A 70 kilómetros de la ciudad de San Justo se encuentra Colonia Dolores, la primera comuna de la provincia de Santa Fe conducida por autoridades mocovíes. El trayecto sobre la ruta nacional 11 que va desde la ciudad capital del departamento San Justo hasta la localidad de Colonia Dolores se tiñe de diferentes tonalidades de naranjas.
Es verano y las altas temperaturas de la región obligan a reunirse antes del amanecer para llegar al lugar en donde se celebrarán los rituales mocovíes, con alguna sensación de frescura. Son las 6 de la mañana y Dora Salteño, la mujer medicina y referente de la comunidad mocoví de Colonia Dolores, recibe en su casa al equipo de AIRE. Con un tímido entusiasmo apura los tiempos para comenzar con el ritual del camino de sanación, una ceremonia ancestral que se transmite de una generación a otra.
El escenario del ritual es un antiguo camino rural a pocos metros del ingreso a Colonia Dolores, donde se ubicó la traza original de la ruta N°39. El paisaje rural está dominado por terrenos enormes, en algunos se observa la siembra de girasol, en otros la presencia de animales pastando. A medida que se avanza, el oído detecta la presencia de diferentes especies de aves. Viejos álamos se ubican a los costados del camino y en algunos momentos se puede observar cómo asoman las plantas de cola de caballo.
El trayecto hacia el punto de encuentro en el que se reunirán la mujer medicina y los participantes de la ceremonia se extiende por más de un kilómetro.
En una mano, Dora lleva su ramillete de plumas de águila, en la otra una vasija con una cuchara de agua (una cáscara de ostra) que más tarde cargará con las cenizas del último calishim.
Cada elemento cumple una función que tiene como fin ayudar a sanar a las personas que deseen vivenciar el ritual que se realiza en cada luna nueva. “Limpiamos el aura de la persona con la pluma de águila. En las manos, la cabeza y los pies se colocan las cenizas del fuego sagrado que después se limpian con las plumas”, relata Dora al explicar los pasos que ejecuta durante la ceremonia.
“Hay gente que está muy mal. A veces es el corazón el que duele y eso se sana. Otras es una enfermedad. Hay que hacerlo con fe y esperanza. Nosotros traemos a nuestros ancestros, que han sido sanadores en un tiempo de la medicina ancestral, a este espacio para que estén con nosotros”, detalla la sanadora, al mismo tiempo en que las charatas intensifican su canto. “Están felices”, observa Dora, que sentencia la oración con una sonrisa en su cara.
Llega el momento y Dora indica a cada uno de los presentes que se ubiquen en los puntos cardinales que representan los cuatro vientos. El ritual comienza con la persona que se posó en dirección al norte.
La sanadora toma su ramillete y recorre con él a todas las personas, desde la cabeza a los pies. Primero la cabeza, luego el hombro izquierdo, después el derecho y así hasta llegar a los pies.
La escena se contempla en silencio. Solo se escucha el barrido que realizan las plumas. Por momentos, el sonido es intenso y hasta duro. En otros, se vuelve ágil y liviano, como si el aura adquiriese un peso diferente. El canto de las charatas del monte y una suave brisa de verano acompañan la ceremonia que se ejecuta con el sol como testigo.
Con los ojos cerrados los integrantes del cuadrado perciben el trayecto que realiza Dora. Uno por uno, repite el procedimiento. La ceremonia continúa, Dora se agacha para tomar su vasija de barro en la que antes depositó las cenizas del último fuego sagrado o “calishim”, el fin de año que se celebra todos los 30 de agosto.
Las cenizas son colocadas en la frente, sobre los pies y en las manos de los participantes que las refriegan para contenerlas.
Una vez que finaliza la limpieza, los participantes del rito emprenden el trayecto que los separa de la casa del viento. El recorrido debe realizarse en absoluto silencio. Los pasos son acompañados por el sonido del viento y el constante canto de las charatas. “Todo lo que uno tiene está dentro. No importa el trayecto, mientras se haga con la fe y la confianza de cada uno. Yo no te voy a sanar, te vas a sanar vos, con un poco de ayuda de nuestros ancestros”, explica Dora a medida que se avanza en el pequeño trayecto que finaliza en menos de cinco minutos.
El saludo a los cuatro vientos: un ritual de agradecimiento al universo y a Qotaiolek
Al terminar el recorrido, el sol señala sin vergüenza dos viejos álamos: estos representan la morada del viento. No hace calor y la brisa acompaña la mañana de verano.
“Acá siempre estaba el viento –explica Dora–. A pesar de que no había viento pero se escuchaba el ruido arriba”, describe la sanadora en el punto en el que se realiza el saludo a los cuatro vientos, otra ceremonia mocoví que tiene como fin agradecer a Qotaiolek (Dios), todo lo que es vida.
Sin adornos y con escaso protocolo, Dora se prepara para realizar el saludo a los cuatro vientos, la ceremonia de agradecimiento que los mocovíes practican desde tiempos ancestrales para agradecer a Dios y al universo los recursos que los rodean.
Cada dirección tiene un significado diferente, pero no por eso menos importante. En esta parada, los participantes se alinean uno al lado del otro con los brazos extendidos y las manos mirando hacia arriba en dirección al norte.
“Nonot Rapiguim” representa al viento del norte que es el primer gesto con los brazos hacia arriba, como implorando al cielo. Es el saludo a los astros, se les hace saber que adoran su presencia, se agradece y bendice los beneficios que éste les otorga. Es un saludo al cielo, las estrellas, el sol, la luna y se agradece la lluvia y todo lo bueno que ello acarrea.
El resto de gestos se dan en “Nonot Lqodoigue” (viento del Este) y en “Nonot Labarrim” (viento del oeste).
Los brazos extendidos representan un abrazo a toda la naturaleza con el cual se agradece todo lo que ella nos provee. Es también un saludo a los vientos del este y el oeste que forman parte del saludo de los cuatro vientos.
En la comunidad, el este simboliza el nacimiento del ser humano y de todo lo que se posa sobre la tierra. Mientras que el oeste representa el ocaso del ser, cuando nos vamos de este mundo. “No nos vamos nosotros, sino que se va la cáscara que nos contiene.El cuerpo queda, pero el espíritu vuelve. Si el espíritu cumplió su misión en la tierra, se va junto a Qotaiolek; si no lo hizo, vuelve al plano terrenal en Calishim hasta encontrar su sabiduría y todo lo que tiene ser para estar junto a Qotaiolek”, explica Dora.
El “Nonot Raguini” que es el viento del sur, tiene un significado de reverencia hacia la madre tierra y al agua que está sobre o debajo de ella y a la vida que existe en ellas. “Es el viento de la meditación, el que nos lleva a estar más cerca uno del otro, de saber a qué viene. El frío nos hace estar más juntos alrededor del fuego para buscar el calor y ayuda a meditar”, detalla la mujer sanadora.
En todo momento el ritual se desarrolla con los brazos extendidos y las manos mirando hacia la dirección que indica Dora.
“Agradecemos a Qotaiolek este lugar, este tiempo y espacio que nos da para estar juntos. Agradecerle a Qotaiolek por ustedes, porque están aquí junto a nosotros en este lugar. Agradecerle por todo lo que nos da, por el espíritu que nos vuelve a él. Que nuestra mirada esté siempre hacia él, hacia lo bueno, hacia la luz. Que nos acompañe a todos en todo lugar. Por eso agradecemos en este momento. Ñiatic, niatick, niatick (gracias). Agradecemos a Qotaioleck que nos trajo a este tiempo y lugar. Que sepamos cada uno cuál es nuestra misión, que la descubramos y vivamos acá para estar junto a él cuando lo decida”.
Con esas palabras de agradecimiento y respeto, Dora finaliza la ceremonia del saludo a los cuatro vientos.
El monte sagrado: la Konase y Beraik, los guardianes de un lugar sin tiempo
La cultura mocoví está rodeada de figuras ancestrales que tienen como función proteger los recursos que brinda la tierra. Entre estas se destacan la konase y el beraik.
El camino de la sanación lleva inevitablemente al monte virgen, un espacio ancestral cargado de energía sagrada al cual para ingresar se tiene que pedir permiso a la konase, la guardiana del espacio. El monte es definido por Dora como un lugar sin tiempo, en donde aquellos que lo necesitan ingresan para llevarse desde frutas hasta cazar animales.
Para ingresar se tiene que pedir permiso a la tierra, a todo lo que la rodea y a la konase.
Esta guardiana está representada como una anciana de estatura baja, que protege toda la vida que existe en los montes. "Es a ella a quien nuestros antepasados le pedían permiso para entrar en los montes y obtener sus alimentos, tanto para la caza de animales como para la recolección de frutos", relata Dora a medida que avanza en el recorrido del campo.
Para pedir permiso se observa la vegetación que predomina en el lugar. "El árbol que predomina es el que tiene el poder del lugar. A este se le pide permiso", explica la guía.
En la puerta de entrada al monte se observan una gran cantidad de plantas de poleo. Con estas, los visitantes arman coronas o pulseras que los acompañarán durante el recorrido que lleva al punto más importante del predio y a lo largo de su estadía.
"Con esto se pide permiso para sacar lo que se necesita y para que la planta no sufra dolor", agrega Dora al mismo tiempo que ayuda a armar las pulseras.
La corona es un recordatorio de cómo se tienen que comportar los extraños que acuden al monte, en donde un ser espiritual observa a todo momento. Antes de entrar y con la corona en la mano, los visitantes tienen que pedir autorización a la tierra y comprometerse a tomar solo lo que necesiten para subsistir. "El trato era que nunca debían llevar más de lo que necesitaban; si no lo cumplían, algo malo sucedía", aclara.
"La konase existe, está en el monte y nos cuida. A la vez, debemos cuidar también lo que tenemos prestado, porque todo es para nosotros prestado", explica la mujer al mismo tiempo que, tras un importante trecho recorrido, señala el "punto energético" más relevante del monte. Rodeado de naranjos y un ombú seco, es ahí en donde los participantes se disponen en una ronda para compartir los alimentos y las bebidas que cargan. Compartir es tomado como un ritual de agradecimiento hacia la tierra y el universo, en el cual los alimentos pasan de mano a mano, al igual que el mate y las bebidas.
Una vez que los extraños deciden marcharse, tienen que colocar la corona en el árbol que señala la entrada al monte.
El paisaje se completa con la presencia de una vertiente de agua que la comunidad disfrutó tiempos atrás, ya sea para pescar o como espacio de encuentro. Su caudal no disminuyó pero luce contaminado. A pesar de esto, a lo lejos se observa cómo los peces saltan y nadan.
El recurso natural está protegido por la figura de Beraik, el protector de la vida en el agua, está representado como un hombre de estatura baja, de color negro, el pelo muy rizado (mota) que vive en el agua.
Beraik es a quien los antepasados le pedían permiso para pescar o cazar.
Al igual que sucede con la konase , se debe pedir autorización a Beraik para llevar el alimento a su familia. “A veces cuentan que Beraik estaba enojado, la señal era cuando veían remolinos en el agua y ésta se levantaba hacia arriba por lo que no pescaban ni cazaban y se volvían a la casa”, recuerda Dora sobre las leyendas que rodean la vida en el monte.
Para salir del lugar es necesario pedir permiso a la figura, el saludo está rodeado de magia, ya que el visitante tiene que descender al agua y empaparse la cabeza al mismo tiempo que sostiene una actitud de rezo.
La experiencia finaliza en el camino. A pesar de que el sol marca la cercanía con el mediodía, el viento aliviana el camino de vuelta hacia el pueblo en el que las tradiciones ancestrales se mantienen tan vivas como hace 150 años.
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