Argentina triste, una despedida que abraza al corazón y el esfuerzo que le ganó a la resignación

Cada lágrima que caiga hoy tendrá un motivo. El adiós al rosarino que transformó el sufrimiento en una fiesta sagrada y nos llenó de orgullo.

La despedida más emotiva: la sonrisa que cambió el destino de una Argentina triste.

La despedida más emotiva: la sonrisa que cambió el destino de una Argentina triste.

(Photo by Evrim Aydin / ANADOLU / Anadolu via AFP)

Hace ciento cincuenta años, se creía que el llanto era algo inútil. Hoy, lo será todo. Cada lágrima que caiga por una mejilla tendrá un motivo, un rostro, una historia y un recuerdo en Argentina.

El guionista que escribe el destino de este país tiene una habilidad milagrosa —y a veces cruel— para transformar lo insólito en realidades difíciles de asimilar.

Argentina triste y la despedida que abraza su corazón: la victoria del esfuerzo sobre la resignación

Un pibe que nació en un rincón humilde y pobre de Rosario dice adiós desde lo más alto. Deja de jugar para siempre en el lugar que lo hizo sufrir tanto como lo hizo sonreír.

Podría ser —o quizás lo sea— la biografía de la Argentina misma. Un pueblo curtido por la pena, que sabe de lágrimas pero desconoce la costumbre de rendirse; un pueblo que hizo de la resiliencia su casa y su destino.

Le dijeron pecho frío. Repitieron que jugaba solo por la plata. En el silencio de su hogar, tuvo que buscar las palabras para explicarles a sus hijos por qué volvía una y otra vez a un lugar que, en lugar de abrazarlo, le devolvía más despecho que amor.

Son las mismas explicaciones que nuestras madres y nuestros padres inventan para regalarnos tranquilidad en medio de la tormenta. Es la madre que cría a solas peleándole a la vida. Es el padre que regresa de noche, con las manos gastadas, tras una jornada interminable de trabajo.

Pero el tiempo —o ese guionista rebuscado— terminó por darle la razón. Él se quedó. Insistió contra viento y marea, y lo logró cuando las probabilidades eran apenas un suspiro.

El tiempo avanzaba y todo seguía siendo injusto. La resignación, esa sombra fría, empezaba a parecer inevitable. Pero él no dio el brazo a torcer, porque es profundamente argentino, y pudo.

Transformó años de dolor en una fiesta sagrada. Hizo florecer abrazos luminosos en aquellos días oscuros en los que tocarse era casi un delito. Logró ser héroe para devolverle la sonrisa al más triste.

De a poco, se convirtió en nuestro reflejo más puro: en esa Argentina golpeada que siempre encuentra un motivo para ponerse de pie. Se volvió el abrazo de consuelo cuando algo sale mal, y la emoción de varios cuando aquello que costó una vida por fin sale bien.

Es un sentimiento tan nuestro, tan incrustado en los huesos, que ni siquiera hace falta pronunciar su nombre.

Gracias por ser argentino. Te vamos a extrañar siempre.

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