Los Mercedes Benz color negro y flamantes salían, uno tras otro, a toda velocidad de la embajada de los talibanes en Islamabad, Pakistán. En ese momento, a mediados de noviembre del 2001 la llamada Alianza del Norte había tomado –según informaba la Casa Blanca- el control en Afganistán, perforado tras varias semanas de bombardeos de Estados Unidos. Todo era un caos. Los periodistas que estaban en Pakistán estaban histéricos por entrar a Afganistán. Esa región era escenario de atentados suicidas todos los días, como respuesta de la inminente caída de los talibanes. La imagen más nítida que me quedó es la de un chico corriendo la sangre con un secador de piso en una iglesia en Peshawar, donde habían muerto 15 personas.
Las agencias de noticias y las cadenas internacionales alquilaban aviones y helicópteros para llegar primero a Kabul para retratar la primera incursión bélica de Estados Unidos, tras el ataque a las Torres Gemelas. Al colega Richard Erlich, un periodista norteamericano, que en ese momento era cronista freelance experimentado y loco, que me ayudó a entender con profundidad lo que pasaba, se le ocurrió entrar a Afganistán caminando.
No teníamos mucho dinero y tampoco demasiadas alternativas. Yo había viajado como enviado del diario El Ciudadano. Era un periodista inexperto, que desconocía las entrañas de ese mundo pero estaba seguro de que quería contar ese momento histórico, y había que estar en los lugares complicados, como profería Richard, mientras chupaba bolitas de opio –como hacían los pashtunes- como si fueran caramelos.
Se plegó a la aventura un fotógrafo que vendía fotos a las agencias internacionales que estaba ansioso y desesperado. No tenía más dinero y desde hacía una semana no podía ubicar una “puta foto”, repetía. Lo habíamos conocido en un bar mugriento de la frontera, mezclado entre los afganos, donde comían una especie de espiedo de cordero. Vestía un salwar kameez, como un camisón largo, manchado con grasa y vivía en una pensión espantosa.
El viaje hacia Peshawar
Fuimos a Peshawar en un Toyota modelo 73, que manejaba mi amigo Jakeel, que era una mezcla de remisero y guía en esas tierras desquiciadas, donde cada escena era compleja de entender pero muy rica para contar. Él me había llevado a hablar con Syed Munawar, el líder de la Jamaat e Islami, el brazo político de los talibanes, que estaba en la clandestinidad y a una fábrica de armas ilegales que proveían a los talibanes en un pueblo surrealista que se llama Darra. Era como uno de esos lugares que describió James Fenton en Lugares no recomendables. Lo más interesante para contar no estaban en las disquisiciones de la política internacional, sino de los pliegues de ese universo violento que era necesario decodificar.
Nos despedimos de Jakeel en la frontera de Landi Kotal. Le habíamos propuesto que cruzara con nosotros el paso Khyber, una zona tribal dominada por la etnia Pashtún, pero rechazó la oferta a pesar de que le ofrecimos pagarle 50 dólares. Ese camino en zigzag, despejado de cualquier atisbo de vegetación, era complejo, peligroso. El combo para cruzar ese lugar incluía el auto con chofer y un soldado armado, que irradiaba más indiferencia que seguridad.
En el camino se veían los búnkeres en las montañas de los talibanes. El auto no podía detenerse hasta cruzar esos 80 kilómetros llenos de polvo y piedra. “Si se nos pincha un neumático nos cagan a tiros”, bromeó Richard. El soldado se reía. A mí y al fotógrafo no nos divertían los chistes. Íbamos tensos, en silencio. Cuando llegamos al límite había un puesto de control. Eran 15 o 20 tipos con una mesa, donde había montañas de billetes. Estaban todos armados con Kalashnicov. No sólo cambiaban plata sino que eran una especie de policía del lugar.
Richard sabía algunas palabras en urdu y comenzó a hablar con ellos. El periodista norteamericano parecía sonreír cuando los barbudos gritaban. Hacían gestos. Carlos me dijo: “Estamos en manos de un demente”. De pronto, nos empezaron a apuntar. Nos pusieron las armas en la cabeza. Y a Richard se le fue la sonrisa. Nos dijo que teníamos que juntar 300 dólares. Por el camino pasaban camionetas con milicianos, que no sabíamos si eran talibanes o de la Alianza del Norte. En realidad, era lo mismo.
Después nos enteramos que no éramos los únicos que pretendíamos pasar por ese lugar. Ese día, el 19 de noviembre, a unos 30 kilómetros un grupo armado mató a cuatro periodistas, tres de ellos europeos y un fotógrafo afgano. Cuatro años después Reza Khan, en una entrevista con la televisión estatal afgana Kabul TV, confesó lo que nos había sucedido a nosotros: que había participado del asesinato de los periodistas para sacarles dinero. La locura de la guerra incluía ese escenario del desenfreno, de la anarquía, de la violencia que en esos caminos no tenía límites, ni ideología ni anclaje certero en los intereses geopolíticos que se discutía en el mundo. Por una casualidad no fuimos blanco de ese demencial instinto de supervivencia de la guerra
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