Si un deporte tan duro y sacrificado como el boxeo requiere, entre muchos otros aspectos, muy altas dosis de bravura y arrojo sobre un ring, Víctor Emilio Galíndez siempre las derrochó a raudales. No fue un dechado de técnica pugilística ni un estilista, pero, en toda su trayectoria –tanto aficionada como profesional–, suplió estas carencias con su estilo frontal y aguerrido, con el que nunca dio ni pidió cuartel.
Tal es así que, una de las mayores muestras de esta valentía ilimitada, donde su corazón de guerrero le permitió sortear una dificilísima prueba, tuvo lugar el 22 de mayo de 1976 en el Rand Stadium de Johannesburgo, Sudáfrica, donde Galíndez expuso por quinta ocasión su corona mediopesada de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), que había conquistado el 7 de diciembre de 1974, ante el estadounidense Richie Kates.
Tras recibir un duro cabezazo en el 3º asalto, Galíndez, sangrando profusamente de su arco superciliar derecho, dio una enorme lección de coraje durante los 12 rounds siguientes. Casi sin visión en su ojo derecho –Víctor se limpiaba la herida en la camisa del árbitro, el local Stanley Christodoulou–, con la posibilidad de que detuvieran el combate y perdiera el título, fue al frente en todo momento y, a falta de ¡un segundo! para que terminara la pelea, el campeón retuvo su corona al vencer por nocaut en el último asalto a Richie Kates, protagonizando una hazaña de leyenda que enorgullece a propios y continúa asombrando a extraños.
Sus inicios en el boxeo
Nacido en Vedia, provincia de Buenos Aires, el 2 de noviembre de 1948, Galíndez se inició en el boxeo de la mano del bonaerense Oscar Casanovas, medalla de oro en pluma en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, secundado por el panameño (nacionalizado argentino) Luis Federico Thompson, quien vivía en Morón –donde Víctor se radicó– y, luego, se entrenó a las órdenes de Horacio García, futuro técnico del tigrense Jorge Rodrigo La Hiena Barrios.
“Yo empecé medio de casualidad –le contó al colega Carlos Irusta en una entrevista en El Gráfico–, porque fui a un festival de boxeo y el pago era un sándwich y una Coca. Me gustó el ambiente, subí a pelear, me fue más o menos bien y me entusiasmé. ¿Sabés qué? Nosotros éramos pobres y yo soñaba con tener guita, mucha guita. Una, porque siempre me gustaron los autos, y otra, porque mi sueño era comprarle una casa a mi mamá. Pero no una casa cualquiera, ¿eh? Tenía que ser blanca y con techos rojos...”, recordaría Galíndez quien, con los millones que ganaría en su vida, se compraría más de 20 autos, entre nacionales e importados, y varias motos de alta cilindrada.
A su guapeza a prueba de balas, primero la evidenció en sus 29 peleas como amateur, de las que perdió solo tres. En 1967 se alzó con la medalla de plata en los Juegos Deportivos Panamericanos de Winnipeg, Canadá y, en su participación en los Juegos Olímpicos de México 1968 –al igual que el año anterior, encuadrado en mediano junior– fue eliminado en la primera ronda por el italiano Aldo Bentini, quien le GPP 5 a 0.
Galíndez debutó como profesional el sábado 10 de mayo de 1969 y, en el Luna Park, le GKOT 4 a Ramón Ruiz. Resignó su invicto el miércoles 8 de abril de 1970, en su sexta pelea, ante Juan Mendoza Aguilar (con quien combatiría ¡nueve veces!), apodado así por la provincia de la que era oriundo y para diferenciarlo del platense Antonio Oscar Aguilar, quien le quitara el invicto –nada menos– que a Carlos Monzón el miércoles 28 de agosto de 1963, también en el Luna.
El sábado 28 de noviembre de 1970, Víctor PPP 12 (unánime) ante el sanjuanino Ramón Avenamar Peralta –hermano de Gregorio Goyo Peralta, ante el que Oscar Bonavena se consagró monarca nacional de la máxima división el 4 de septiembre de 1965– quien retuvo su corona argentina mediopesada.
Pero la perseverancia de Galíndez dio sus frutos ya que, el sábado 22 de julio de 1972, le GPP 12 (unánime) a Mendoza Aguilar y se alzó el título nacional de las 175 libras o 79,378 kilos. Ese mismo año, Víctor hizo doblete al ceñirse el cetro sudamericano de la única división –de las ocho históricas y tradicionales– que los estadounidenses inventaron en 1903: el sábado 7 de octubre, le GPP 12 (unánime) a Ramón Avenamar Peralta.
Camino al título mundial
Ya casado con Ana María, con quien tendría tres hijos –Darío Víctor, quien también fue boxeador, María Alejandra y Nina Nieves– ascendió en los rankings internacionales, pasó a ser entrenado por Juan Carlos Pradeiro y, para que ganara experiencia, Juan Carlos Lectoure le trajo rivales extranjeros a Buenos Aires.
Así, entre mayo de 1973 y septiembre de 1974, se presentaron en el Luna Park (y perdieron ante el oriundo de Vedia), los estadounidenses Eddie Owens y Eddie Duncan, y los puertorriqueños José Monón González y Ángel Oquendo.
El 16 de septiembre de 1974, el legendario estadounidense Bob Foster (se llamaba Robert Lloyd Foster), uno de los mejores semicompletos de la historia, anunció su retiro –aunque retornaría al año siguiente y pelearía hasta 1978, sin éxito– y dejó vacantes las coronas AMB y CMB. Por eso, la primera de estas entidades decidió que Galíndez y el estadounidense Len Hutchins combatieran para consagrar al nuevo monarca. La fecha se fijó para el sábado 7 de diciembre de 1974 y, el escenario, el mítico estadio de Corrientes y Bouchard de la ciudad de Buenos Aires.
Pero, 47 días antes, el domingo 20 de octubre –era el Día de la Madre–, Galíndez se pegó una piña de novela en Morón, al llevarse puesto un camión recolector de basura con el Peugeot 504 que conducía como una Ferrari de Fórmula 1. Con una bota de yeso en el tobillo derecho, el brazo izquierdo muy hinchado, el otro con escoriaciones y, de yapa, con heridas cortantes en el rostro y la nuca (donde recibió seis puntos de sutura) el aspirante al título mundial llegó hasta la oficina de Lectoure –quien, de la inmensa bronca por lo sucedido, caminaba por las paredes– a pedirle expresamente que no suspendiera la pelea, a lo que Tito finalmente accedió.
Sin estar completamente repuesto y, tras derribarlo en el 1º, 4º, 8º y 12º rounds, Galíndez le GAb 13 a Hutchins y se convirtió en el primer criollo que se coronó campeón mundial en nuestro país (el quinto de la historia, detrás de Pascual Pérez, Horacio Accavallo, Nicolino Locche y Monzón) aunque, curiosamente, nunca expondría su corona mediopesada AMB en la Argentina.
Entre 1975 y 1978, Galíndez retuvo exitosamente diez veces su cetro. Primero, hizo historia el 30 de junio de 1975 cuando, en el Madison Square Garden y, en su segunda defensa, le GPP 15 (unánime) al mendocino –nacido en Godoy Cruz y radicado en Nueva York– Jorge Aconcagua Ahumada, en el que fue el primer choque entre argentinos con un título mundial en juego.
Ese mismo lunes y, en su única presentación en los Estados Unidos de su carrera, Carlos Monzón le GKOT 10 a Tony Licata, y retuvo por 11° vez su cetro mediano AMB (al CMB se lo habían quitado en un escritorio el año anterior, y lo recuperaría en 1976, al vencer por primera vez al colombiano Rodrigo Valdés en Montecarlo).
Corazón de guerrero
Pero, sin dudas, todos recuerdan la quinta defensa, que realizó ante el estadounidense Richie Kates en el Rand Stadium de Johannesburgo, Sudáfrica, y de la que hoy se cumplen 47 años. Tras recibir un duro cabezazo en el 3º asalto, Galíndez, sangrando profusamente de su arco superciliar derecho, dio una enorme lección de coraje durante los 12 rounds siguientes.
Superada la confusión inicial, ya que la pelea se detuvo mientras el médico de turno, doctor Clive Noble, examinaba la herida de Galíndez, el árbitro, el local Stanley Christodoulou –en la segunda pelea mundialista que dirigía–, consideró que el corte no era producto de una infracción de Kates sino accidental.
Igual, la herida era mala y muy profunda –con una forma de “L”, llegaba prácticamente hasta el hueso de su reborde orbitario– aunque Christodoulou aplicó la regla de no-foul, vigente en esa época, que disponía una recuperación de cinco minutos tras un corte o un golpe bajo no intencionales.
Cumplido ese lapso, se despejó el ring y la pelea continuó, pero, si la herida se agravaba, la posibilidad de perder el combate (y el título) por KOT era muy elevada para Galíndez, que a partir de ahí sufriría una gran pérdida de sangre y un dolor inenarrable hasta el final.
Pero para un guapo en serio como era el nacido en Vedia, todo esto fue un aliciente para ir al ataque en todo momento y, como un toro de lidia, fue al frente siempre y buscó el nocaut una y otra vez. Casi lo logró en el 6º y 7º rounds (en este, Kates cayó, pero lo salvó la campana) y, la infinita valentía del monarca, provocó la enorme admiración de los 42.125 presentes en el estadio, especialmente de Christodoulou, en cuya camisa Galíndez se limpiaba la herida.
Actualmente y con los rastros de sangre, esta prenda se exhibe en el Museo del Deporte de la ciudad que fue sede de un combate épico e inolvidable.
Al final del 9º asalto, el moreno llegó tambaleante a su rincón. Y aunque continuaría recibiendo un duro castigo en los asaltos siguientes, todavía aguantaba los embates del campeón hasta que, este irrepetible y legendario combate, tuvo el increíble final de película que merecía.
En el 15º y último round –mientras que el público, conmovido por la entrega de Galíndez, coreaba “¡Vic-tor!”, “¡Vic-tor!”, “¡Vic-tor!”– y, tras recibir un durísimo cross de izquierda en el mentón, el moreno oriundo de Savannah, Georgia, por fin cayó.
Cuando el árbitro, arrodillado junto al retador, llegó a 10 (Galíndez también contaba a los gritos en un rincón neutral agitando sus brazos), iban 2’59” es decir que, solo ¡un segundo! después del out, hubiera terminado la pelea... Pasó hace hoy 47 años y, todavía, hace erizar la piel al ver cómo Víctor hizo posible lo que asomaba como imposible.
Horas antes, en la puerta del Mustang Ranch de Reno, Nevada, Estados Unidos, una bala asesina le había partido el corazón a Oscar Natalio Bonavena, a quien el oriundo de Vedia idolatraba. Por la diferencia horaria, la noticia se conoció antes de enfrentar a Kates y, tanto su DT, Juan Carlos Pradeiro, como el Profe Patricio Russo y Tito Lectoure, no le dijeron nada al campeón hasta después del combate.
Ya en los vestuarios y, mientras el rostro de Víctor era una máscara desfigurada (el monarca recibiría ¡54 puntos de sutura!), la alegría de una victoria a puro corazón y coraje se transformó en un llanto desconsolado ante la mala nueva.
Sí, hasta un guapo hasta la médula como Galíndez podía –y pudo– llorar como si fuera la última vez ante la trágica muerte de su gran amigo.
¿Por qué no paró la pelea?
Entre el 20 y el 26 de octubre de 1996 y, en el Hotel Bauen de Capital Federal, el Consejo Mundial de Boxeo (CMB) realizó su XXXIV Convención Anual, la primera que una entidad mundialista desarrolló en nuestro país. Entre los más de 800 asistentes provenientes de casi 50 países, dio el presente el árbitro y juez sudafricano Stanley Christodoulou.
La oportunidad de hablar sobre el legendario combate Galíndez-Kates con el distinguido visitante era inmejorable y, una noche, en el bar del Bauen, quien firma esta nota (junto con los periodistas especializados Julio Ernesto Vila y Julio Juan Cantero) compartió una extensa charla con el mismo.
A la hora de referirse a esta pelea, Christodoulou recordó que, a pesar de que el médico de turno, doctor Clive Noble, le pidió tres veces que la detuviera, no lo hizo por tres razones. “Primero y, aunque sufrió un serio corte, que consideré accidental, Galíndez absolutamente siempre llevó la iniciativa. Segundo, como campeón del mundo que era, merecía que le diera la oportunidad de continuar”.
Y, en inequívoco gesto con sus manos, nos dijo la tercera: “Balls” (pelotas). No fue necesario preguntarle nada más.
El ocaso
Este Galíndez imparable le dio paso a otro, que priorizó la noche, los autos importados y la muy buena vida, relegando los sacrificios del gimnasio. Cuando el viernes 15 de septiembre de 1978, el estadounidense Mike Rossman (su verdadero nombre es Albert De Piano) le GKOT 13 en el Superdome de New Orleans y le quitó el título en la 11ª defensa, Galíndez ya estaba harto del boxeo, de las privaciones (beber gaseosas era una verdadera compulsión para él) y de pesarse desnudo, aunque solo tenía 29 años.
Esa misma noche, Muhammad Ali le GPP 15 (unánime) a Leon Spinks, quien lo había derrotado el 15 de febrero anterior en el Hilton Hotel de Las Vegas y, de este modo, El Más Grande se convirtió en el primer tricampeón mundial pesado de la historia.
La revancha ante Rossman se había programado en Las Vegas, pero la Comisión Atlética de Nevada impuso a sus jueces para fallar el combate en lugar de los designados por la AMB. Esta fue la excusa por la que Lectoure retiró a Galíndez del estadio y lo dejó plantado al propio campeón ya sobre el ring, y con la televisación del festival puesta en marcha. ¿La verdad? Víctor estaba mal entrenado, y se encaminaba a otra derrota…
No obstante, el sábado 14 de abril de 1979 y, en el mismo escenario del primer choque entre ambos, le dio una paliza a Rossman (le GKOT 10) y, además, se convirtió en el primer monarca mediopesado de la historia que recuperó su corona. Esta vez, la preparación sí había sido acorde a la exigencia que debía sortear.
Pero el viernes 30 de noviembre del mismo año, en la primera defensa de su segundo reinado y, otra vez en New Orleans, el estadounidense Marvin Johnson le GKO 11 (20”) y le fracturó la mandíbula. El sábado 14 de junio de 1980, hizo su última pelea: con 86,184 kilos, PPP 12 (unánime) con el estadounidense Jesse Burnett en el Disneyland Hotel de Anaheim, California, en una eliminatoria por el título crucero CMB.
Poco después, el 21 de agosto, anunció oficialmente su retiro por un desprendimiento de retina. En total, Galíndez disputó 70 peleas y, su récord, fue de 55-9-4-2 S/D (34 ko).
Poco importa ya preguntarnos hasta dónde habría llegado con más profesionalismo y responsabilidad. Reinó durante casi tres años simultáneamente con Carlos Monzón –quien fue tan grande que eclipsó a todos– y, esto, quizás, pudo haberle restado brillo a sus méritos, que también fueron muchos.
No en vano, en 2002 se convirtió en el cuarto argentino que ingresó al mítico Hall de la Fama del Boxeo Internacional de Canastota, Nueva York, detrás de Escopeta, Pascual Pérez y Lectoure (en 2003 lo seguiría Nicolino Locche y, en 2007, Amílcar Oreste Brusa).
La muerte llegó sin avisar
El domingo 26 de octubre de 1980, Galíndez debutó como acompañante del misionero (nacido en Oberá el 2 de agosto de 1932, y radicado en la Capital Federal) Antonio Nito Lizeviche en el Turismo Carretera, que disputaba la Vuelta de 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires.
En la Final, el Chevrolet Nº 19 solo recorrió 6 kilómetros, hasta que la caja de cambios dijo basta cerca del cruce de las rutas 46 y 51. Emprendieron el regreso a los boxes caminando por el costado de la primera en sentido inverso a la carrera, donde los autos transitaban a casi 250 km/h.
Eran casi las 13.25 y, en la 6ª vuelta, el Ford Nº 71 del tigrense Marcial Feijoó, que circulaba detrás del Chevrolet de Antonio Bautista y el Dodge de Daniel Corso, hizo un trompo y se fue hacia la banquina, derrapando casi 400 metros por la misma. En ese trayecto, a la altura de la estancia San José, embistió a Lizeviche y Galíndez con la parte delantera de su auto. El impacto fue terrible y, ambos, murieron despedazados instantáneamente.
Solo una semana después de su estúpido y prematuro adiós, este muy valiente guerrero que fue Víctor Emilio Galíndez hubiera cumplido 32 años. Pero, desgraciadamente, se marchó muy rápido. Tal como vivió.
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