De Malvinas no podían traer mucho, pero cada uno de ellos rescató algo, aunque sea un mínimo recuerdo para asegurarse de que realmente habían vivido esa guerra y habían regresado a casa. Muchos de los veteranos de la guerra de Malvinas, cada 2 de abril, desempolvan esos objetos de la memoria. Algunos se atreven a mirarlos también el resto del año, pero todos saben que están ahí porque son la marca de su presencia y su regreso de la guerra.
Para la entrevista con AIRE, Raul Galicio recolectó varios de esos elementos. El primero que muestra, es la Biblia que llevó a la guerra. Cuenta que aunque cada 2 de abril la baja del estante, nunca la leyó después de la guerra. Durante, sí. "Teníamos mucho tiempo libre porque ellos -los ingleses- tardaron casi un mes en llegar", recuerda. Raúl se desempeñó como apuntador de mortero en la sección de apoyo del Regimiento 12 de Infantería. Asegura que para no quedarse quietos, cambiaban de posición cada 24 horas, pero que "había tiempo suficiente para leer".
También guarda el número de prisionero que le dio el ejercito británico cuando lo detuvo el 14 de junio de 1982. En un papel amarillento, dice su nombre y su número de prisionero.
Otro objeto preciado, es su gorra. “Esto me acompañó toda la guerra. Es lo que más nos salvaba, por el frío. No teníamos más que esto y una campera”, cuenta mientras sostiene su gorra verde. Luego toma otra parecida. "Este era de un compañero, Ceballitos", rememora. Cuando ambos soldados se vinieron de baja, se intercambiaron los sombreros. Antes de la pregunta de si todavía tenía relación con su camarada, viene la respuesta: "Él falleció unos años después de la guerra".
Juan Sarome eligió una fotografía. No es de él de ningún conocido suyo. "En esta foto, hay dos balsas, en una de ellas hay tres marineros y están rescatando a los que se quedaron en la otra", describe. "La traje porque muestra que algunos tuvimos suerte de ser rescatados, de sobrevivir, porque para hacerlo tenías que estar tocado con una varita mágica", reflexiona.
Da la sensación de que esa reflexión abarca también parte de lo que aprendió de la guerra. Tanto él como Raúl, sostienen que combatir en Malvinas les dio madurez. "Me hubiese gustado vivir de otra forma mi juventud", dice Sarome, que fue a Malvinas con solo 18 años.
Arturo Cabronero tiene muchos objetos para recordar su paso por la guerra. Las dos bandas que se colocó en su gorra: primero la de Puerto Belgrano y luego la del ARA 25 de Mayo. La chapita con la matrícula y el rosario negro que, asegura, lo acompañaron en todo momento. "Este número es por si moríamos, para identificarnos", aclara irónico.
El excombatiente también trajo un gorro que lleva plasmado los recuerdos de varios de sus compañeros en el ARA. "Cuando llegues a tu casa avisanos que te vamos a visitar", dice uno de ellos. Recuerda que se lo escribió un compañero de San Justo (Santa Fe), con quien todavía tiene relación y durante la pandemia se conectaron en un grupo de WhatsApp con sus demás colegas.
Lo último que muestra es un libro llamado Corazón de Colimba. "Me lo dio un compañero cuando terminó la guerra y nos volvíamos", dice. Señala que es importante "porque cuenta lo que vivimos todos". Relata que en el texto, que leyó a la mitad, un soldado cuenta cómo es su día a día en Malvinas.
Al recordar lo vivido hace 40 años, los cuatro excombatientes sostienen que la lucha siguió después de Malvinas y que recién en los últimos años se sintieron reconocidos. Aseguran que nada hubiera sido posible, si no se tenían entre ellos y formaban espacios como por ejemplo el Centro de Excombatientes de Malvinas de Santa Fe. Sus familias y amistades fueron primordiales para salir adelante.
Cuatro décadas después de la guerra, sienten que pueden hablar con su familia y sus amigos, pero comparten un vínculo muy fuerte y singular con sus camaradas, los soldados con los que enfrentaron el frío, el fuego y lucharon contra el olvido. "Para nosotros, no hay mejor psicólogo que nuestros compañeros", concluye Raúl.
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