Practicó deportes desde muy pequeño pero, aunque inicialmente le tenía miedo a las alturas, a los 14 años saltó 2 metros y, con 16, estableció su primera plusmarca mundial.
Fue creciendo a pasos agigantados, los mismos que daba en su carrera cada vez que enfrentaba el listón y, en cada salto, asombraba al mundo que, maravillado, veía cómo un espigado y longilíneo atleta caribeño volaba más alto que todos.
Sin dudas, el destino tenía reservado para él un lugar privilegiado en la Historia ya que, tras batir marcas por doquier –y hasta ingresar al Libro Guinness por las mismas, amén de los oros que obtuvo en Mundiales y Juegos Olímpicos–, el 27 de julio de 1993, en el Invitational de Salamanca, España, saltó ¡2,45 metros!, que es dos centímetros por encima del travesaño de un arco de fútbol.
Sí, aunque mide 1,94 metro y en su etapa activa como atleta pesaba (en promedio) 80 kilos, todo su cuerpo se elevó aún más alto de lo que un arquero apenas puede llegar con sus manos y brazos extendidos.
Más de tres décadas después de esta hazaña –que parece propia de un extraterrestre–, y aunque esté convencido de que en algún momento alguien sobrepasará su marca, ya que “los récords están para batirse”, Javier Sotomayor, el Príncipe de las Alturas, continúa siendo el recordman mundial de salto en alto al aire libre y, con absoluta justicia, es considerado como el más grande de todos los tiempos en su especialidad.
El deporte fue su vida
Javier Sotomayor Sanabria nació el 13 de octubre de 1967 en Limonar, un municipio perteneciente a la provincia de Matanzas, Cuba. Hijo de Gabriel Sotomayor, encargado de mantenimiento de un ingenio azucarero, y de Aurora Sanabria, empleada de una guardería, vino al mundo en un hogar sin tradición o antecedente deportivo alguno, excepto su tío Pedro, un ex atleta y que había trabajado en esta área en Limonar.
Y, precisamente, su tío fue quien sembró la semilla de las prácticas deportivas de su sobrino, que comenzaron como un juego: les regaló un cronómetro a Gabriel y a Aurora y, cada vez que el pequeño Javier hacía un mandado, registraba cuánto tardaba en ir y venir corriendo, y siempre trataba de bajar de su tiempo.
“A mí siempre me gustó el deporte y desde muy temprano. Ya con ocho o nueve años andaba por los parques saltando o corriendo. De pequeño tenía miedo a las alturas y no quería saltar, pero poco a poco me fui superando”, recordó Javier sobre su niñez.
En la escuela practicaba atletismo (sobre todo, salto en alto, en largo, y carreras de 60 y 100 metros), y béisbol pero, muy pronto, se volcaría definitivamente a la disciplina con la que asombraría al mundo.
El 4 de marzo de 1978, cuando Javier tenía 10 años, Carmelo Benítez, un captador de talentos, llegó hasta la escuela primaria Antonio Maceo, de Limonar. Como Sotomayor saltó limpiamente la varilla, fue elegido para perfeccionarse en esta modalidad y, entre risas, décadas después revelaría: “¿Que por qué terminé haciendo salto en alto? Porque era la disciplina que menos me gustaba, pero era en la que más destacaba”.
Camino a la cima
A los 13 años, Sotomayor ya medía 1,84 metro (10 centímetros menos de la estatura que tendría como adulto) y saltaba 1,65 metro y, a los 14, superó el listón ubicado a los ¡2 metros! Por ello, seguiría estudiando en la Escuela de Iniciación Deportiva de Matanzas donde, entre otros, tuvo como entrenador al profesor José Anacleto Espinosa y, en 1982, fue seleccionado para sumarse a la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético, de La Habana.
En la misma se puso a las órdenes del profesor José Godoy Sánchez quien, al igual de todos quienes habían participado de su formación inicial, coincidían en que Javier tenía un futuro absolutamente brillante.
Así, de la mano de Godoy llegó al equipo Juvenil e, integrando el mismo, superó las marcas de los Mayores, ya que saltó 2,23 metros en el Tope Nacional de su categoría en Santiago de Cuba, registro que luego mejoraría en cinco oportunidades en La Habana. No solo eso: en 1984, con 16 años y, ya incorporado a la Selección nacional, saltó ¡2,33 metros! en el Memorial Lázaro Peña, récord mundial absoluto de su especialidad.
Más alto que nadie
El 18 de mayo de 1912, en el Stanford Stadium de Palo Alto, California, el estadounidense George Horine se convirtió en el primer atleta que sorteó los 2 metros exactos y, 73 años después, el 11 de agosto de 1985, la evolución de esta especialidad alcanzó un nuevo nivel cuando el soviético Rudolf Povarnitsyn fue el pionero en superar la marca de los 2,40 metros en Donetsk, Ucrania.
Pero, como lo indica la naturaleza humana a lo largo de la historia, otros atletas fueron por más y buscaron batir tal registro para adueñarse de la plusmarca universal: así, el ruso Igor Paklin saltó 2,41 metros el 4 de septiembre de 1985 en los Juegos Universitarios de Kobe, Japón y, el 30 de junio de 1987, en Estocolmo, sueco Patrik Sjöberg hizo lo propio en los 2,42 metros.
Pero faltaba alguien que los superaría a todos: Javier Sotomayor. El caribeño no había asistido a los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 debido al boicot con el que Cuba, junto a otros países, sumaron su apoyo a apoyo a Corea del Norte en oposición a la del Sur y, el 8 de septiembre de 1988, en Salamanca, España, superó los 2,43 metros al aire libre (en el que fue su primer récord mundial), marca que repitió el 4 de marzo de 1989 en Budapest, y que se mantiene vigente en la modalidad indoor.
El extraordinario moreno superaría su propio registro menos de cuatro meses después: el 25 de julio 1989, en San Juan de Puerto Rico, saltó 2,44 metros, ¡un centímetro por encima de un arco de fútbol!
Después del fallecimiento del profesor Godoy Sánchez (murió de un infarto el 13 de enero de 1990, en La Habana) y, tras dejar atrás una persistente lesión en el talón de Aquiles, el nuevo entrenador de Javier fue Guillermo de la Torre.
Con él, Javier se llevó el oro en los Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe de México 1990; la misma presea en los Juegos Panamericanos de La Habana 1991; plata en el Mundial de Tokio 1991; bronce en el Mundial indoor de Sevilla 1991, y el título de campeón olímpico en los Juegos de Barcelona 1992, con un registro de 2,34 metros.
Tal era su confianza a la hora de competir que, muchas veces, cuando sus rivales comenzaban a saltar sobre 2,25 metros, Javier lo hacía sobre los 2,28 y, en otras oportunidades, directamente sobre los 2,30 metros.
En sus inicios, la mutua adaptación entrenador-atleta no había sido fácil pero, cuando alcanzaron la óptima complementación entre ambos que requería el muy alto rendimiento, y llegaron los éxitos, Sotomayor dijo sobre su relación con Godoy y con De la Torre: "Perdí al maestro, al amigo, a mi padre. Me juré a mí mismo, tragándome las lágrimas, que en los Juegos de Barcelona conquistaría el título olímpico que él tanto añoraba para mí. Godoy me había acostumbrado a su estilo paternal pero, al fin y al cabo, Guillermo y yo limamos asperezas, encajamos. Y si bien es cierto que «El Viejo» me llevó a la gloria, Guillermo ha conseguido mantenerme en ella", reconoció.
El extraordinario récord aún imbatido
El 27 de julio de 1993, en el Invitational de Salamanca, desarrollado en el estadio Las Pistas de dicha ciudad, el Príncipe de las Alturas seguiría haciendo historia –y cada vez más grande– con una marca estratosférica que, a la fecha, permanece imbatida: ¡2,45 metros!
"Me sentía bien, y sabía que el récord podía caer en cualquier momento", recordaría el cubano. "Lo de Salamanca conmigo fue un asunto de Dios, del destino, la coincidencia. Una semana antes pude saltar 2,45 metros en Londres, pero llovió y lo logré en Salamanca, donde en 1988 ya había logrado mi primer récord mundial", completó Javier que, por entonces, tenía 25 años.
Antes de superar los 2,45 metros, Sotomayor había establecido una racha de ocho saltos consecutivos sobre los 2,40, lo que demuestra –una vez más– que es un auténtico fuera de serie: durante toda su carrera, ¡saltó 2,40 metros más de 20 veces!, un registro alcanzado por 11 atletas en toda la historia, aunque algunos lo lograron una sola vez.
Las acusaciones de doping
El 30 de julio de 1999, Sotomoyor saltó 2,30 metros y se llevó su cuarto oro consecutivo en un Juego Panamericano, en este caso, en Winnipeg, Canadá. Pero pocos días después, el presidente de la Organización Deportiva Panamericana (ODePa), el mexicano Mario Vázquez Raña, anunció que el antidoping del cubano había dado positivo de cocaína y, la medalla, le fue retirada.
Mientras la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) lo suspendió por dos años, Javier adujo que todo era una “canallada” y alegó que no necesitaba de ninguna sustancia prohibida para saltar los 2,30 metros en ese certamen, y que era una marca que había sorteado más de 300 veces en su carrera.
La IAAF le redujo la pena a un año por su “excepcional carrera” y por los más de 300 controles antidoping que le habían realizado a Sotomayor, todos con resultados negativos.
Por eso, aunque con poco entrenamiento y ya con 33 años, participó de los Juegos Olímpicos de Sidney 2000, donde obtuvo la medalla de plata, con una marca de 2,32 metros.
El 13 de octubre de 2001 (el día que cumplió 34 años) y, tras participar esa temporada de los Mundiales de Lisboa, Portugal (indoor) y Edmonton, Canadá, anunció su retiro debido a sus constantes lesiones en sus tendones.
Pero al mes siguiente aparecieron nuevas acusaciones de doping en su contra: ahora era un positivo de nandrolona, un anabolizante, en el Meeting de Tenerife, España, realizado el 14 de julio del mismo año.
Sotomayor volvió a defender enfáticamente su inocencia y resaltó los 18 controles a los que había sido sometido ese año, algunos por sorpresa. Como sea, la IAAF confirmó el resultado del examen en enero de 2002.
En una reciente entrevista, el caribeño ratificó que jamás consumió droga alguna: “Sigo muy mal por eso porque fue una cosa que nunca hice y que, al final, se demostró que así fue. La espinita por lo que pasó siempre quedará. Me acusaron de algo que no hice y, sobre todo, que nunca fue necesario. El talento lo demostré desde que tenía 16 años, saltando 2,33 metros”, disparó.
Realmente, ¿necesitaba drogas para ganar? Creemos rotundamente que no. Entonces, ¿hubo una conspiración o campaña en su contra? Nunca se sabrá la verdad pero, en honor a sus antecedentes de centenares de exámenes donde demostró estar completamente limpio, nos permitimos otorgarle el beneficio de la duda. Su incomparable trayectoria así lo amerita.
La lista interminable
Javier Sotomayor ganó absolutamente todo y, entre sus logros más destacados, podemos citar que se llevó el oro en tres Panamericanos consecutivos (Indianápolis 1987, La Habana 1991 y Mar del Plata 1995); oro en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992; oro en los Mundiales outdoor de Stuttgart 1993 y Atenas 1997; oro en los Mundiales indoor de Budapest 1989, Toronto 1993, Barcelona 1995 y Maebashi 1999; oro en la Copa del Mundo de Atletismo de Londres 1994; oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de México 1990, Ponce 1993 y Maracaibo 1998 y, a la fecha, posee dos récords mundiales: 2,43 metros indoor (Budapest, 1989), y 2,45 metros al aire libre (Salamanca, 1993).
Su inconmensurable legado
Tras su retiro, Sotomayor obtuvo su licenciatura en Cultura Física y Deportiva y, amén de ser distinguido en múltiples ocasiones como el Mejor Atleta de Latinoamérica, en 1993 fue galardonado con el premio Príncipe de Asturias de los Deportes; asimismo, por su brillante carrera fue reconocido cinco veces por la Agencia de Noticias Prensa Latina.
El 20 de octubre de 2007, Sotomayor ingresó en el Salón de la Fama de la Confederación Centroamericana y del Caribe de Atletismo y, en 2011, fue galardonado con el premio Deporte inspiración para la Juventud, otorgado por el Comité Olímpico Internacional (COI).
En la actualidad se desempeña como secretario General de la Federación Cubana de Atletismo, y entrenador. Reparte su tiempo entre sus negocios particulares en La Habana, donde es dueño del bar que ofrece música en vivo llamado “2.45” (en clara alusión a su récord mundial), y un café, llamado “Salamanca” (por el mismo motivo anterior), y las charlas y conferencias que brinda en muchos lugares del mundo, donde lo reconocen como la leyenda viviente que es.
Asimismo, desde 2015 posee la ciudadanía española y, en dicho país, reside en Guadalajara, en la comunidad de Castilla-La Mancha, que recientemente lo distinguió al cumplirse 30 años de su fenomenal salto de 2,45 metros.
Sotomayor tiene cinco hijos (cuatro varones y una nena, de 4 años, todos residentes en Guadalajara junto con la segunda esposa del saltador, Amaya González) y, uno de ellos, Jaxier, sigue sus pasos en el atletismo: “Yo lo entreno, y va bien. El año pasado ganó el campeonato español Sub 16 en salto en alto y, este año, el indoor Sub 18”, contó.
“Tenemos doble nacionalidad (con su hijo). Compite en España, pero no por España, todavía. Hasta que no compita internacionalmente, todavía tiene la posibilidad de elegir, pero ya pronto tendrá que decidir”, agregó.
Más de tres décadas después de su extraordinario vuelo de 2,45 metros en Salamanca, el fenomenal saltador cubano reflexionó sobre si su récord mundial podría ser batido alguna vez: “Pasados 30 años, (el récord) sigue siendo mío. Pero insuperable no lo es. Los récords del mundo tienen su fin y hay que estar orgulloso de lograrlos. Unos son más fáciles de superar que otros, pero se superan. Siempre estuve seguro de que alguien me va a superar. Pero, por el momento, el récord sigue siendo mío”.
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