La crisis climática es un fenómeno global, pero no afecta a todos por igual. Tanto los países como las franjas de población estructuralmente más vulnerables se llevan la peor parte y cargan con mayores consecuencias, y las mujeres no escapan a esta desigualdad enquistada en el orden social predominante, con Latinoamérica como zona de contrastes flagrantes.
Según datos de Naciones Unidas, ocho de cada 10 personas desplazadas por desastres climáticos son mujeres o niñas. Que tienen, además, 14 veces más probabilidades que los hombres de morir en un desastre climático. A pesar de todo esto, las mujeres todavía están subrepresentadas en las discusiones sobre cambio climático. Porque el techo de cristal también es un fenómeno global.
“Las mujeres son las primeras en percibir los efectos de la crisis climática en sus familias y comunidades, ya que ellas, en su mayoría, son las principales encargadas de la producción agrícola de subsistencia y la recolección de agua y combustible para mantener la seguridad alimentaria de los suyos” destacaron desde esa organización internacional.
Es que la discusión sobre el cambio climático es, más que nada, una discusión socioambiental. Como ha ocurrido en todos los ámbitos, hasta ahora la situación particular de las mujeres ha sido abordada de manera marginal, a pesar de que las desigualdades de género se reproducen y potencian con este fenómeno global.
(In)justicia climática
Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), si nada cambia el incremento de la temperatura media mundial superará los 1,5 grados centígrados en 2030. Esto afectará “de forma desproporcionada” a las poblaciones en situación de mayor vulnerabilidad: alza del precio de los alimentos, pérdidas de ingresos, pérdidas de actividades de sustento, impactos en la salud y desplazamientos forzados son algunos de los efectos del calentamiento del planeta, con las mujeres y las niñas en situación social precaria en el puesto número uno.
“Los impactos desiguales del cambio climático desde una perspectiva de género están fuertemente vinculados a la desigualdad socioeconómica y a la persistencia de la pobreza” alertaron los expertos de Naciones Unidas.
A nivel de los países, pasa algo muy parecido: aunque los efectos del cambio climático afectan a toda la población mundial, son los países desarrollados los que más emisiones de GEI (gases de efecto invernadero) producen, y al mismo tiempo los que más recursos poseen para adaptarse a sus efectos. Los países que generan menos emisiones (lo menos desarrollados) son los más expuestos, y los que menos recursos tienen para medidas de adaptación y mitigación.
El reino de la desigualdad
Esta dinámica impacta a América Latina y el Caribe, una región que si bien es responsable de menos del 10% de las emisiones mundiales de dióxido de carbono (CO2), es muy sensible a los efectos del cambio climático. “Esta particular vulnerabilidad es causada por factores como su situación geográfica y climática, sus condiciones socioeconómicas, demográficas e institucionales y la alta sensibilidad al clima de sus activos naturales” recordaron desde la ONU. “América Latina y el Caribe continúa siendo la región más desigual del mundo y ha sido la región en desarrollo más afectada por la pandemia del Covid-19”, detalla un informe de la Cepal (la Comisión Económica para América Latina, que depende de Naciones Unidas).
La perspectiva de género permite ver estos impactos diferenciados del cambio climático: las mujeres, víctimas estructurales de la desigualdad socioeconómica y la pobreza, padecen con mayor rigor sus efectos. La división sexual del trabajo, la injusta organización social del cuidado, patrones culturales patriarcales y la desigual concentración del poder son estos rasgos permanentes que la crisis climática pone todavía más en relieve.
Impactos directos
Por supuesto, los cambios que impone el nuevo clima generan impactos directos sobre los bienes y recursos naturales esenciales para la vida cotidiana como el agua, la pesca, el acceso a fuentes de energía y la biodiversidad. “La escasez o la dificultad de acceder a estos recursos puede tener serias implicancias desde una perspectiva de género y uso del tiempo” alertaron desde la organización.
Es que son las mujeres, más que nada las mujeres rurales, indígenas y campesinas, quienes sostienen la responsabilidad de la alimentación familiar, así como de la recolección de recursos básicos para la subsistencia de los hogares como el agua y la leña.
“Estas responsabilidades, asignadas culturalmente, corresponden al trabajo no remunerado realizado por niñas y mujeres y la escasez de estos recursos esenciales pueden aumentar el tiempo que deben dedicarse a ello, resultando en la profundización de los nudos estructurales de la desigualdad”. Así lo explica Naciones Unidas. Y la desigualdad queda clara como el agua clara.
Afectaciones en la salud
Además de todos los condicionantes socioculturales, los impactos del calentamiento global son especialmente graves sobre la salud de las mujeres. Existen investigaciones científicas que indican que un aumento de 1 grado celsius durante la semana anterior al parto “se asocia con un aumento del 6% en el riesgo durante el verano”.
Además, enfermedades transmitidas por vectores como la malaria y el dengue han sido relacionado con abortos espontáneos, nacimientos prematuros y anemia. El aumento de las temperaturas está prolongando las temporadas de actividad de los mosquitos que propagan estas enfermedades, y los entornos húmedos fomentan su reproducción.
El cambio climático también puede aumentar también la propagación de enfermedades transmitidas por vectores, como el virus del Zika, que en las embarazadas puede causar graves defectos congénitos como la microcefalia (cabeza reducida debido a una anomalía cerebral).
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