Comenzó con un vuelo de 46 horas de ida y casi 50 de vuelta. Salió de Buenos Aires y tenía escalas en San Pablo, Adís Abeba -capital de Etiopía- y Singapur hasta llegar a Bali para contar las historias de los tukanes: una comunidad de orfebres que trabajan a mano la plata para hacer anillos, collares y pulseras.
La idea era conocer una de esas aventuras que van contra la corriente. El sueño de un médico rosarino que en el mismo momento en que se acelera la reproducción mecánica del arte apuesta a conservar y convertir en un proyecto económicamente viable técnicas que se refinaron durante siglos en las filigranas con plata y oro de las estatuas de madera y las artesanías que decoran los templos que brotan a los largo y a lo ancho de esta hermosa isla del Océano Índico.
Es un intento por construir un puente entre el arte étnico de Bali y el mercado que puede pagar y valorar las joyas que se hacen a mano. El puente es necesario para que esta comunidad no dependa sólo de los flujos del turismo, ahora congelados por el coronavirus y antes por los atentados terroristas de 2002 y 2005 que destrozaron la economía de la isla.
El taller en el que trabajan los tukanes está en Celuk, a Silver Village -un pueblo de artesanos plateros- que está 30 kilómetros al norte de Kuta, una de las playas más famosas del mundo para aprender a surfear. La construcción es un joglo, uno de esos típicos pabellones de madera que tienen el techo tallado y abierto al calor, a los insectos de la selva y a las almas del cementerio que está al lado. Durante la noche, es un lugar pacífico y solitario porque los balineses temen dormir al lado de sus muertos.
Las oficinas y las habitaciones -minimalistas- están separadas por paredes de vidrio y las dos camas cubiertas con telas -como las del palacio de Versalles- para evitar despertarse con la caca de los geckos, unas lagartijas que miden unos 30 centímetros y se pasan la noche recorriendo los techos para devorar insectos. También hay que tener cuidado con las serpientes, hace unos días tuvieron que correr de una de las piezas a una krait azul, que tiene un veneno 16 veces más potente que una cobra. Cuando sale el sol, se ve la selva y esas verdes terrazas de arroz que suelen estar en las fotos cuando se googlea Bali, junto a los templos, los volcanes y las playas.
La primera persona que llega al taller es Ni Made Ayu Tresnawati -para todos Ayu-, la mujer que mantiene este rincón del mundo limpio, ordenado y en armonía con el panteón de deidades del hinduismo balinés. Como en todo hogar de Bali hace ofrendas diarias a Sanghyang Widi Wasa, Shiva, Brahma y Vishnu, entre otros dioses.
A las ocho llegan los tukanes y hay que recorrer cada una de sus historias para comprender que detrás de cada anillo y collar está la lucha por aprender un oficio, encontrar un trabajo estable y un futuro para sus familias. También preservar una identidad y una cultura.
El orfebre que ama los cometas
El más experimentado de los tukanes es I Ketut Dedi Sagita. Su apodo es Lenjú, tiene 49 años y creció en un complejo familiar de artesanos. Son residencias comunitarias con pequeñas casas individuales y en las que se comparte el patio, el templo y los escritorios para hacer anillos y collares. De su padre granjero, que trabajaba en los arrozales, aprendió dos cosas que le encantan. Los secretos para pescar en los ríos de la isla y una depurada técnica para hacer cometas, que ya les enseñó a sus dos hijos.
El oficio de tukán lo aprendió de sus tíos y primos. Su primer anillo de plata lo hizo a los diez años y no lo vendió. Se lo colocó en uno de sus dedos para que lo vean sus compañeros del colegio. El plan funcionó. Comenzaron a encargarle anillos y empezó a practicar el oficio de “tukán”. Con las rupias que ganaba, compraba comida en los recreos.
Cuando terminó la escuela secundaria decidió continuar y nunca hizo otra cosa. Trabajó como freelance desde su casa pero siempre lo desgastó el inevitable regateo para vender cada joya y sobre todo la incertidumbre. El atentado terrorista de 2002 en Kuta, el más grave en la historia de Bali, derrumbó el turismo y la demanda de joyas cayó en picada. Fue uno de los momentos más duros y quedó grabado en los recuerdos de cada tukán.
Desde hace siete años, Lenju trabaja como orfebre en el taller de Ethnopur en Celuk, los balineses dirían en la zona que corresponde al Banjar Cemenggaon. Lo que más valora es contar con un ingreso fijo, que es lo que le permite pagar el préstamo para construir su nueva casa, junto al templo familiar. Se va a mudar cuando sus hijos crezcan para dejarles la vivienda en la que hoy están todos juntos.
El pintor de los moldes de cera
Dewa Putu Dewantara, otro de los artesanos, creció en Ubud a 14 kilómetros de Celuk. Su familia vendía pequeños cuadros en los que retrataban las terrazas de arroz, los paisajes y los hermosos pájaros de Bali. Creció soñando ser pintor y cuando dejaba el pincel se escapaba con sus amigos para atrapar las anguilas que se camuflan entre el barro y el agua de los arrozales. Las cocinaban en la cena.
Le gustaba ver a los tukanes trabajar y cuando volvía a casa practicaba para aprender el oficio.
A diferencia de muchos tukanes, que empezaron a trabajar apenas terminaron la secundaria -o antes-, Dewa siguió estudiando. Hizo una licenciatura en Arte porque pensó que iba a ser pintor. Lo intentó pero era difícil vender los cuadros. En el 2002 su vida cambió por dos razones: se casó con Ida Ayu Pusparini, con quien tiene tres hijas adolescentes, y no podía conseguir trabajo porque nadie quería viajar a Bali después de los atentados terroristas que habían matado más de 200 personas (la mayoría turistas).
En esos meses, su mujer quedó embarazada y ya no podía trabajar en el control de calidad de un taller de joyas en Singapadu. Le pidieron a Dewa que la reemplace y allí comenzó a aprender sobre joyas. Le gustaba ver a los tukanes trabajar y cuando volvía a casa practicaba para aprender el oficio.
Más adelante se animó a pedir trabajo como tukán en otro taller. Lo aceptaron pero debió aprender de cero una nueva función: hacer los modelos de cera para darle forma a las piezas de los collares y pendientes. Fue una etapa difícil, de la que destaca la paciencia de sus compañeros para enseñarle. Cuando aprendió, lo despidieron porque otra vez se habían cortado los pedidos.
Lo que siguió fue difícil. Dewa comenzó a aceptar encargos como tukán freelance y con esos pedidos -siempre oscilantes- consiguió las rupias para sostener a su familia. Pero fue su habilidad para hacer modelos de cera la que lo llevó al taller de Ethnopur hace seis años. Ahora, trabaja ocho horas de lunes a viernes y los fines de semana lo que más disfruta es ir a las playas cercanas a Dempasar -la capital de Bali- con su esposa y sus tres hijas.
El especialista en el arte de engarzar piedras
Ahmad Ekvan, en el taller y en la vida todos le dicen Ifam, parecía destinado a ser sastre. Su familia cosía y arreglaba ropa en Lumanjan, el pueblo de la isla de Java en el que nació en 1986, pero nunca le dejaron tocar una aguja y un hilo. Su padre no se lo permitió y no le dijo porqué.
Cuando estaba en la escuela secundaria, a los 14 años, un vecino le enseñó a hacer brazaletes y cadenas de plata, la especialidad de esta región oriental de Java, que está separada de Bali por un estrecho de apenas dos kilómetros. Ifam, como muchos adolescentes indonesios, necesitaba trabajar y dejó el colegio. Durante cuatro años aprendió de los orfebres de Lumanjan pero sabía que en Bali estaban los artistas más reconocidos y quería ganar experiencia.
Eligió este camino, otra vez, sin el permiso de sus padres. Llegó a Celuk en el 2004 y trabajó en el taller de un negocio de joyas y arte. A pesar de conocer muy poca gente, consiguió ese trabajo en una semana. Fueron años complicados porque no tenía moto -un medio de transporte esencial para los balineses- pero aprendió todo lo que pudo de anillos, pendientes y collares.
En el 2008 asumió un nuevo riesgo: se mudó a Yakarta, la capital de Indonesia, para especializarse en colocar diamantes y otras piedras en las joyas. Es un trabajo delicado y de alta precisión. La apuesta rindió. Además de pulir su propio oficio en un fábrica de joyería conoció a su mujer y la madre de sus dos hijos (uno tiene 11 años y el otro tres).
Siempre silencioso y enfocado, con el sueldo de estos últimos años paga el alquiler de una pieza en una vivienda colectiva -tipo conventillo, al estilo balinés- cercana al taller.
En el 2012, luego de pasar unos seis meses en Lemanjan, decidió volver a Celuk con su mujer y su hijo. Ahora es el hombre de las piedras en el taller, el que tiene que engarzar diamantes, zafiros y esmeraldas en los delicados anillos, collares y pendientes que hacen sus compañeros.
Siempre silencioso y enfocado, con el sueldo de estos últimos años paga el alquiler de una pieza en una vivienda colectiva -tipo conventillo, al estilo balinés- cercana al taller y compró un terreno en Java en la localidad en la que vive la abuela de su mujer. Allí planea, en los próximos años, construir su propia casa.
El hombre de los cierres
Cuando tenía 9 años, Isnaini Hisyam comenzó a destacarse por los trazos de su pincel en una escuela de Gresik, una pequeño pueblo cercanó a la ciudad de Surabaya, en la parte oriental de la isla de Java. Pintaba los verdes paisajes de Java. Los árboles, los animales, los volcanes y el mar.
Participó de competencias escolares, en representación de toda su región, pero lo más probable era que terminara trabajando en la fábrica de pescado de su pueblo, como su abuelo, o en la construcción como su padre. Lo intentó y no pudo. También buscó trabajo en una fábrica de papel, aprendió a arreglar motos y hasta se las rebuscó como decorador de fiestas. Eran caminos sin un horizonte claro.
Cuando tenía 19 años, lo invitaron a trabajar en Dempasar. Hace 20 años, en Legian, un turista le encargó su primer collar. Probablemente, un rosario porque era cristiano y lo quería usar para rezar. Para Hisyam, musulmán como Ifam y la gran mayoría de la población de Java (en Bali, en cambio, practican el hinduismo balinés), fue muy especial por las piedras que utilizó.
En 2002, el atentado terrorista en Kuta lo dejó sin trabajo como a casi todos y volvió a Gresik para juntar algunas rupias como mecánico de motos. Se quedó solo un año y volvió a Celuk para trabajar como tukán. En los diez años siguientes, el trabajo fluctuó con las idas y vueltas de las mareas de turistas. Hisyam los aprovechó para afinar una habilidad muy importante: aprendió a hacer los cierres de los brazaletes y collares a mano, un punto de terminación que es esencial en la calidad de una joya.
Es lo que hace desde hace seis años como tukán del staff del taller. Como sus compañeros, el hombre de los cierres valora el ingreso fijo para pagar el alquiler de una pequeña habitación -con cocina- en la que vive con su esposa y sus dos hijos en una vivienda comunal de Celuk. Sueña con construir su propia casa, pero sabe que en Bali los terrenos son caros y no sabe si lo va a poder pagar.
La visión de Sepupú
En el taller también trabajan Darta, otro escultor de moldes de cera, Kedi -el sobrino de Lenjú- y Kadek Budiana, el gerente de producción y el que logró sacar la krait azul hacia la selva con un larguísimo caño de aluminio. Kadek es el que mejor habla inglés porque fue guía turístico durante 13 años. “Hagas lo que hagas, nunca abandones la tradición de hacer joyas”, le decían a Kadek sus padres y terminó cumpliendo el mandato familiar.
Hay otro protagonista más: Sepupú, que no quiere estar en primer plano y tampoco salir con nombre y apellido. “Los protagonistas son los tukanes”, insistió una y otra vez en largas caminatas existenciales a la orilla del océano Índico. Sus padres nacieron en San Jerónimo Norte, creció en una clínica del barrio Arroyito en Rosario -planeando viajes con los mapas que publicaba la revista National Geographic- y se recibió de médico en la Universidad Nacional de Rosario. Construyó este proyecto en los últimos ochos años, con las coronas que ahorra como médico en Suecia. Está haciendo lo mismo con Kishan, el "cincuentón Silverwala" en Jaipur -norte de la India- que hace la estructura de los brazaletes de Rajastán y con los orfebres tuareg del Sahara en Niamey, la capital de Níger en el norte de África.
El proyecto, que ya abrió tiendas en Marbella, Madrid, Oslo y está intentando cerrar un acuerdo para ingresar a Italia, ahora tiene por delante el desafío de sobrevivir al coronavirus, como toda pyme. Los tukanes están haciendo home office y en España las tiendas tuvieron que cerrar por la cuarentena. Pero cuando afloje la pandemia, lo interesante es que este tipo de aventuras encuentren un camino viable en esta encrucijada que es la globalización.
Es un sendero que comienza en el interés por entender cuál es la historia y la cultura que hay detrás de cada una de las formas y los trazos de un anillo o un brazalete. La tradición que los hace posibles. Y los rostros de los orfebres que los hacen.


















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