Le diagnosticaron leucemia durante el embarazo y el bebé nació con 1 kilo de peso: su vida cambió

La dura historia que debieron vivir Estefanía y Ezequiel y qué enseñanza alcanzaron.


Estefanía y Ezequiel se conocieron a muy corta edad. Ella estaba en primaria, él iba a la secundaria y era uno de los mejores amigos de su hermano. Se pusieron de novios cuando ella tenía 15 años y él 19. Luego de siete años, en 2010 dieron el sí en el altar. Luego quisieron tener un hijo y hubo algunas complicaciones.

En 2012, llegó el primer embarazo pero lo perdió en la cuarta semana. Dos años más tarde, nuevamente sufrieron un aborto espontaneo. El tercer embarazo en 2016: “Fuimos las personas más felices del mundo… durante unos meses”, contó ella.

Es que en el quinto mes de embarazo, tras hacerse un análisis de sangre, los médicos la llamaron a la clínica para anunciarle la peor noticia: tenía leucemia. “Salí de la clínica, me quedé parada y empecé a llorar. Veía a las mamás que salían con los chicos del colegio y no lo podía creer. Había estado tanto tiempo esperando a mi hijo y ahora no lo iba a poder ver crecer”.

La decisión de los médicos fue determinante: “Vamos a tener que hacer nacer a tu bebé, si no te vas a morir”. Es que el embarazo dificultaba que su cuerpo pudiera resistir la quimioterapia. Fue así como el niño llegó al mundo, con solo 24 semanas de gestación y 1 kilo de peso. “Pensé que se morían los dos, sentí que se me terminaba la vida”, recuerda Ezequiel.

La historia del niño tuvo final feliz. Los médicos debieron realizarle RCP y, tras ocho minutos de duro trabajo, lograron revivirlo. “Vení, abrazame. Tu bebé está bien”.  Fue así como decidieron ponerle de nombre Lázaro, en honor al personaje bíblico resucitado por Jesús.

La evolución de su hijo le dio fuerzas a Estefanía para enfrentar la quimioterapia: “Él era tan chiquito y hacía tanta fuerza para sobrevivir… ¿cómo no iba a poder yo?”. Finalmente Lázaro fue dado de alta en la navidad de 2016.

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Dos meses antes, la madre había recibido la gran noticia: necesitaba un trasplante de médula ósea y su hermano -el que había servido para que conociera a su esposo- era compatible. “Nunca me voy a olvidar del día en que nos dieron la noticia. El cuerpo no la había rechazado y la médula nueva había empezado a funcionar”, cuenta Ezequiel, con lágrimas en los ojos.

Antes del nacimiento de su bebé Estefanía era una mujer muy dedicada a su trabajo, al punto de destinarle hasta 12 horas diarias. Hoy ya no: “Priorizo los minutos de vida que tengo con mi familia. Me perdí el principio de la vida de mi hijo, quiero disfrutarlo. Pasaron dos años del trasplante y estoy muy bien, pero obviamente tengo miedo de que vuelva. Por esto quiero que Lázaro haya disfrutado de su mamá el máximo tiempo posible”.

Con información de Infobae

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