martes 24 de noviembre de 2020
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Por qué faltan estudiantes trans en las universidades de Santa Fe y cómo la pandemia les quitó visibilidad

En 2019, tan solo el 5% de las personas trans accedía a educación terciaria o universitaria según una encuesta provincial en Santa Fe. ¿Y ahora? Sin siquiera poder tener garantizado el secundario, la necesidad más inmediata sigue siendo llenar el plato e intentar superar la esperanza de vida de 35 años. Cuatro testimonios sobre cómo estudiantes trans habitan la academia en tiempos de coronavirus.

Dionisio Germanis se bajó del colectivo que lo traía de San Justo, allá por 2018. No conocía la ciudad, no sabía las líneas de colectivos, no tenía idea dónde quedaba la universidad. Tan solo contaba con el dinero justo para entrar por la puerta principal de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la UNL y preguntar cómo inscribirse en Abogacía. Había terminado la escuela como pudo mientras trabajaba y en su familia nunca le habían contado que la universidad era pública.

Para muchas personas trans como Dino, acceder a la educación superior pareciera no ser un derecho garantizado. En los primeros seis meses del 2020, hubo en Argentina 69 crímenes de odio de acuerdo a la orientación sexual, la identidad y/o la expresión de género (datos del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT+). En un país donde la transfobia persigue no solo dentro de los núcleos familiares sino también en ambientes escolares, muchas personas quedan excluidas y se ven expuestas a ganarse la vida como pueden desde temprana edad y desde los márgenes. Les matan, acosan y excluyen de posibilidades educativas y laborales. Y con el coronavirus, sus condiciones económicas empeoran (aún más en quienes ejercen el trabajo sexual).

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Dionisio Germanis y Alejandra Ironici

Dionisio Germanis y Alejandra Ironici

Es un círculo: si no cuentan con el apoyo necesario (ya sea emocional y financiero), no es posible que terminen sus estudios iniciales. Incluso si llegan al nivel secundario, falta mucho para que las escuelas y quienes las habitan les reciban con los brazos abiertos. En la provincia de Santa Fe, solo el 46% de la población trans logró terminar la secundaria según la primera Encuesta de Vulnerabilidad de la Población Trans de Santa Fe en 2019. Todo esto se traduce más tarde en complicaciones al buscar empleo formal, en donde no solo se les argumenta la ausencia de estos estudios sino también donde aparecen nuevamente los fantasmas de la discriminación por sus identidades de género. Y si no acceden al empleo formal, el derecho a una vivienda digna y la garantía de tener un plato caliente todas las noches hacen agua por todos lados.

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En la ciudad de Santa Fe, las personas trans que estudian en la universidad se pueden contar con los dedos de la mano. El ejercicio es fácil: mirar alrededor en las aulas y buscarlas. “Ahora con la pandemia es peor: es comer o estudiar, no te queda otra. Es por eso que muchas compañeras trans tienen que prostituirse. Si ya es muy difícil conseguir un trabajo, imagínate estudiar”, explica Dionisio.

La dificultad de hacer el secundario a los 35 y la universidad a los 46

De adolescente, a Fabiana González se le había metido en la cabeza que quería ser paleontóloga. No sabe muy bien de dónde lo sacó o cómo accedió a la información, porque en esa época no podía simplemente googlearlo. No había ni computadora ni internet. “Además, éramos gente pobre y mi mamá me decía que no me podía pagar esa carrera. Yo seguí igual con la fantasía pero para eso necesitaba hacer la secundaria y ya tenía 16 años”, recuerda.

Se pasó toda la primaria defendiéndose de las persecuciones e intentó inscribirse al secundario muchas veces. En una de esas ocasiones, la directora de una de las escuelas le dijo que si ella no cambiaba no iba a poder ingresar porque “no iba a estar cuidándola de que sus compañeros la maltraten”. Recién a los 35 años pudo finalmente completar el secundario en Buenos Aires.

Fabiana González terminó yéndose del país por unos años, escapándose como tantas otras de los Códigos Contravencionales de Faltas que criminalizaban el travestismo y la transexualidad. Estaban hartas de ser detenidas. “Éramos nosotras, las pobres, las villeras, las que mataban a palos, las que perseguían y las que iban a buscar a sus casas. Y a las que el juez les daba 30 días a cumplir arresto en la comisaría”, agrega. ¿Los argumentos de las detenciones? "Falta de control y Peligro moral". Ese era el título de la causa si la policía las agarraba “siendo gay o trans”.

Fabiana ya había hecho el cambio registral cuando ingresó en la carrera de Trabajo Social en la Universidad Nacional del Litoral en 2016, gracias a la Ley 26.743 de Identidad de Género del año 2012, que reconoce -entre otros- el derecho a asentar en el documento de identidad el nombre correspondiente a la identidad autopercibida. "Cuando no tenía el cambio registral estaba aislada de todo lo que tenga que ver con la vida social y estatal. Por ejemplo, a veces me generaba un gran problema cuando tenía que ir al hospital o pagar unos impuestos con un DNI que no era acorde a mi identidad. Cuando me volví a Argentina a vivir, entré en una ansiedad de querer hacer todo eso que podría haber hecho anteriormente y que nos privaron”, argumenta.

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“Pero por el hecho de haber tenido una educación tan pausada, no me permitía tener el ritmo de los demás estudiantes. A mí, por ejemplo, una interpretación de texto me puede llevar una semana. Y si vos tenés que hacer un trabajo práctico, tenés una fecha para presentarlo. Siempre me pasaba que no entendía los textos. Y en la universidad no hay más que algunas clases de lectura e interpretación: para una persona en mi condición de educación creo que se necesitaría un taller de esos todos los días, para poder tener un ritmo como el que se demanda”, reflexiona Fabiana.

Una de las cosas que descubrió dentro de las aulas fue que “las personas en general (tanto profesores como alumnos y alumnas) no saben que en esta provincia existió un Código de Faltas que persiguió en democracia a la comunidad trans y nos encarceló. Muchas veces no se preguntan por qué hay una sola persona trans de 50 años que está sentada ahí siendo su compañera y alumna, o por qué no hay más personas trans jóvenes”.

"Las personas en general (tanto profesores como alumnos y alumnas) no saben que en esta provincia existió un Código de Faltas que persiguió en democracia a la comunidad trans y nos encarceló"

Fabiana terminó cambiándose de carrera, a Ambientación y decoración de interiores en el Instituto 12. Pero la virtualidad obligatoria que impuso la crisis sanitaria del coronavirus hizo que fuera muy difícil sostener la cursada: “Tuve que aprender a usar plataformas como Meet y Zoom. Pero por más que te ponían los videos y explicaciones, me pasaba todo el día haciendo un trabajo práctico que después, cuando mi marido me ayudaba, resultaba que estaba todo mal hecho y yo ya lo había mandado. En cambio cuando era presencial se me hacía más fácil entenderle a los profesores”.

En esas condiciones y sumado a ser la responsable de las tareas de cuidado de su madre, debió dejar ambas carreras. “Con esta edad, recibirme para qué. ¿Para decir que una persona trans obtuvo su título a los 60 años? Ni loca. Si ya en mis 50 años no conocí lo que es un empleo formal”, concluye. A pesar de los sueños rotos, Fabiana considera que es privilegiada por haber traspasado la esperanza de vida de las personas trans.

Lo que se pierde en la virtualidad: la visibilidad trans en el aula

El primer intento de Alejandra Ironici para ingresar a la universidad fue en 1998, a la carrera de Contadora Pública Nacional. “Yo en ese momento usaba los famosos pantalones chupines, los borcegos, camisa entallada y los ojos delineados. Para ese momento, para esa sociedad santafesina y para esa universidad yo era una persona andrógina. La carrera era muy machista y no se veían tantas mujeres, ni siquiera los centros de estudiantes interactuaban conmigo”, rememora.

Alejandra dejó sus estudios y, en el 2011, se le presentó la oportunidad de inscribirse en Abogacía, como lo haría más tarde Dionisio Germanis. “Yo quería estudiar eso porque estaba peleando por mi identidad. Para poder defender en el Poder Judicial el tema de mi documento, yo tuve que contratar a un abogado particular. Veía que hacían mucha falta personas que pudieran interpretar las leyes desde la militancia travesti trans. Yo todavía no tenía trabajo fijo ni ingresos económicos, vivía rodando de un lado para otro. Y todas esas maneras de vivir hacinada en distintos barrios de Santa Fe hacían de mi inestabilidad dentro del sistema académico”, relata Alejandra.

“A mí nadie me enseñó cómo me tenía que inscribir en el SIU Guaraní, cómo tenía que manejar el entorno virtual. Si a mí, que tengo determinadas herramientas educativas se me hace difícil, ni me imagino para una persona que recién ingresa. Yo tengo 48 años y me cuesta retener la información: para hacerlo tengo que leerlo hasta seis veces y, a lo mejor, otro adolescente con una sola lectura ya le queda. La pandemia agravó nuestra permanencia en las carreras: yo en lo presencial genero un vínculo con los profesores porque me ven ahí sentada. No es lo mismo que me vean a través de una pantalla junto con otras 60 caras a que el profesor me mire en el aula y diga hay una chica trans en la clase, agrega.

"La falta de posibilidades laborales no nos permite ahorrar para estudiar"

El covid-19 empeoró la crisis económica: Alejandra explica que “si una compañera no tiene los recursos para pagar internet en su casa, cómo va a hacer para estar conectada todo el tiempo. La Academia no es 100% gratuidad. La falta de posibilidades laborales no nos permite ahorrar para estudiar”. Eso fue lo que le sucedió a Shendell Spingola, que al igual que Fabiana González se había inscrito en Trabajo Social: “En el medio tuve un desalojo y estuve meses sin cobrar, sufriendo mucha desidia. Percibía una beca en la universidad para estudiar, pero luego me la quitaron porque decían que yo ya tenía empleo cuando en verdad cobraba una miseria. No pude seguir estudiando”, cuenta Shendell.

La Academia las ha puesto históricamente en el lugar de objetas de estudio, analizándolas y estudiándolas para las tesis. Pero es necesario que ocupen las aulas como sujetas activas del conocimiento. Y aún más: como trabajadoras, tal como lo propone el proyecto que ya se está debatiendo dentro del ámbito de la UNL sobre el cupo laboral travesti trans dentro de esa universidad.

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Con hambre no se puede pensar

La pandemia empeoró mucho más la situación del colectivo trans, sobre todo en la ciudad de Santa Fe. Si bien la Nación ha largado programas -como el Potenciar o incluso el IFE- no es la solución de trasfondo porque lo que necesitamos es trabajo. La hemos pasado mal, por eso se han creado las famosas ollas populares travesti trans, en el caso nuestro tres veces a la semana. Todas las personas del colectivo que medianamente tenemos un ingreso o algo por el estilo hemos puesto de nuestro bolsillo para poder sostener esas ollas”, resume Alejandra.

Como decía la activista travesti Lohana Berkins, fallecida en 2016: “Cuando una travesti entra a la Universidad Pública, le cambia la vida a esa travesti. Cuando muchas travestis entren a la Universidad, le cambiará la vida a la sociedad”. No quieren dejar pasar el tiempo. Porque el tiempo, para ellas, es vida.

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