Dicen por ahí que la verdadera patria es la infancia.
Guadalupe, el barrio de mi infancia y mi verdadera patria
Nuestro barrio de infancia nos identifica, se deja ver en cada recuerdo que atesoramos.
Nuestro barrio de infancia nos identifica, se deja ver en cada recuerdo que atesoramos.
Dicen por ahí que la verdadera patria es la infancia.
En estas fechas, en las que conmemoramos un aniversario más de nuestra ciudad, de nuestra patria cercana, esa que habitamos cada día, por qué no invitarnos a pensar en esa patria aún más propia, más chiquita, más próxima, esa patria primera que nos cobijó y nos enseñó de pertenencias y amores primeros: nuestro barrio de infancia.
Sus calles, sus aromas y recovecos, sus personajes y aquellas celebraciones y festejos. Cada barrio de infancia alberga recuerdos únicos, leyendas propias, sabores heredados y mitos urbanos. Les comparto los míos que, estoy segura, en muchos se verán reflejados e identificados. Ahí va…
Para mí barrio Guadalupe, será siempre la infancia.
La laguna, las siestas y la Guadalupana.
La bici robada a los mayores, los raspones en la rodilla y los alguaciles prometiendo lluvia.
El Monte Zapatero, los caramelos de menta bañados en azúcar que comprábamos en el kiosco de la escuela, a María la histórica kiosquera, siempre chinchuda pero buenaza. Debo reconocer que la volvíamos loca colgándonos de esa ventanita chiquita desde la que ella hacía malabares para escucharnos y despacharnos rápido porque se nos terminaba el recreo.
Las campanadas de la Basílica al mediodía, anunciándonos que faltaba menos para la salida de clases.
Las veredas regadas de toronjas que, junto a las bolitas de paraíso eran proyectil asegurado, las ranas, los buñuelos y mi abuela.
El festival del folklore, cita obligada de cada verano, primero en familia, reposera y heladerita en mano cargada de sándwiches de miga caseros, en banda de amigas, después, para mirar a los chicos.
Las vueltas en cole, donde nos subíamos cerca de la parada, por lo general coladas y hacíamos todo el recorrido.
Las vueltas del cole caminando con amigas, enroscadas en conversaciones eternas de nada y de todo, esas amigas que aún siguen conmigo, a pesar de todo y con sus pesares también míos.
En esa patria tierna, parecía no haber peligro y si lo había no lo advertíamos. Vivíamos en un estado de libertad natural en el que todo se nos hacía amigable, confiable. Nos pensábamos dueñas de esas calles. Ese era nuestro reino. Un reino de canchitas improvisadas y de terrenos baldíos repletos de campanitas violetas, de cordón de la vereda hasta la madrugada y cigarrillos a escondidas.
Mi patria de infancia sabe de Solapas y Lloronas, de fiestas de la Virgen, de rambla y helados de la Iglú.
Atesora carnavales con bombitas, ratas de escuela, calles de tierra regadas en las tardecitas de verano.
Amores tempranos, primer beso, recreos largos y mis primos.
Para mí, Guadalupe… Santa Fe será siempre la infancia.
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