“Crónica de una trampa”: Ben Johnson y el mayor escándalo en los Juegos Olímpicos
Redacción Aire Digital
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Sin lugar a dudas, uno de los eventos más enérgicos y llenos de hermetismo en los Juegos Olímpicos, son las carreras de velocidad. Especialmente la carrera de 100 metros, que ha tenido leyendas a lo largo de toda la historia olímpica moderna, desde sus comienzos en los Juegos Olímpicos de Atenas 1896.
Usain Bolt, Carl Lewis, Jesse Owens, entre otros; pueden ingresar en este selecto grupo de seres humanos que se han desplazado como un rayo a lo largo de la pista a todo galope, en promedio a 10 metros por segundo. Pero no siempre fue así. Hubo una jornada en la cual esta gloriosa carrera quedó manchada por la suciedad de la trampa debido al dopaje y consumo de anabólicos.
Transcurría el 24 de septiembre de 1988. Carl Lewis -el hijo del viento, ubicado en el carril tres- buscaba alcanzar la marca -finalmente lo logra- que su compatriota de color Jesse Owens logró en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, al obtener cuatro medallas de oro en las narices del propio “Fuhrer” Adolf Hitler. Enfrente, se encontraba el atleta canadiense Ben Johnson -carril seis, bronce en Los Ángeles 1984-, conformando una dupla que seguramente iba a dar que hablar en la capital surcoreana.
Los otros velocistas finalistas son el británico Linford Christie; los estadounidenses Calvin Smith, y Dennis Mitchell; el canadiense Desai Williams; el jamaicano Ray Stewart; y el brasileño Robson da Silva.
Tras diez segundos fugaces, pero llenos de emoción, Ben Johnson destrona a su compatriota, campeón olímpico cuatro años antes en Los Ángeles, y se convertía en el ser humano más rápido del planeta, con récord mundial (9:79 segundos). Carl Lewis, por su parte, marcó 9:92, y llegaron luego Linford Christie (9:97) y Calvin Smith (9:99).
Tan solo 48 horas después de la gloriosa carrera -hasta ese momento-, el Centro de Prensa de Seúl quedó atónito en su totalidad. Ben Johnson dio positivo en el control antidopaje con Estanolozol, una sustancia anabolizante. En aquellos tiempos el dopaje era una práctica muy poco frecuente debido al desconocimiento popular entre los deportistas, lo que estremeció al mundo del atletismo debido a la magnitud del involucrado y la carrera afectada. La sanción fue dura, pero justa: se le despojó de su título olímpico y la carrera fue dada por ganada a Owens, modificando todo el podio. Si usted piensa que Johnson aprendió, lamentablemente no fue así: en 1993 dio nuevamente positivo por esteroides y fue apartado de por vida del atletismo.
Seis de los ocho atletas que disputaron aquella final olímpica en los 100 metros llanos, tuvieron en mayor o menor medida vínculos con el dopaje: solo Lewis y Smith quedaron exentos de estas prácticas. Fue un antes y un después en la regulación de estas prácticas en las grandes citas deportivas.
“Todo el mundo me señaló como un tramposo, pero no fui el único que hizo trampa”, declaró “Big Ben”, años después . “Todos lo sabían, pero yo fui el único que fue señalado. Fue duro”.
Fue un momento oscuro para el atletismo estadounidense. Pero fue el instante justo, para que el Comité Olímpico Internacional y la IAAF, pusieran la mirada atenta en las irregularidades de los atletas para un beneficio extradeportivo. Nada volvería a ser igual.







