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A 50 años del piñazo que lo hizo mirar el reloj a Carlos Monzón

El sábado 11 de noviembre de 1972 y, durante su sexta defensa (la segunda en el país), Escopeta vivió uno de los momentos más críticos de su reinado, cuando Bennie Briscoe lo conmovió con un durísimo cross de derecha en el 9° round, que obligó al campeón mundial a amarrar al estadounidense y fijarse, en el cronómetro del Luna Park, cuánto faltaba para terminar ese dramático asalto.

A lo largo de la historia, el boxeo dio innumerables pruebas de que, una mano –solo una–, torció el rumbo de un combate. Con una sola mano, el destino de un púgil se convirtió en desastre o pasaporte a la gloria. Fue (y es) ganar o perder, merced a esa sola mano que lanzó (o recibió).

En el segundo caso y, aunque muchas veces el boxeador sienta que un tren acaba de embestirlo, la capacidad de asimilación –junto con altas dosis de coraje y amor propio–, serán decisivas para evitar que el rival termine su faena y no aproveche “su” momento, el que podría no repetirse en lo que reste del combate.

Y, lo que sucedió hace hoy 50 años en el legendario Luna Park, es un claro ejemplo de esto. Fue el sábado 11 de noviembre de 1972, en el noveno round de una pelea donde estaban en juego las coronas medianas AMB-CMB.

Hace hoy cinco décadas, Carlos Monzón, el más grande boxeador profesional de nuestra historia, recibió un mazazo que lo conmovió hasta los cimientos de su humanidad y que, literalmente, “le apagó a luz”. Tal fue la dureza del impacto que el sanjavierino cerró los ojos y, debido a que sus piernas quedaron duras –ya que por unos segundos no obedecieron las órdenes que el cerebro les daba–, terminó contra las cuerdas, las que impidieron su caída por la falta de equilibrio que experimentaba.

Fue, sin ninguna duda, el momento más crítico y riesgoso de su reinado, cortesía de Bennie Briscoe quien, con un durísimo cross de derecha, hizo tambalear a Escopeta, el que exponía por sexta vez sus cetros de las 160 libras. Pero el retador estadounidense no completó su labor: Monzón lo amarró, miró el reloj (faltaba casi un minuto para el final del round) y, aunque estaba claramente sentido, sorteó la tormenta que debió atravesar, incluso esquivando otras tres manos a fondo que el moreno lanzó buscando noquearlo.

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Bennie Briscoe fue el primer rival que vino a la Argentina para enfrentar especialmente a Monzón. Se midieron en el Luna Park el sábado 6 de mayo de 1967, un mes y cuatro días antes de que Carlos se coronara monarca sudamericano mediano, y empataron tras diez rounds. En la foto, el árbitro Juan Notari levanta las manos de ambos luego del fallo.

Bennie Briscoe fue el primer rival que vino a la Argentina para enfrentar especialmente a Monzón. Se midieron en el Luna Park el sábado 6 de mayo de 1967, un mes y cuatro días antes de que Carlos se coronara monarca sudamericano mediano, y empataron tras diez rounds. En la foto, el árbitro Juan Notari levanta las manos de ambos luego del fallo.

Tras 15 rounds, Carlos ganó por amplia decisión unánime pero, a 50 años de este choque, todos lo recuerdan por el piñazo que recibió y que pudo haber cambiado la historia.

El año en el que hizo cuatro defensas

Ese 1972, Monzón expuso cuatro veces sus coronas. La primera del año (la tercera de su reinado) fue programada por Juan Carlos Lectoure, titular del Luna Park, y el promotor italiano Rodolfo Sabbatini. El rival fue el estadounidense Denny Moyer y, Escopeta, volvió a presentarse en Roma, la ciudad donde se había coronado poco más de un año y tres meses atrás ante Nino Benvenuti, el ídolo local.

Moyer fue el primer púgil que se consagró campeón mundial superwelter (o mediano junior) cuando, el 19 de febrero de 1963 (al año siguiente de que se creó en los Estados Unidos esta división, cuyo límite son 154 libras o 69,853 kilos), le GPP 15 (unánime) a su compatriota Stan Harrington en el Civic Auditorium de Honolulu, Hawaii, y se ciñó los cinturones AMB-CMB.

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En 1972, Monzón realizó cuatro defensas de sus coronas. La primera fue el sábado 4 de marzo (foto), ante el estadounidense Denny Moyer, a quien le GKOT 5 en el Palazzo dello Sport de Roma, el mismo escenario donde en 1970 se había coronado campeón mundial tras noquear a Nino Benvenuti.

En 1972, Monzón realizó cuatro defensas de sus coronas. La primera fue el sábado 4 de marzo (foto), ante el estadounidense Denny Moyer, a quien le GKOT 5 en el Palazzo dello Sport de Roma, el mismo escenario donde en 1970 se había coronado campeón mundial tras noquear a Nino Benvenuti.

El combate, disputado en el Palazzo dello Sport el sábado 4 de marzo, duró hasta el 1’05” del 5º round, cuando Moyer, conmovido por una serie de durísimos envíos de Carlos (quien pesó 72,300 kilos), apoyó una rodilla en la lona y, tras la cuenta de 8 del árbitro del combate, el argentino Lorenzo Fortunato, inmediatamente recibió otra descarga a fondo del campeón, por lo que el tercer hombre en el ring detuvo el choque y consagró la victoria de Escopeta por nocaut técnico.

Rodolfo Sabbatini, quien actuaba como representante de Monzón en Europa, negoció con los promotores franceses Gilbert Benaim y Charlie Michaelis la siguiente defensa (la cuarta) del campeón unificado de los 72,574 kilos, la que tuvo lugar en el estadio Olympique Yves-du-Manoir de Colombes, en el Gran París, ante el campeón del Viejo Continente de la división, el también francés Jean-Claude Bouttier.

El acuerdo entre Carlos y Sabbatini establecía que los derechos de televisión para todo el mundo quedaban para el italiano, mientras que los promotores embolsarían las ganancias de la recaudación. Por su parte, Escopeta cobraría su bolsa con un monto fijo –establecido contrato mediante– y, además, los ingresos por publicidad de su pantalón y bata.

De las 14 defensas, Monzón hizo las dos primeras (con Benvenuti II y Emile Griffith I) con el auspicio de Bodegas Peñaflor; la tercera, ante Moyer, con el aperitivo (amargo) Amaro Averna –una reconocida bebida italiana, por la que percibió 10.000 dólares– y, desde la cuarta (Bouttier I), hasta la 14ª y última (con Rodrigo Valdés II), con la también famosa bebida Fernet Branca, empresa que había sido fundada en el siglo XIX en Milán.

El combate se disputó el sábado 17 de junio y fue muy duro. Bouttier, un guapo de verdad, se plantó ante Carlos –quien pesó 72,360 kilos– y trató de oponerle resistencia hasta donde pudo. El nacido en Vitry visitó la lona en el 6º round tras recibir un derecha marca registrada del campeón y, a partir del 10º asalto, comenzó a frotar su guante sobre su ojo izquierdo, el que presentaba una incipiente hinchazón.

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El sábado 17 de junio de 1972, Escopeta enfrentó al francés Jean-Claude Bouttier (foto) en el estadio Olympique Yves-du-Manoir de Colombes, en el Gran París. Fue la segunda defensa de ese año, y GKOT 13. En 1973 volvería a derrotarlo, esta vez por puntos.

El sábado 17 de junio de 1972, Escopeta enfrentó al francés Jean-Claude Bouttier (foto) en el estadio Olympique Yves-du-Manoir de Colombes, en el Gran París. Fue la segunda defensa de ese año, y GKOT 13. En 1973 volvería a derrotarlo, esta vez por puntos.

Así continuó hasta el 12º round y, cuando la campana llamó para el 13º y antepenúltimo capítulo, Bouttier no salió a combatir. El árbitro, el alemán Rudolf Drust –el mismo que dirigió el primer combate ante Nino Benvenuti, cuando el sanjavierino se consagró campeón mundial en 1970–, dictaminó el triunfo de Carlos por abandono.

Esta nueva victoria incrementó la bien ganada fama en Europa del monarca mediano, que expondría por quinta vez sus coronas dos meses y dos días después de su primer combate ante Bouttier, ya que lo enfrentaría nuevamente al año siguiente.

El promotor danés Mogens Palle –padre de Bettina, quien en la actualidad sigue los pasos de su progenitor organizando festivales tanto en su país natal como en otros de este continente) desembolsó 100.000 dólares para que Carlos le diera el sábado 19 de agosto la chance a Tom Bogs en el Idraetsparken (un estadio de fútbol con capacidad para 50.000 espectadores) de Copenhague, la ciudad natal del retador.

Palle estaba convencido de que a su compatriota lo asistían serias posibilidades de vencer al campeón (hasta llegó a decir que “Monzón tiene muchos problemas para dar el peso”) pero, como este les demostraría a ambos la noche de la pelea, su pálpito era totalmente inexacto y carecía de fundamentos.

Cumplidos los dos primeros asaltos, donde Carlos (quien pesó 72,300 kilos) ni se inmutó por los tibios ataques de Bogs, a partir del 3º round comenzó a demoler metódicamente a su retador por lo que, la derrota de este, solo sería cuestión de tiempo. A pesar de que con cada derechazo que recibía sus rodillas se doblaban, Bogs aguantó con valor los golpes de Carlos.

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En la tercera defensa de sus títulos en 1972, Monzón le GKOT 5 al danés Tom Bogs (foto), a quien enfrentó el sábado 19 de agosto en el Idraetsparken (un estadio de fútbol con capacidad para 50.000 espectadores) de Copenhague, la ciudad natal del retador.

En la tercera defensa de sus títulos en 1972, Monzón le GKOT 5 al danés Tom Bogs (foto), a quien enfrentó el sábado 19 de agosto en el Idraetsparken (un estadio de fútbol con capacidad para 50.000 espectadores) de Copenhague, la ciudad natal del retador.

Pero su suerte estaba echada. En el 5º asalto, que sería el de la definición, Escopeta le aplicó al danés un formidable gancho de izquierda, con el que lo envió contra las cuerdas, donde el árbitro inglés Harry Gibbs le dio la primera cuenta de protección. Tras otorgarle el pase, otro derechazo provocó la segunda cuenta y, cuando Bogs cayó por tercera vez en ese round, Gibbs lo envió a su rincón y, a los 2’45”, detuvo el desigual combate.

La victoria por KOT del sanjavierino, estuvo consumada. Tras la misma, Carlos criticó la forma en el que el británico había manejado la situación: “El árbitro tendría que haber parado la pelea la segunda vez que lo tiré. El danés no daba más pero, mientras estuviera parado delante de mí, yo le iba a seguir pegando”. Tenía razón.

Cuando el Luna Park enmudeció

Pero la actividad boxística de Monzón tenía programada una nueva defensa –la sexta– antes de que finalizara 1972. La misma se realizaría el 11 de noviembre y, el escenario, el Luna Park, donde expondría sus coronas por segunda vez en nuestro país. El retador sería un viejo conocido: el estadounidense Bennie Briscoe, ante el que Escopeta había empatado en 10 rounds el sábado 6 de mayo de 1967, un mes y cuatro días antes de coronarse monarca sudamericano mediano.

Ese año, Carlos (campeón argentino de los 72,574 kilos desde el 3 de septiembre de 1966) disputó 14 combates y, para que se fuera fogueando con rivales extranjeros, Tito Lectoure programó un choque con Briscoe en el Luna Park. El moreno fue el primer adversario que vino a la Argentina para enfrentar especialmente al sanjavierino, cuya bolsa ascendió a los 450.000 pesos de la época.

Monzón y Briscoe Igualaron en una pelea durísima (arbitrada por Juan Notari) donde, si bien Carlos la había ganado, los jueces fallaron empate por la honda impresión que les causó la resistencia granítica del visitante.

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El pesaje del combate ante Bennie Briscoe (foto) se realizó el mismo sábado 11 de noviembre de 1972 en el Luna Park. Fue la cuarta defensa del año para Monzón, la sexta de su reinado, y la segunda en el país. En 1971 ya había derrotado a Emile Griffith en este estadio y, en 1974 (en la tercera y última en el país), haría lo propio con el australiano Tony Mundine.

El pesaje del combate ante Bennie Briscoe (foto) se realizó el mismo sábado 11 de noviembre de 1972 en el Luna Park. Fue la cuarta defensa del año para Monzón, la sexta de su reinado, y la segunda en el país. En 1971 ya había derrotado a Emile Griffith en este estadio y, en 1974 (en la tercera y última en el país), haría lo propio con el australiano Tony Mundine.

Cinco años después, el sábado 11 de noviembre de 1972, se medirían nuevamente en el mismo escenario, pero ya con Monzón como campeón mundial mediano unificado AMB-CMB y, el estadounidense, como su retador.

Esta segunda pelea entre ambos pasaría a la historia como la del piñazo de Briscoe del 9º round. El combate se transmitió por casi 200 señales y cadenas televisivas de todo el planeta, en otra muestra incontrastable de que Monzón se había convertido en un campeón de primerísimo nivel mundial.

El árbitro de la pelea, que comenzó a las 18.30, fue el argentino Víctor Avendaño –su nombre real era Ángel Pedro Victorio Avendaño, y había ganado la medalla de oro en la categoría mediopesado en los Juegos Olímpicos de Amsterdam 1928–, el mismo que había dirigido la revancha con Nino Benvenuti en Montecarlo, el año anterior, que fue la primera defensa de Carlos.

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Este es el programa oficial del combate, que se entregaba a los periodistas acreditados. Junto con datos estadísticos de los boxeadores, había una tarjeta, para quienes quisieran elaborarla a lo largo de la pelea, pactada a 15 rounds. Curiosamente, Monzón enfrentó a Briscoe con el mismo pantalón con el que está en la atapa de la publicación.

Este es el programa oficial del combate, que se entregaba a los periodistas acreditados. Junto con datos estadísticos de los boxeadores, había una tarjeta, para quienes quisieran elaborarla a lo largo de la pelea, pactada a 15 rounds. Curiosamente, Monzón enfrentó a Briscoe con el mismo pantalón con el que está en la atapa de la publicación.

El rapado moreno, oriundo de Augusta, Georgia (donde había nacido el 2 de agosto de 1943), y radicado en Filadelfia, evidenció una resistencia realmente fuera de lo común. Carlos (quien pesó 71,816 kilos) recordaría que finalizó la pelea con mucho dolor en sus manos –por la gran cantidad de impactos que había conectado sobre su oponente, sobre todo en la cabeza–, pero este aguantó todo lo que el campeón le tiró. “Era de piedra”, sintetizó el rey mediano sobre la dureza del retador, al que el imaginario colectivo recuerda cómo conmovió a Monzón en el 9º asalto.

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Desde el primer asalto, Escopeta llevó iniciativa de la pelea –la que absolutamente siempre lo tuvo como protagonista–, pero Briscoe evidenció poseer una resistencia fuera de lo común. Aunque recibió mucho castigo, soportó todo lo que le tiró Monzón, quien terminó con sus manos doloridas de tanto que le pegó. “Era de piedra”, recordaría Carlos.

Desde el primer asalto, Escopeta llevó iniciativa de la pelea –la que absolutamente siempre lo tuvo como protagonista–, pero Briscoe evidenció poseer una resistencia fuera de lo común. Aunque recibió mucho castigo, soportó todo lo que le tiró Monzón, quien terminó con sus manos doloridas de tanto que le pegó. “Era de piedra”, recordaría Carlos.

Fue por un soberbio y durísimo cross de derecha sobre el mentón de Carlos quien, claramente sentido, terminó apoyado sobre las cuerdas que daban a la calle Bouchard con su piernas duras y descoordinadas y, sus brazos, caídos.

El colmado Luna Park enmudeció y, durante un segundo, el silencio fue atronador. Pero, inmediatamente, la multitud comenzó a alentar a Escopeta, que había recibido semejante mazazo sobre su propio rincón.

“Vi las estrellas”, confesaría el monarca tiempo después. Contrariando lo que varios afirmaron durante años, Monzón jamás estuvo groggy –es decir, sin la menor capacidad de respuesta y absolutamente a merced de su rival– sino que, instintivamente, hizo lo que cualquier otro púgil hubiera realizado en un momento tan crítico como este: amarrar a su rival.

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En el 9º asalto, Monzón recibió un mazazo que, literalmente, “le apagó a luz”. Tal fue la dureza del impacto que cerró los ojos y, debido a que sus piernas quedaron duras –ya que por unos segundos no obedecieron las órdenes que el cerebro les daba–, terminó contra las cuerdas, las que impidieron su caída por la falta de equilibrio que experimentaba.

En el 9º asalto, Monzón recibió un mazazo que, literalmente, “le apagó a luz”. Tal fue la dureza del impacto que cerró los ojos y, debido a que sus piernas quedaron duras –ya que por unos segundos no obedecieron las órdenes que el cerebro les daba–, terminó contra las cuerdas, las que impidieron su caída por la falta de equilibrio que experimentaba.

“Lo vi doble”, agregaría Carlos sobre lo que le provocó la bomba del desafiante que impactó en su mandíbula. Y, la prueba que derrumba el argumento de que Escopeta ni sabía dónde estaba, la aporta el hecho que, aun sentido como estaba, el campeón miró el reloj del Luna Park, el que marcaba que todavía restaban 55 segundos para el final del round. Si hubiera estado groggy, ¿habría tenido la lucidez suficiente para hacerlo? Definitivamente no.

Briscoe recordaría que inicialmente no se dio cuenta del efecto que había causado su derecha pero, de inmediato, inició una serie de ataques sobre Monzón (que así y todo como estaba esquivó tres manos a fondo que tiró el moreno para derribarlo), tratando de aprovechar la situación ventajosa en la que se encontraba.

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Instintivamente, Monzón hizo lo que cualquier otro púgil hubiera realizado en un momento tan crítico como este: amarrar a su rival. Aun sentido como estaba, el campeón miró el reloj del Luna Park (foto), el que marcaba que todavía restaban 55 segundos para el final del dramático 9º round.

Instintivamente, Monzón hizo lo que cualquier otro púgil hubiera realizado en un momento tan crítico como este: amarrar a su rival. Aun sentido como estaba, el campeón miró el reloj del Luna Park (foto), el que marcaba que todavía restaban 55 segundos para el final del dramático 9º round.

Pero lo hizo desordenadamente y, encima que Carlos trababa y apelaba a su experiencia y enorme corazón de guerrero para sortear la tormenta, obligó al árbitro a intervenir varias veces para separarlos del clinch, hasta que la campana dio por finalizado ese inolvidable y dramático 9º asalto.

Briscoe fue uno de los muy pocos púgiles que lograron pegarle a Monzón en toda su carrera y, años después, señalaría: “Era un peleador muy bueno, alto y difícil de conectar. No había muchos que pudieran boxear tan bien como él. Fue un gran campeón y, en mi gimnasio (en Filadelfia), tengo un gran poster de él en la entrada del mismo. Creo que es el mejor homenaje que puedo rendirle a Carlos”.

En el asalto siguiente, Escopeta recuperó la iniciativa de la pelea –la que absolutamente siempre lo tuvo como protagonista– y, en el 13º, el retador la pasó realmente mal. En el penúltimo capítulo, el estadounidense, con un corte y una pronunciada hinchazón sobre su ojo derecho, se las arregló para llegar al final del mismo.

Por eso, la gran clase y clara superioridad de Monzón no dejó dudas en los jueces –todos argentinos–, quienes consagraron su victoria en fallo unánime: Raúl Amadeo dio 150-139; Héctor Caumont (no confundir con el también juez Héctor Chaumont) 149-139 y, Jorge Alvin, 149-143.

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La superioridad de Monzón no dejó dudas en los jueces –todos argentinos–, quienes consagraron su victoria en fallo unánime: Raúl Amadeo dio 150-139; Héctor Caumont (no confundir con el también juez Héctor Chaumont) 149-139 y, Jorge Alvin, 149-143. En la foto, Carlos está con sus hijos Abel Ricardo y Silvia Beatriz.

La superioridad de Monzón no dejó dudas en los jueces –todos argentinos–, quienes consagraron su victoria en fallo unánime: Raúl Amadeo dio 150-139; Héctor Caumont (no confundir con el también juez Héctor Chaumont) 149-139 y, Jorge Alvin, 149-143. En la foto, Carlos está con sus hijos Abel Ricardo y Silvia Beatriz.

Como dato anecdótico, esta fue la primera defensa en la que Monzón no ganó antes del límite, como sí lo había hecho en las cinco ocasiones anteriores, lo que prueba que Bad Bennie –como se lo apodaba al estadounidense– era duro en serio, realmente de hormigón.

Cada vez que se lo preguntaron, Carlos recordó siempre con admiración y, fundamentalmente, con gran respeto, la guapeza del difícil rival al que venció hace hoy 50 años: “¡Qué cabeza de piedra y qué gran corazón tenía!”, fue uno de sus elogios.

Briscoe, quien debutó como profesional el 10 de septiembre de 1962 y que nunca lograría consagrarse campeón mundial, se retiró en 1982 con un récord de 66-24-5-1 S/D (53 ko), y falleció en el hospital de la Universidad de Temple, Filadelfia, el 28 de diciembre de 2010, a los 67 años.

El cierre de 1972 depararía que Carlos recibiera dos muy altas distinciones: el Círculo de Periodistas Deportivos (CPD) de la Capital Federal le otorgó el Olimpia de Oro (Escopeta fue el primer deportista santafesino que inscribió su nombre en tan importante galería de grandes, y el pionero de los tres boxeadores de nuestra provincia que, a la fecha, lo lograron: en 1994, el preciado galardón fue para Julio César Vásquez y, en 2013, para Marcos René Maidana).

Archivo histórico: Carlos Monzón en el Luna Park (11-11-1972)

Como si fuera poco, a Monzón le fue conferido el Premio Anual de la renombrada revista especializada estadounidense The Ring, conocida como La Biblia del Boxeo y, además, tan importante galardón lo compartió con el mismísimo Muhammad Ali.

Carlos se retiraría el 29 de agosto de 1977 –dejando sus títulos vacantes–, con 14 defensas exitosas en su haber y, su legado, es incomparable. Pero, igual, pasarán los años y las nuevas generaciones también hablarán del día en que un moreno estadounidense le hizo ver todas las estrellas del universo.

Pero el sueño de Bennie Briscoe llegó hasta ahí porque, enfrente, tuvo a un auténtico grande de todos los tiempos, como Monzón lo fue, que jamás supo el significado de la palabra rendirse.