En el departamento de Hira en Brovary, al este de Kiev, donde empezó la invasión rusa hace 31 días, quedaron las tasas de café a medio terminar sobre la mesa. Aún hoy están en el mismo lugar. También en la cocina permanece un bowl con migas de pan, que seguramente eran parte de una receta. Los colchones quedaron apilados en una de las dos habitaciones. Una pecera quedó con el agua inerte, verdosa y los peces murieron.
Este sábado su marido Dmitrov fue a buscar la ropa de la familia. Porque cuando los bombardeos comenzaron a las seis de la mañana ese 24 de febrero se refugiaron en un primer momento, ante el desconcierto, en una especie de palier del edificio de escaleras de cuatro pisos. Ahí están las vigas más fuertes, por lo que pensaron que tendrían una mayor protección.
Los bombardeos seguían y los vecinos empezaron a bajar al sótano. Allí estuvieron escondidos siete días. Ese sótano se transformó en el refugio de unas 30 personas.
Aire de Santa Fe recorrió el lugar con uno de los vecinos que estuvo allí una semana encerrado. Dmitrov confiesa que por momentos creían que iban a morir. “Fue una pesadilla”, agrega.
El acceso al sótano está del lado de afuera del edificio, en un patio grande que está rodeado de departamentos. Ese 24 de febrero cuando en esa zona se produjeron los primeros bombardeos de las tropas rusas todo era perplejidad y desconcierto. En esas primeras horas no sabían que los rusos los estaban invadiendo, aunque lo sospechaban porque desde 2014, cuando Rusia se quedó con Crimea y anexó las zonas pro rusas de Donetsk y Lugansk la tensión con Moscú se incrementó. Encendieron la radio esa mañana y no había noticias que contaran lo que pasaba. Recién dos horas después comenzaron a dar información oficial. Era lo que temían. Los rusos los empezaban a invadir a solo 10 kilómetros de allí.
Brovary se encuentra a unos 20 kilómetros del río Dnieper, que corta al medio la capital ucraniana. Es una ciudad dormitorio, donde los departamentos, muchos de ellos construidos en la era soviética, son mucho más baratos. Es una ciudad industrial, también: allí se concentran industrias de todo tipo, pero sobre todo del rubro del calzado.
Hoy Brovary está dividida. Hay un sector importante que está en manos de los rusos desde el inicio de la guerra. El gobierno ucraniano informó el viernes pasado que logró recuperar territorio, pero como impiden el ingreso de los periodistas nadie lo puede confirmar. Aire de Santa Fe pudo llegar hasta el último check point militar, donde se escuchaban disparos de ametralladora todo el tiempo, pero fue imposible avanzar por orden de los militares ucranianos.
La invasión rusa a Ucrania y el difícil arte de sobrevivir en sótanos
La gente que vive o vivía en Brovary -la mayoría abandonó ese lugar, que es uno de los más peligrosos de Ucrania- fue la primera línea de fuego cuando comenzó la guerra.
Los sótanos se transformaron durante días en el hogar de la mayoría. Porque ni siquiera podían huir.
Al búnker se accede desde el patio, donde el sonido de los cuervos negros se mezcla con el de las bombas que se escuchan el sábado a la mañana.
La escalera que baja al refugio tiene unos 15 escalones. Ahí abajo la oscuridad es casi total. El frío húmedo golpea. Solo entra un halo de claridad por una pequeña ventana de 40 centímetros que hay a un costado, que está protegida por una reja. A primera vista parece un lugar pequeño pero en realidad después percibimos que los pasillos son más largos. En la oscuridad parece un laberinto. En uno de los corredores hay dos camas con tres colchones apilados y un catre. Allí dormía Dmitrov con su familia. El frío era intenso porque en el subsuelo no hay calefacción y las temperaturas superaban los 10 grados bajo cero. En unas latas improvisaron braseros para calentarse que ponían cerca de la pequeña ventana, cuenta.
Subían a los departamentos de arriba a buscar abrigo y empezaron a bajar comida. Mientras tanto los hombres durante el día empezaron a construir una barricada con escombros, maderas y los contenedores de basura. Luego les llevaron bolsas de arena. Algunos tenían armas y decidieron usarlas para defenderse.
El problema era el agua. En esa zona de Ucrania el agua de red no es potable. Allí toman agua filtrada, como le llaman, que compran en botellones de plástico en los mercados o cargan en unas canillas públicas que están diseminadas por la ciudad y se pueden identificar porque están cubiertas por una especie de glorieta de hierro. Hay una a cuadra y media de allí. Entonces se turnaban para cargar un bidón por día. Con el paso de los días empezaron a acumular agua, en botellones que hoy están guardados en el refugio.
Un pequeño cuarto sirvió para que los vecinos aprovisionaran comida no perecedera, como conservas de pepinos y mermeladas y latas de pescado y frutos secos. Por la presencia de roedores, no podían traer carne ni panceta, que aquí se consume mucho. “Con los nervios que teníamos al principio nadie comía, salvo los niños”, cuenta Dmitrov.
La historia no termina en ese refugio. Después de siete días de estar encerrados en ese sótano húmedo y frío, esta familia logró salir hacia Kiev. Y de allí fueron a la ciudad de Lviv, cercana a la frontera con Polonia. Hira trabajaba hasta el inicio de los bombardeos en una clínica en Brovary, cerca del departamento. Con los ataques el centro de salud, donde ella trabaja de ginecóloga, cerró. En Lviv se refugió en la casa de familiares y comenzó a trabajar en un pueblo cercano que se llama Dubno. El sábado bombardearon Lviv y ese pueblo, donde los misiles impactaron en dos destilerías de petróleo. La médica, que parecía haber ganado tranquilidad al salir de ese sótano transformado en refugio, volvió a maldecir esta guerra que está muy lejos de terminar.
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