Por Valentina Fassi
Ana Lifschitz y Carlos Rial, con su hija -que tenía dos años- se habían ido de Santa Fe a vivir a Buenos Aires en enero de 1994. Él consiguió al mes trabajo en el Hospital de Clínicas, a donde la pequeña Shirly era atendida por sordera. El 18 de julio de ese año el hombre había llegado temprano a su trabajo en avenida Córdoba y calle Pasteur, pero Ana y su hija tenían que asistir a un turno médico en el lugar a las 10 de la mañana. El despertador sonó pero ella lo apagó y abrió los ojos un rato antes de las 9.50. Tres minutos después, cuando estaba frente al placard buscando ropa para cambiarse apurada y salir, escuchó una fuerte explosión desde el departamento de Villa Urquiza donde vivían. A más de 10 kilómetros, en el barrio de Once y a una cuadra y media de su destino, había explotado un coche bomba en el edificio de la Asociación de Mutuales Israelitas Argentinas (AMIA), frente al cual tendría que haber estado caminando para llegar al turno.
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“Ese día me quedé dormida, sino hubiéramos estado pasando por la puerta de Amia al momento del atentado“, recordó con la voz entrecortada Ana Lifschitz a 25 años de aquel día en el que los argentinos sufrieron el mayor ataque terrorista de la historia, donde murieron 85 personas y hubo más de 300 heridos. Si hubiera salido temprano con su hija, se habría bajado como siempre, minutos antes de la hora del turno, en la parada del Subte B de Avenida Corrientes y Pasteur para caminar por esta calle donde al 633 estaba el edificio israelita hasta avenida Córdoba donde está el Hospital.
“No teníamos que salir”, cree la mujer que pertenece a la comunidad judía y que todos los 18 de julio se suma a los actos en memoria del atroz atentado. Hoy lo hace desde Santa Fe, a donde regresaron con su familia luego de 12 años para radicarse en barrio Roma.
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Después de la explosión de ese día prendió la televisión y vio las noticias. No sabía nada de su marido, que estaba a tan solo metros de la Amia. Pero una casualidad, le trajo tranquilidad. “Estaba desesperada porque no sabía si estaba en la calle, si estaba en el Hospital; pero justo estaba mirando la tele y lo vi pasar por detrás del periodista que estaba en el lugar”, contó. Ese día Carlos recién logró comunicarse por la tarde para saber de su mujer y su hija, pero esa noche no volvió y se quedó ayudando a la gente que seguía saliendo entre los escombros. Angustia, desesperación, dolor y reclamo de justicia, son las sensaciones que les reaviva el recuerdo.
Ana agradece a “la vida” poder hoy disfrutar de su hija mayor que ya tiene 22 años y la está por hacer abuela, como de sus hijos menores Adriel (21) y Gianni (13). Para ella, “fue como volver a nacer”.
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