Según análisis de la revista Medical News Today, cuando se utiliza correctamente, el repelente contra insectos con DEET no presenta riesgos graves para la mayoría de las personas. Otras revisiones confirman que la exposición a DEET en las concentraciones adecuadas no ha sido asociada con daño neurológico significativo en humanos.
Qué es el DEET: el ingrediente activo en los repelentes de insectos
El DEET (siglas de N,N-Dietil-meta-toluamida) es el ingrediente activo más común en los repelentes de insectos. Fue desarrollado por el ejército de Estados Unidos en la década de 1940 y se usa desde entonces para proteger contra mosquitos, garrapatas, pulgas y otros insectos que pueden transmitir enfermedades como el dengue, zika, malaria o Lyme.
El DEET no mata a los insectos, sino que interfiere con los receptores olfativos que usan para detectar el dióxido de carbono y el sudor humano, haciéndoles más difícil localizarte.
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La clave está en elegir repelente para insectos con la concentración adecuada, evitar piel dañada y lavarlo al volver a interiores.
Repelentes con DEET: evidencia, recomendaciones y cuándo deberías tener precaución
De todas formas, hay pautas importantes:
Utilizar la concentración apropiada para el tiempo de exposición: por ejemplo, un 20–30 % es seguro y efectivo.
No aplicar sobre piel dañada, mucosas o en niños pequeños sin supervisión.
Después de volver a interiores, lavar la piel tratada para remover el producto.
El uso indiscriminado o excesivo, o en piel muy sensible, puede causar irritación, enrojecimiento o malestar. Pero el mayor riesgo al prescindir de un buen repelente sigue siendo la exposición a picaduras que pueden transmitir enfermedades graves (como dengue, malaria, zika).
Las alternativas al DEET existen (picaridin, aceite de eucalipto limón), pero cada una tiene sus características en duración y eficacia.
En resumen: El DEET no es “malo” si se usa siguiendo instrucciones. Lo más peligroso es no protegerse frente a los insectos transmisores.