Caminar bajo sombras de 120 años, en medio de centenares de especies de árboles. Sentarse a la par del lago que gansos y patos surcan apacibles. Descubrir esculturas dedicadas a las estaciones del año o a las proezas de próceres de dos mundos. Pasear por un jardín inspirado en el de Versalles o en un festival de colores que ofrecen 7.000 rosas para delirio de las mariposas. Compartir con los niños el misterio de una montaña encantada o la aventura de La Máquina de Volar. Trasponer una puerta donde esperan obras de Berni, Spilimbergo, Fontana o Fader. Todo eso y mucho más es el Parque Independencia de Rosario.
El parque está en el centro geográfico de Rosario, pero sobre todo en el alma de la ciudad y su gente. Es su corazón y a la vez un gran pulmón verde. Fito Páez y la trova rosarina lo eternizaron en algunas de sus canciones; Fangio y Gálvez corrieron en sus calles, Carlos Gardel apostó en el hipódromo y el Che Guevara fue fotografiado dos veces: de bebé con sus papás y a los 23 con su amigo Alberto Granados antes de partir a su memorable viaje por Latinoamérica.
En las 130 hectáreas de superficie (unas 13 manzanas) convergen espacios y actividades deportivas, de esparcimiento y culturales. Los grandes atractivos son el Jardín de los Niños, un circuito de tres museos (de la Ciudad, Histórico Provincial y el de Bellas Artes), el rosedal, el jardín francés, el hipódromo y el antiguo predio de la ex Sociedad Rural. Dos áreas de juegos infantiles, el palomar, el lago y, por supuesto, los servicios gastronómicos. También hay tres clubes (Gimnasia y Esgrima, Provincial y Newell’s Old Boys) a los que se suma el Estadio Municipal de atletismo y otras disciplinas. Y por supuesto, mucho espacio abierto al aire libre. Todas esas instalaciones y espacios acogerán los Juegos Sudamericanos de la Juventud 2022 en el próximo otoño.
Imposible no dedicar un párrafo al estadio de Newell’s, protagonista de páginas gloriosas del fútbol argentino y cantera de una interminable lista de jugadores y técnicos destacados en el fútbol argentino, mundial y la Selección.
Parque de la Independencia y la burguesía romántica
El parque se inauguró el 1° de enero de 1902. Su esencia evoca el romanticismo de los grandes parques europeos de la época, en especial ingleses y franceses, dotados de lagos artificiales, puentes, bancos de diseño ornamentados, fuentes, senderos de grava y aire limpio como contracara a la ciudad contaminada y sucia de las primeras fases de la era industrial.
En ese sentido, el diseño hecho por el ingeniero Héctor Thedy, en ese entonces secretario de Obras Públicas de la ciudad, recrea aquellas ideas de un parque de grandes dimensiones, compuesto por ambientes diferentes, planificados cada uno con su singularidad, que coexisten como en un rompecabezas.
Como la mayoría de esos espacios en aquellos años, estuvo pensado y destinado al esparcimiento de la burguesía. Recién en la segunda mitad de la década de 1920 se incorporan sectores de clase media profesionales y finalmente entrada la década del 40 es cuando se populariza, explica Ernesto Aguirre, del Museo de la Ciudad.
Un patrimonio forestal formidable
Desde aquel primer plano hasta hoy en día, la vegetación siempre fue un elemento esencial en el diseño del Parque de la Independencia. Miles de especies componen un patrimonio natural extraordinario en el que se combinan nativas y exóticas con obsesión táctica. Eso permite que, sea la estación del año que fuere, en algún sector del parque haya flores, sean árboles o plantas menores.
Destaca especialmente por su belleza, la forestación de los contornos de las calles interiores, con miles de ejemplares alineados de tipas, plátanos, tres variedades de cedros (azul, del Líbano y de odara), magnolias, eucaliptus, nogal negro, palo borracho, cipreses (entre ellos el calvo), jacarandaes y palmeras. De estas últimas, por ejemplo, se hicieron traer especies nativas desde el norte santafesino (pindó y yatay), desde Europa (phoenix) y Estados Unidos (washingtonias).
“Un silencio que huele a poesía sobre El Rosedal”, cantaba Lalo de los Santos en ese himno a la ciudad que llamó “Tema de Rosario”. Y es que El Rosedal es un atractivo magnífico para una recorrida por el parque Independencia. También estructurado al estilo Versalles fue restaurado en 2017. Una verdadera fiesta de flores y colores que componen 7.000 ejemplares de 33 variedades de rosales y un entorno con pérgolas y un templete revestido con cerámicos pintados.
La primera forestación a gran escala la hicieron alumnos y padres de los colegios de la ciudad en 1901. Plantaron 6.000 ejemplares de tipas, eucaliptus, plátanos y palmeras, entre otras especies que siguen allí y como antaño, abrazan con su sombra a nuevas generaciones que caminan, juegan, se besan o cantan a sus pies.
Un circuito de arte e historia
El Museo de la Ciudad es una edificación de estilo europeo pintoresco. Originalmente funcionó allí la Escuela de Aprendices de Jardinería de la ciudad y hoy alberga a este museo de dimensiones pequeñas pero acogedor. Conforma un circuito dentro de los límites del parque, con el Museo Histórico Provincial Julio Marc –levantado sobre la base de la antigua residencia de la familia Tiscornia–; y el Museo de Bellas Artes Juan B Castagnino.
Éste último es un tesoro de fabulosas obras de arte y al mismo tiempo pone a disposición muestras como en la actualidad es “Caminos del arte entre 1918 y 1968”, que permite un cara a cara con obras de Lucio Fontana, Julio Vanzo, Leónidas Gambarte, Quinquela Martín, Antonio Berni, Lino Spilimbergo, Clorindo Testa, Julio Le Parc, Norberto Schiavoni, Fernando Fader, entre un centenar de artistas.
El Castagnino figura en las crónicas de historia de los grandes robos de arte en Argentina. El 24 de marzo de 1987 una banda vinculada a parapoliciales que actuó en la dictadura militar redujo al casero a mano armada y se llevó seis pinturas, de las que sólo se recuperó muchos años después en Miami “Paloma y Pollos” del español Francisco de Goya.
Arte a cielo abierto
Una peculiaridad del Parque de la Independencia es que el arte y la historia se entrecruzan en el interior de los tres museos y también afuera. Pasear por sus senderos, bajo esas sombras centenarias, implica toparse, por ejemplo, con esculturas de todo tipo de origen, firma, tamaño y materiales. O fuentes que son obras de arte en sí mismas. O una curiosa variedad de bancos para sentarse, algunos más cómodos que otros, pero todos una esencia artística. Los hay originales forjados especialmente en el Batallón de Arsenal de Guerra hace 120 años; de arte rústico; y revestidos de mayólicas pintadas con arabescos, flores, picaflores y hasta estrofas del Martín Fierro.
Otoño y Primavera son dos esculturas emplazadas en el entorno del Museo de la Ciudad adquiridas en Europa. En otros sectores hay estatuas en homenaje al músico y compositor Ludwig van Beethoven, a José Artigas, Benito Pérez Galdós, José Hernández, Diana La Cazadora, la mujer recostada sobre un espejo de agua y el infaltable Monumento a la Madre hecho de bronce.
Pero hay dos esculturas monumentales e imperdibles que destacan por encima del resto.
Manuel Belgrano se eleva con estampa épica por encima del bulevar Oroño. Esa formidable obra a escala 1 a 1, que inmortaliza al general a caballo y con la bandera al viento, fue encargada al italiano Arnaldo Zocchi y realizada en el Viejo Continente. Hasta que se inauguró el Monumento Nacional a la Bandera a mediados de los 60, su emplazamiento fue el lugar de actos públicos y celebraciones de la ciudad.
El monumento a Giuseppe Garibaldi, “héroe de dos mundos”, fue realizado por el escultor Alejandro Biggi en mármol blanco y donado por la colectividad italiana en 1906. Así como los italianos tienen su plaza, otras colectividades de fuerte ascendente sobre la ciudad dejaron su huella. Lo demuestran, entre otros, el Jardín Francés, con su fuente de 80 metros de largo y su impronta versallesca, o la Fuente de los Españoles, una exquisita combinación de mayólicas y esculturas construida en la década del 30 y hoy bajo preservación para proceder a su restauración integral.
Un paseo por el lago
El “laguito” y su entorno son el ADN del Parque de la Independencia. Un paseo en canoa o bicicletas acuáticas, para bordear la isla de los patos o pasar debajo de los puentes es de las actividades más demandadas por los visitantes, más cuando el paseo es familiar.
El lago tiene en uno de sus bordes una columnata de estilo dórico, símil de las ruinas de la antigua Grecia. Entre ellas patos, gansos y palomas se mueven en medio de los paseantes en busca de comida.
Al caer la tarde, cuando la luz natural se esfuma, el lago “se enciende”. Es la hora de las Aguas Danzantes, show de música y luces que se cuelan entre las copas inmensas de los árboles y colorean el espejo de agua.
Fotografías históricas tomadas en los meses previos a la inauguración del parque en 1902 muestran excavando a los presos de la vieja cárcel de encausados y contraventores de Rosario, ubicada a dos cuadras del parque.
Toda la tierra retirada para hacer el lago se reutilizó para hacer una montaña mirador que todavía existe y que separa el ambiente del lago con el original Jardín de Niños Juana Elena Blanco, al poco tiempo transformado en el Zoológico de Rosario y en 2001 reconvertido en otro de los espacios insignia del parque.
Un lugar único
El actual Jardín de los Niños es un atractivo destinado a motivar curiosidad, imaginación, poética, arte, conocimiento y se sale de los moldes en cuanto a espacios convencionales de diversión para niños.
Los pequeños descubren La máquina de volar, o La máquina de trepar (como en los viejos barcos a vela); interactúan en una instalación escenográfica que recrea un taller florentino del Renacimiento, donde se exponen las investigaciones de Leonardo Da Vinci. Un edificio semi-enterrado lleva a un viaje por Tiempos Modernos, muestra interactiva para chicos y grandes con juegos que recrean la transformación del universo artístico europeo y latinoamericano del siglo XX. Cobra una entrada simbólica y niños de 4 años para abajo ingresan gratis.
El Jardín de los Niños, junto con La Isla de los Inventos y la Granja de la Infancia, conforma el Tríptico de la Infancia, ideado por la ex secretaria de Cultura de la ciudad María de los Ángeles Chiqui González y convertido en una referencia nacional en materia de cultura, educación, diversión y creatividad infantil.
El corazón de una ciudad
La arquitectura del edificio principal y la tribuna del hipódromo. Una vegetación que jamás deja de sorprender, ya sea por la inmensidad de los árboles, porque en algún rincón siempre hay una flor abierta, por el “azul” del cedro o los follajes que se ponen rojos al acercarse el otoño.
Esculturas, monumentos, museos, fuentes y el icónico lago con sus pintorescos puentecitos y bancos en el contorno que invitan a contemplar la belleza del paisaje.
Jóvenes que llegan para sus actividades cotidianas en los clubes, visitantes, gente que sale a caminar o correr, los que lo atraviesan de paso entre un punto y otro de la ciudad, niños y adultos… Todo y todos son parte.
El Parque de la Independencia definitivamente es la identidad misma de la ciudad de Rosario.
El calendario floral que cada medianoche los jardineros actualizan, recuerda que 120 años después de su creación, es un atractivo para descubrir cualquiera sea el día, el mes o el año.
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