Igal acompaña a sus dos hijos y a su esposa hasta el último metro donde termina Ucrania. Abraza y besa a sus dos hijos en la fila de salida del país, que a las 9 de la mañana mide casi una cuadra. El hombre de 39 años debe quedarse mientras su familia emigra a Polonia. Están delante mío en la fila de migraciones del lado ucraniano, que se mueve a paso de hormiga. En esa cola parece haber menos ucranianos tratando de irse, que cuando ingresé al país. Según cálculos de Naciones Unidas, salieron de Ucrania 3,8 millones de personas desde el 24 de febrero cuando comenzó la guerra.
El corredor que está al lado, que es el ingreso al país, está vacío. Los que se van son mujeres y niños, en su mayoría, y ancianos. Los hombres, entre los 18 y 60 años, no pueden poner un pie fuera del país, porque son considerados reservistas.
Lesa tiene 92 años y cuatro pasaportes. Las fronteras de esta región países cambiaron tanto desde la Primera Guerra Mundial que hay personas mayores que nacieron en países cuyos límites se hicieron elásticos. Lesa pasó por todas, dice su hija de 50 años que emigra con la nieta de la anciana. Pero no quiere dar detalles.
Son tres generaciones que parten. A esta familia los esperan parientes del otro lado, en Polonia. Vivían en Vitnivitzi, cerca de Kiev y decidieron dejar el país. La mujer más joven promete que volverán cuando la guerra termine. La pregunta es cuándo. Por ahora no aparece una salida nítida en el horizonte.
El gobierno ucraniano comienza a sentir el desgaste de un conflicto que lleva poco más de un mes, con la escasez de alimentos en algunas regiones y de combustible. Rusia sigue su estrategia de agobio, en la que combina bombardeos en ciudades importantes, como Kiev y ahora Lviv, y mayor intensidad en el este, en Mariúpol y Jarkiv, lugares que quedaron arrasados por la guerra. Estados Unidos plantea que a Moscú no le salieron los planes como pensaba, pero nadie sabe con certeza cuál es la estrategia militar de Vladimir Putin, más allá de las presunciones sin confirmación.
Igal trabaja de mecánico en Kiev. Y puso todos sus ahorros para sacar a su familia. Dejó de pagar el alquiler y vivirá en el taller. Al hombre lo miran mal los que hacen la fila. Sospechan que quiere irse. Pero después, sólo unos minutos más tarde, se dan cuenta que decidió acompañar a su familia hasta el último centímetro.
Cuando la puerta de la oficina de migraciones ucranianas se abre, Igal los vuelve a abrazar y llora sin parar. Sin más que hacer se va caminando despacio hacia el lado contrario, hacia su país donde la guerra fracturó a su familia.
Las mujeres de la fila se ofuscan con un anciano que no para de fumar. Está vestido de negro, con un sobretodo y zapatos. Parece de otra época. Escupe a cada rato contra un alambrado y su figura genera malestar. Le piden que vaya a fumar a un costado. Las mujeres le señalan que hay bebés en la fila, aunque el hombre alto y corpulento las ignora en un principio con desprecio y después accede cuando empiezan a gritarle.
Las mascotas también escapan de la guerra en Ucrania
Empieza a caer una fina llovizna y el frío se siente más. El cielo está nublado y anuncian nevadas y más frío para los próximos días. La fila no se mueve y la gente empieza a mojarse. Nadie se queja. Las caras de tristeza y preocupación están inalterables, como congeladas. Rostros duros. Cansados. Hay familias que viajaron dos días para llegar hasta aquí. Algunos lo hicieron con sus perros y gatos. Nadie abandona a las mascotas.
“El sonido de las bombas y las sirenas les hace muy mal a los perros”, señala Maria, una mujer que viajó más de 600 kilómetros con su mascota que se llama Lil. La llevan en un carrito de supermercado que encontraron cuando entraron a Polonia. No hay limitaciones para los perros. En los colectivos y en los trenes que trasladan a los refugiados pueden viajar sin problemas, salvo que sean muy grandes. A algunas razas se les exige bozal. Las ONG que están del lado polaco también asisten a los perros. Hay puestos de médicos veterinarios, que los vacunan contra la rabia. Y también les suministran comida y correas nuevas.
El objetivo de todos las personas que hacen la fila es poder entrar a la oficina de migraciones lo antes posible. El trance es lento y engorroso. Nadie da lugar para que pasen primero los niños y los ancianos que con el frío lo padecen más. Después de una hora y media, Lesa logra entrar con sus cuatro pasaportes que lleva atados con una gomita. La mujer tiene el pelo blanco y viste como lo hacían hace 100 años. Una peineta retiene su cabello canoso amarillento.
La empleada de migraciones le sella el pasaporte ucraniano sin mayores problemas. La anciana se queda mirándola como si todo el esfuerzo por llegar hasta allí se coronó con un simple sello de una funcionaria impávida. Su hija le dice que ya está, que tienen que seguir hacia el lado polaco.
La mujer de Igal llora sin consuelo en los 600 metros que separan a un límite de otro. Su marido ya estará volviendo a Kiev, en la ruta, y probablemente con su cara llena de lágrimas. En la oficina de migraciones de Polonia hay menos gente. A Lesa su hija le explica que solo tiene que mostrar el pasaporte que le acaban de sellar. La mujer no parece entender. Y en sus manos se aferra al atado de documentos.
El rostro de la gente se ablanda un poco cuando pasan los controles de migraciones de Polonia, más intensos que en Ucrania. El pasillo enrejado de más de 600 metros termina en una puerta que está abierta y allí comienza la exhibición de las ONG de todo el mundo que brindan ayuda a los que salen de Ucrania. La cantidad de puestos es la misma, pero menor la cantidad de migrantes, por lo menos a esa hora de las 10 de la mañana.
El primer destino de todos es Przemysl, una ciudad que está a unos 10 kilómetros del límite. Desde allí el destino es variable. Para los que tienen dinero y familia en Polonia es más sencillo. Para los que no tienen dinero los esperan centros de refugiados o alojamientos privados que la gente puso a disposición para los migrantes. Pero esa estadía sólo será temporal. El futuro es incierto y nadie sabe cómo reaccionará Europa ante la crisis humanitaria que generó la guerra, porque el continente no es tan próspero como hace dos décadas.
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