El 81% de los niños menores de dos años tiene ya perfil o huella digital en redes sociales e Internet y casi un cuarto (el 23%) inicia su vida online con una ecografía prenatal. No porque ellos publiquen las imágenes, por supuesto, sino que son sus padres quienes se encargan de ello. El dato procede de un estudio de la compañía de seguridad en Internet AVG realizado en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia, España, Australia, Nueva Zelanda y Japón. Y es nada menos que de 2010.
Desde entonces, ha llovido aún más: en 2016, una encuesta de Nominet en Reino Unido mostró que al cumplir cinco años, los niños contaban ya con una herencia digital de casi 1.500 fotografías, legadas por cortesía de sus padres en redes sociales y blogs.
Las redes: un canal de difusión ilimitado
Compartir fotos de los hijos e hijas no es un fenómeno reciente. Lo que sucede es que ahora se distribuyen muchas, muchísimas más fotos, fuera de los círculos restringidos y acotados, con un público ilimitado y sin ejercer ningún control sobre su rastro digital: Internet y las redes sociales ejercen de canal de difusión ilimitado. Entre esas redes sociales se incluye, por supuesto, WhatsApp.
La mayoría de las veces, detrás de esta práctica no hay más pretensión que compartir con la familia y los amigos buenos momentos: en vacaciones aumenta exponencialmente la tendencia. Otras, el motor es el orgullo de padre/madre hacia el vástago o simplemente el afán por mostrar situaciones divertidas, o por un amor paterno-filial irrefrenable. A veces no es más que un comentario publicado en Facebook sobre algo que ha dicho o hecho, en otras ocasiones se suceden una anécdota tras otra.
Por qué, para qué y para quién
Y así, poco a poco y de forma muchas veces involuntaria, los progenitores van creando sin querer, sin darse cuenta, la huella digital de los hijos desde la más tierna infancia, antes de que puedan decidir nada sobre ella, mucho antes siquiera de aprender cómo gestionarla, o de que se abran un correo electrónico. Una huella que aumenta a pasos de gigante, a medida que transcurre el tiempo, y que les acompañará hasta la adolescencia y la entrada en la edad adulta. De forma inconsciente, los padres pasan de ejercer de guardianes de la información personal de sus hijos, a narradores públicos de sus vidas.
Se abre por tanto una necesaria reflexión sobre por qué, para qué y para quién se comparten fotos y videos de los hijos. Para educarles en un uso responsable de las redes sociales, primero es importante ser adultos responsables.
Consideraciones éticas aparte, las cuestiones jurídicas han comenzado a adquirir relevancia. Aunque los casos se cuentan con los dedos de las manos, algunos jóvenes han empezado a tomar cartas en el asunto... y los tribunales, a intervenir por iniciativa propia.
La advertencia de los expertos
Expertos en ciberseguridad también advierten de riesgos aún más preocupantes. Ha habido reportes de fotos de menores encontradas en sitios de pedófilos y pederastas de la deep web que originalmente habían sido compartidas de forma inocente por familiares de los niños. Está claro que son casos extremos, pero es importante entender cuáles son los riesgos y qué es lo que puede sucederle a una foto.
Asimismo, si hay demasiada información de los menores disponible, los delincuentes pueden ahondar en esos datos e intentar realizar secuestros o extorsiones. Por ejemplo, si se publica la qué escuela va el niño eso puede bastar para ser el anzuelo que un delincuente necesita para hacer daño a una familia.
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