La pasión sublime que genera el fútbol en medio del fenómeno social único que lo alberga no tiene fronteras ni dueños. Algunos pocos están acostumbrados a las epopeyas de finales internacionales. Los más poderosos, claro. Pero cuando se produce un fenómeno como este de Colón, el color y el calor parecen superiores. Esa caravana impresionante que marchó hasta Asunción para asistir a esta definición de la Copa Sudamericana, por primera vez en los 114 años de historia del club santafesino, pareció no tener parangón.
Fue el asombro que sólo el fútbol puede provocar. Y mucho más cuando se trata de una institución sin los lustres históricos de los grandes. La gente le quiso ser fiel a esta situación única. Y si se dice que más de 40.000 fueron los viajeros que perseguían esa ilusión suprema de la consagración no habría más palabras para agregar.
Porque las emociones no se explican, se viven, simplemente. Y Colón la tuvo vivida con sólo sentirla. Y necesitó para que la tarea fuera épica esa lluvia penetrante, interminable durante todo el partido. Como si se hubiera tratado de una ficción armada para ahondar el dramatismo que ya estaba instalado de por sí. Algún sabio futbolero dijo alguna vez que las tristezas son más largas y profundas que las alegrías que provoca la visión de este juego dinámico e impensado.
Porque esa lluvia incluyó al partido soñado. Y ahí cambia la historia cuando la pelota rueda (o rueda poco como en ese primer tiempo). Todo el folclore de la espera caduca cuando hay que hablar asépticamente del desarrollo del encuentro propiamente dicho. ¿Importa? Si lo vivido ya fue vivido. Pero importa. Porque la aventura esperaba la bendición de la victoria.
Colón perdió 3 a 1, al cabo, contra Independiente del Valle, el ganador de la Copa. Y aunque el fútbol ecuatoriano tampoco es rico en historias futboleras, el triunfo fue inobjetable. Porque es un equipo que en los últimos tiempos fue armando una solidez probada. Si en 2016 dejó a Boca y a River afuera de la Copa Libertadores, nada menos.
Con la relatividad del juicio en un campo anegado y que por un largo rato complicó demasiado la claridad del juego, fue mejor que Colón. Cuando arreciaba la lluvia llegó el largo tiro libre de Cristian Pellerano (la figura del partido) que el central León tansformó en gol con un cabezazo que hizo escurrir la pelota por entre las piernas del arquero Burian. Quedaba mucho tiempo pero era imposible seguir. El árbitro brasileño Rafael Claus decidió suspender el partido por media hora. Trabajaron en el desagüe en ese espacio y aunque la lluvia no cesó el terreno quedó en mejores condiciones para la continuación.
La urgencia por lograr la igualdad desorganizó al equipo santafesino. Le faltó juego de combinación ofensiva y el Pulga Rodríguez no pudo hacer valer su calidad vigente de armador de ataques. Una larga corrida por la izquierda de Jhon Sánchez, el volante lateral terminó con un disparo que Olivera desvió hacia la red. La historia se había puesto muy cuesta arriba con el 2-0 con el que volvieron al complemento.
Pero hacía falta más suspenso, más dramatismo. A los 5 minutos el árbitro sancionó un penal (no lo pareció, en realidad, pero lo reconfirmó en el Var) que le brindaba al Pulga la gran oportunidad de ponerlo en carrera al Negro santafesino. Quizás por el estado del campo evitó el saltito (su estilo) y le pegó fuerte hacia la derecha del arquero Pinos que le acertó la intención.
Después en el intercambio de las acciones siguió pareciendo mejor Independiente. No encontraba la fórmula Colón. Ni con los cambios que provocó Lavallén sacando a los dos laterales y dejando una línea de tres defensores. Con las entradas de Espararza, de Escobar y de Ortega. Buscó la fuerza ofensiva que no tenía. Tuvo una gran chance el colombiano Morello pero se excedió en las gambetas en la apilada por la izquierda y se la sacaron. Fue cuando parecieron acabarse las fuerzas de los de adentro y de los de afuera.
Pero la epopeya necesitaba un final a tono. Y Colón llegó al descuento en el minuto 44 con un gol de Olivera tras un corner y un cabezazo de Ortega que lo dejó en situación crucial. Volvieron las fuerzas de todos. Y el aliento penetrante. Claus aumentó a 7 los minutos de descuento. La tensión se hizo máxima. Le cobraron una mano a Morello en un avance de riesgo que no había sido real. Pudo haber llegado el empate en esa jugada. Y mereció serlo para que se extendiera el milagro de la pasión. Pero pasó lo que suele pasar.
Tan jugado en ataque estaba Colón que en una contra quedaron tres atacantes contra un defensor. Y fue 3-1. Son sólo números. Colón llegó a las puertas de su gloria deportiva. No pudo. Pero con la emoción increíble de la pasión desatada ya se había ganado el cielo.
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