Todo parecía en calma en Lviv, como si la guerra en Ucrania fuera una tragedia lejana, hasta que a las 18.30, cuando recién había anochecido, de golpe empezaron a sonar las sirenas con un ruido fuerte y ensordecedor. Por los altoparlantes que están ubicados en las esquinas una voz ordenaba a los ciudadanos a ir inmediatamente a sus casas.
En ese momento estaba en la plaza de Saint George, en pleno centro de Lviv. Hacía unos minutos había terminado de transmitir para Aire de Santa Fe en directo desde la puerta de la iglesia de San Bernardino, construida en 1630, donde se realiza una clásica misa para orar por la paz. Me sorprendió como todo cambió en un segundo. La gente que parecía distendida en la calle empezó a caminar rápido rumbo a sus casas. Los autos, que en esa zona, no pueden ir a más de 30 kilómetros, porque son calles angostas de empedrado, empezaron a apurarse, a tocar bocina.
La sirena interrumpió la charla que tenía con Hermann, un ucraniano que se acercó cuando estaba saliendo por AIRE para preguntarme de dónde era. Este hombre de 48 años había vivido 20 años en España, donde se dedicaba a la construcción y hablaba perfecto español. Pero la conversación, que era muy interesante duró unos pocos minutos, porque cuando empezaron a escucharse las sirenas Hermann apagó el cigarrillo y se fue.
“Hay que irse. No te quedes en la calle. Porque si no te agarra una bomba te detiene la policía”, advirtió este hombre que confesó ser protagonista de una historia con “mala suerte”. Él llegó hace un mes a Lviv, donde vivió toda su infancia, a visitar a su madre que está enferma. Hacía casi una década que no regresaba a Ucrania. En España le iba había ido muy bien al principio, pero ahora el trabajo como albañil no era bien pago como hace una década. La guerra lo tomó de sorpresa y no pudo salir más de Ucrania. Su mujer y su hija salieron hacia Polonia para regresar a Barcelona, pero él se tuvo que quedar porque los hombres tienen prohibido salir del país, ya que los que tienen entre 18 y 60 años están en condición de reservistas de las fuerzas armadas.
A diferencia de los otros ucranianos que exaltan su vocación por resistir la invasión rusa, Hermann admitió con honestidad que no quiere empuñar un arma. “Yo no soy soldado y odio la guerra y la violencia. Esta locura de la guerra, desatada por un psicótico como el presidente ruso, va a terminar cuando las potencias mundiales le pongan un freno”, dijo. “Lamentablemente creo que esto va a ser largo. Yo tenía trabajo y ahora acá vivo de la asistencia de comida que da el gobierno. Odio la guerra porque arruinó mi vida. No sé cuando voy a poder regresar a España”, apuntó.
El sonido de la sirena lo puso nervioso a Hermann y a mí también. Él contó que empezaron a sonar desde hace dos días, tras el ataque a Yariviv, una ciudad cercana a Lviv. Es un ruido que sólo remite a que puede haber problemas. La advertencia en las calles provocó otro efecto llamativo. De golpe se llenaron los pequeños supermercados que hay en la zona para comprar comida y agua. La góndola de botellas de agua de cinco litros se agotó en pocos minutos.
Un hombre en el supermercado dice a los gritos que “hay que apurarse”. Las cajeras parecen máquinas de pasar las mercaderías por los escáneres. El empleado grita otra vez que en cinco minutos cierran las cajas.
En sólo unos minutos todo cambió. La tarde soleada en Lviv, que parecía de ensueño, con mucha gente que paseaba por el centro, se apagó en pocos minutos. Todo se transformó y esa sensación de peligro engulló todo. Las calles quedaron desiertas. Ni los tranvías, el medio de transporte que más se usa en esta zona de Lviv, dejaron de funcionar.
Esta ciudad, que tiene unos 750.000 habitantes, y es considerada por su belleza arquitectónica, la capital cultural de Ucrania, no sufrió hasta ahora bombardeos de las fuerzas rusas. El ataque más cercano fue el domingo a 25 kilómetros de aquí, en un pueblo que se llama Yavoriv, donde funciona un centro de entrenamiento de tropas extranjeras.
Fue un objetivo militar pero ese bombardeo pegó fuerte en la vida cotidiana de esta ciudad, que aloja a los que huyen de la guerra. Actualmente, en Lviv hay 200.000 personas que llegaron durante la última semana de Kiev, Mauripol y Jarkov, las ciudades más asediadas por los ataques.
El bombardeo en Yarivov provocó 35 muertos y 147 heridos, según cifras oficiales del gobierno de Ucrania. Ese ataque fue un aviso de Rusia, interpretan en esta ciudad, para que el presidente Volodomir Zelenski descarte un posible plan de trasladar la capital del país momentáneamente a Lviv.
La guerra también parece un juego de ajedrez despiadado y sangriento. Cuatro de los 35 fallecidos por los ataques fueron enterrados este martes a la mañana en Lviv tras un funeral en la iglesia de San Pedro y San Pablo, dos edificios de los más antiguos de la zona.
El informe de Germán de los Santos en Creo este miércoles





