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Gerardo Rivera, el hombre que convirtió su casa en "Sumolandia" y conserva el pasaporte de Luca Prodan
AIRE viajó a Temperley para dialogar con uno de los coleccionistas más importantes de Sumo. Gerardo Rivera y la reconstrucción de una época mediante discos, casetes, fotografías, documentos y más.
En una habitación de la casa de Gerardo Rivera en Temperley, provincia de Buenos Aires, conviven discos, casetes, entradas, fotografías, afiches, recortes periodísticos, documentos discográficos y piezas que pertenecieron a algunos de los protagonistas de Sumo.
En un nuevo episodio de Coleccionistas, Mario Altamirano viajó hasta Temperley para conocer una de las colecciones más importantes dedicadas a Sumo. Discos, casetes, entradas, fotografías, documentos y un objeto excepcional permiten reconstruir la historia de la banda y descubrir la dimensión más íntima de Luca Prodan.
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Hay colecciones que reúnen objetos y otras que reconstruyen una época. La de Gerardo Rivera pertenece a la segunda categoría.
En una habitación de su casa de Temperley, provincia de Buenos Aires, conviven discos, casetes, entradas, fotografías, afiches, recortes periodísticos, documentos discográficos y piezas que pertenecieron a algunos de los protagonistas de Sumo. Sin embargo, aquello que verdaderamente distingue a la colección no es solamente la cantidad o la rareza de sus objetos, sino las historias que Gerardo conoce detrás de cada uno.
Por eso, cuando el equipo de Coleccionistas llegó a su casa, la bienvenida tuvo una definición inmediata: aquel lugar no era simplemente Temperley. Era “Sumolandia”.
“Yo digo que tengo un problema: junto cosas”, bromeó Gerardo al comenzar la conversación con Mario Altamirano. Detrás de esa frase existe una pasión que comenzó cuando todavía era un niño y escuchó por primera vez Divididos por la felicidad gracias a su hermano mayor.
Tenía cuatro o cinco años y no sabía inglés. Tampoco comprendía qué cantaba aquella voz que salía del equipo de música familiar. Pero el sonido lo atrapó.
“Aprendí a pronunciar antes que a hablar inglés. No entendía lo que decía, pero cantaba las canciones de memoria por la fonética”, recordó.
Uno de los objetos que conserva de aquella etapa es una copia en casete de Divididos por la felicidad, grabada por su hermano. La cinta tiene incluso un pequeño trozo de algodón colocado para reemplazar la almohadilla que se había roto. Puede no ser la pieza más costosa de la colección, pero es una de las más importantes: lo transporta directamente hasta el niño que descubrió a Sumo por primera vez.
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Buscar a Sumo antes de Internet
Gerardo comenzó a coleccionar seriamente cuando tenía aproximadamente 12 años. A finales de los años 90, encontrar información sobre Sumo era una tarea muy distinta a realizar una búsqueda en Internet.
Mientras otras bandas ocupaban numerosas tapas de revistas y grandes espacios en los medios, las apariciones de Luca y Sumo eran mucho más difíciles de localizar. Esa ausencia despertó todavía más su curiosidad.
“Mi interés era saber dónde estaba la banda que a mí me gustaba. Quería empezar a juntar cosas”, explicó.
Así aparecieron los primeros recortes, fotocopias y páginas sueltas de revistas. Gerardo conserva una carpeta construida durante su adolescencia con artículos periodísticos, imágenes y materiales que encontraba o que otras personas le acercaban.
Una de sus piezas más significativas es un suplemento publicado después de la muerte de Luca, que utilizó como portada de uno de sus cuadernos. También conserva fotocopias que le regaló Tony, un quiosquero que había visto a Sumo en vivo y que, al enterarse de la pasión del joven Gerardo, decidió compartir con él todo el material que tenía.
Aquellas fotocopias tenían entonces un valor enorme. Años después, cuando consiguió algunos de los ejemplares originales, experimentó una sensación difícil de explicar: era pasar de observar una reproducción a sostener un fragmento real de aquella historia.
Una colección construida por una comunidad
Buena parte del patrimonio que Gerardo conserva llegó a través de personas que confiaron en él.
Amigos, periodistas, músicos, productores, antiguos trabajadores de compañías discográficas y asistentes a los recitales fueron acercándole objetos porque sabían que quedarían en buenas manos. Algunos decidieron vendérselos; muchos otros simplemente se los regalaron.
“Lo más hermoso del coleccionismo son las anécdotas. Todo esto es físico, pero lo efímero son las historias. Me gusta mucho más que me las cuenten”, afirmó.
Esa red afectiva explica por qué Gerardo puede relatar con tanta precisión acontecimientos ocurridos cuando él todavía era un niño o incluso antes de que naciera. Quienes estuvieron allí le confiaron sus recuerdos y él los ordenó, los contrastó y los conservó.
Uno de sus amigos suele presentarlo ante quienes vieron a Sumo con una frase particular: “Hagan de cuenta que él estuvo con nosotros”. Gerardo reunió tanto material y escuchó tantos testimonios que puede recordar incluso detalles que algunos protagonistas comenzaron a olvidar.
Durante la entrevista mostró una fotografía tomada en The Stud Free Pub por Ricardo Aranda, quien asistía a los recitales de la banda y luego le regaló una de aquellas imágenes. También enseñó calcomanías originales repartidas durante un concierto en el Teatro Astros. Según la anécdota que llegó hasta él, estaban recién impresas y todavía pegajosas: cuando intentaron lanzarlas al público, salieron volando en bloques mientras Luca se reía desde el escenario.
En la colección también hay entradas de algunos de los recitales más importantes de Sumo, folletos originales, listas de temas, autógrafos, material promocional y fotografías inéditas.
Cada objeto conserva un recorrido propio.
De la primera edición de Sumo a sus documentos discográficos
Entre las piezas más valiosas se encuentran tres ejemplares de Corpiños en la madrugada, la primera grabación independiente de Sumo, de la cual se fabricaron solamente 300 casetes.
Uno de los ejemplares fue comprado por Gerardo y los otros dos llegaron como regalos. Uno se encuentra especialmente deteriorado, con el paso del tiempo marcado sobre la caja y la cinta. Para Gerardo, eso no disminuye su valor: sigue siendo parte de la primera edición discográfica de la banda.
También conserva ediciones comerciales y promocionales de los discos de Sumo, entre ellas una copia de Fucking Versions destinada a difusión, con la indicación “venta prohibida”. A eso se suman simples enviados a las radios, ediciones internacionales —como un extraño EP fabricado en Bolivia— y hasta una copia de prueba, conocida como “muestra blanca”, de Divididos por la felicidad.
La historia de esa pieza está vinculada con Hugo, un antiguo cadete de CBS que guardó diversos materiales relacionados con la producción del disco. A través de él, Gerardo obtuvo además documentos excepcionales: transcripciones y traducciones de las canciones, algunas escritas en imprenta mayúscula por el propio Luca.
En esas hojas pueden observarse las letras en inglés y castellano, nombres originales de canciones y anotaciones vinculadas con el proceso creativo y administrativo del álbum.
Gerardo también conserva copias de los contratos discográficos de Sumo. En uno de ellos aparece únicamente la firma de Timmy McKern, amigo, representante y figura fundamental en la historia del grupo, en lugar de las firmas de los músicos.
La primera voz de Luca registrada en un disco
La colección no se limita a los años argentinos de Sumo. También rastrea la vida musical de Luca antes de su llegada al país.
Entre sus rarezas aparece el simple original de “Living by Numbers”, canción de la banda británica New Musik publicada en 1980. En la grabación se invitó a diferentes personas a repetir la frase “They don’t want your name”. Una de aquellas voces era la de Luca Prodan, quien entonces mantenía una relación con la hermana del productor Tony Mansfield.
Según explicó Gerardo, se trataría de la primera participación profesional de Luca registrada en un disco.
También conserva material relacionado con Manicured Noise, la banda de Stephanie Nuttall antes de convertirse en la primera baterista de Sumo. Uno de esos discos está autografiado por la propia música, que visitó la Argentina y conoció personalmente a Gerardo.
“Si Luca entrara por esa puerta, volverían a tocar”
A lo largo de la entrevista, la colección abrió paso a una conversación más profunda sobre el lugar de Luca dentro de Sumo y sobre el destino de quienes compartieron la banda con él.
Para Gerardo, la enorme figura de Prodan muchas veces terminó opacando el talento individual de los músicos que lo rodeaban. Sin embargo, la historia posterior demuestra la potencia de aquel grupo: de su separación surgieron Divididos y Las Pelotas, dos bandas fundamentales del rock argentino.
Los primeros discos de ambas, sostiene, todavía conservan una conexión directa con el universo sonoro de Sumo. Con el tiempo cada proyecto construyó una identidad propia, pero la raíz común nunca desapareció.
Gerardo está convencido de que sus antiguos compañeros continúan recordando a Luca permanentemente.
“Si él apareciera por arte de magia, se juntarían a tocar”, aseguró.
En una conversación privada, uno de los músicos se lo confirmó de una manera todavía más directa: si Luca entrara nuevamente por la puerta, no importaría el lugar ni la cantidad de público; tocaría con él en cualquier rincón.
“No era una cuestión de masividad. Era una energía natural que fluía”, explicó Gerardo.
¿Quién fue Luca Prodan?
Al final del encuentro, Mario Altamirano le formuló una pregunta esencial: después de más de veinte años investigándolo y reuniendo su historia, ¿qué representa Luca para él?
“Es alguien que, pudiendo tener todo, eligió no tener nada”, respondió.
Gerardo encuentra una contradicción inevitable entre su propia necesidad de conservar y la manera en que vivía Prodan, un hombre que se desprendía de las cosas materiales. Incluso imagina, con humor, que Luca probablemente no comprendería su obsesión por reunir tantos objetos.
Pero aquello que verdaderamente lo conmueve es la libertad con la que eligió vivir.
“Te enseñó a disfrutar de lo tuyo y a valorar la amistad y el amor. Por eso quienes lo conocieron lo extrañan y lo tienen presente. Vivió todos los días”, sostuvo.
Luca provenía de una familia con posibilidades económicas, había recibido una educación privilegiada y podría haber elegido una vida completamente diferente. Sin embargo, llegó a la Argentina, se instaló en Hurlingham y terminó transformándose en una figura inseparable de la cultura nacional.
Para Gerardo, canciones como “Mañana en el Abasto” demuestran su capacidad para observar el país con una profundidad particular: “Vino de Europa y nos hizo ver la argentinidad”.
El pasaporte de Luca y un mensaje oculto
Gerardo reservó para el final el objeto por el que todos le preguntan.
Primero mostró una fotografía de Luca. En uno de los bolsillos de su ropa podía distinguirse una pequeña pieza marrón. Luego colocó sobre la mesa el mismo objeto que aparecía en la imagen: el pasaporte italiano de Luca Prodan dentro de su funda original.
El documento conserva registros de sus viajes entre Argentina, Uruguay y Europa. Durante aquellos años, Luca salía periódicamente del país porque su situación de residencia no estaba completamente regularizada.
Pero el detalle más conmovedor no se encuentra en los sellos migratorios.
En la parte posterior de la funda, Luca escribió a mano dos mensajes. Uno de ellos alude a la heroína. El otro es una suerte de agradecimiento por las mujeres y por el amor recibido a lo largo de su vida.
Para Gerardo, más que el pasaporte en sí mismo, el verdadero tesoro es esa inscripción inesperada.
“Es como una plegaria. Está agradeciendo todo el amor que recibió”, interpretó.
El documento llegó a sus manos después de permanecer guardado durante años en un cajón. La operación se concretó en Avellaneda, en la esquina de Mitre e Italia: una coincidencia geográfica casi perfecta para recibir el pasaporte italiano del músico que eligió convertirse en argentino.
El sueño de un museo del rock argentino
Aunque dedicó gran parte de su vida a reunir este patrimonio, Gerardo no imagina la colección encerrada para siempre en su casa.
Su deseo es que algún día exista un museo del rock argentino capaz de conservar y exhibir estos materiales. Si ese espacio apareciera, estaría dispuesto a compartir lo que reunió.
“Yo ya lo disfruté, ya lo junté, ya corrí detrás de todo. Para mí, ya está: cumplí”, aseguró.
Gerardo comenzó con un casete grabado por su hermano y una carpeta llena de fotocopias. Más de veinte años después, custodia una parte extraordinaria de la historia de Sumo.
Pero su mayor colección no está compuesta por discos, papeles, fotografías o autógrafos. Está formada por las voces de quienes estuvieron allí y encontraron en él a una persona dispuesta a escuchar, recordar y transmitir.
En “Sumolandia”, cada objeto guarda una historia. Y Gerardo Rivera se ocupa de que ninguna de ellas desaparezca.







