Una guerra como la de Ucrania, que tiene a ciudades importantes como escenario de las batallas, provoca un impacto más directo en la población a través de su dolor que queda a flor de piel. La destrucción paulatina de la capital ucraniana, que provocan los bombardeos -800 edificios dañados, según el gobierno-, rompe en mil pedazos la forma de vida de sus habitantes; y aparece, de manera casi inmediata, la crisis social y económica como el reflejo más directo, por encima de los escombros.
Kiev empieza a mostrar las consecuencias del agobio persistente de Rusia sobre la ciudad más emblemática de Ucrania. Los bombardeos no fueron hasta ahora masivos en la capital ucraniana. Se manifiestan como si fueran un goteo permanente que genera con el paso de los días una escoriación más profunda. Los edificios destruidos son en su mayoría por esquirlas de cohetes que intercepta la defensa antiaérea ucraniana, que usa tecnología de su exsocio y vecino, los rusos.
La guerra superó los 30 días y Kiev empieza a necesitar oxígeno, pero no en el plano militar sino por la parálisis que provoca este conflicto que derrama en la falta de suministros esenciales, como comida, combustible y medicamentos. Las tropas rusas no avanzaron hacia el centro de la ciudad para lograr tomarla. Siguen en sus posiciones en Drobary e Irpin, dos localidades satélites de Kiev, situadas a unos 10 kilómetros. Lo que no cesan son los golpes intensos de misiles que logran pasar las defensas antiaéreas.
El gobierno ucraniano informa diariamente que recupera territorio en esos enclaves, pero los bombardeos siguen siendo persistentes en el nudo urbano de Kiev. A partir del 24 de febrero, cuando comenzó la invasión rusa, los principales analistas señalaron que la guerra sería breve, porque Vladimir Putin usaría su poderío militar de manera rápida para doblegar en menos de una semana a las fuerzas ucranianas. Todos se equivocaron. Si uno mira los mapas de la evolución de la guerra la estrategia de Rusia parece ser la de un juego de TEG. Avanza de forma lenta y las tropas van formando una especie de embudo o cerrojo en torno a Kiev desde el este y desde el Mar Negro, donde ya domina varias ciudades, entre ellas Mariupol, que quedó arrasada.
El cerco militar de los rusos, que avanza de manera muy lenta hacia Kiev, es el que de manera persistente agobia a Ucrania, cuya economía viene a los tumbos desde el 2006 y resultó golpeado por la crisis del covid-19 en los últimos dos años.
El FMI informó esta semana que la economía ucraniana caerá un 15 por ciento este año. La invasión rusa repercutió también en los precios de los commodities, porque Ucrania no podrá exportar el trigo que produce. La siembra que comienza ahora tiene perspectivas de una merma del 30 por ciento con respecto al año pasado.
Ucrania y Rusia son responsables de un tercio de las exportaciones de trigo y cebada, de las que dependen países del Medio Oriente, Asia y África para alimentar a millones de personas que sobreviven gracias al pan subsidiado y fideos baratos. Son asimismo fuertes exportadores de otros cereales y de aceite de girasol para cocinar y para procesar alimentos.
"Una creciente pérdida de capital físico y una migración masiva podría resultar en una contracción aún más significativa, con un colapso de los flujos comerciales, una mayor disminución de la capacidad de recaudación de impuestos y un mayor deterioro de su posición fiscal y externa", advierte el informe del FMI.
La crisis que comienza a verse en Kiev se trasluce no sólo en las calles desiertas desde hace un mes, en una ciudad de la que migraron hacia el extranjero y hacia otras localidades como Lviv más de 2.000.000 de ucranianos.
El único mercado abierto en Kiev es el de Darnitsa, un lugar que antes de la guerra estaba repleto de gente que viaja desde todas partes de la ciudad y de los pueblos cercanos a comprar a buen precio alimentos, ropa, y hasta materiales de la construcción y productos electrónicos. Recién el viernes y el sábado tímidamente los ucranianos comenzaron a salir de sus casas durante dos días en que la intensidad de los bombardeos decayó durante las mañanas, en la que un sol cálido de primavera empieza a correr al frío. Hay solo un 30 por ciento de los puestos abiertos.
En ese mercado, que se gestó en los años 60, en plena era soviética, guarda reminiscencias de aquellos tiempos. Hasta los tranvías que pasan por ese barrio popular de las afueras de Kiev, golpeado también por los bombardeos, son viejos y fabricados en Rusia, como casi toda la infraestructura de la periferia de la ciudad.
El mercado es cerrado por el frío que nunca parece irse del todo a pesar del inicio de la primavera. Son hileras interminables de locales construidos en chapa uno al lado del otro, con corredores por donde los vecinos van trazando su plan de compras. Viene hasta allí mucha gente de otros lugares de Kiev, porque hay una estación de trenes a menos de 100 metros.
Nikolai, un puestero que vende solo cítricos, explica que el mercado empezó a abrir la semana pasada, pero que por ahora viene poca gente, solo la que vive más cerca. Hay un galpón donde solo se vende carne tanto vacuna como de cerdo, que es lo que tiene mayor demanda. Lo que más llevan los ucranianos es manteca de cerdo. Con esa grasa cocinan y también la usan como una manteca láctea. La comen en el desayuno con pan.
“Esto en época normal está repleto de gente. Uno puede demorar dos o tres horas en hacer las compras. Pero por la guerra la poca gente que queda en Kiev tiene miedo de salir”, explica Nikolai, que trae las frutas desde una región que está en el centro de ucrania.
A un costado del mercado, al lado de unas vías en desuso, se conformó una feria de trueque. Sobre mantas en el piso la gente vende lo que puede para poder juntar dinero o cambiarlo por alimentos, como huevos. Esta feria existía desde antes pero ahora sumó oferta y demanda. La crisis que provoca la guerra empieza a mover los engranajes de la supervivencia.
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