del Ejecutivo nacional encabezado por el libertario Javier Milei, que plantea duros recortes a la plantilla de profesionales del SMN. En ese sentido, desde la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN) destacaron que “actualmente los fenómenos del cambio climático son eventos climáticos que irrumpen y se desarrollan más rápidamente que antes y para eso el rol del SMN es ireemplazable”.