Es el último día de trabajo del doctor César Bonfanti en el Centro de Gastroenterología del Sanatorio Garay en Santa Fe. Tiene 75 años, hizo más de 150.000 endoscopías y es parte de una generación de médicos que lleva medio siglo cuidando a los santafesinos. Se detiene un minuto para sacarse una foto con el anestesista, las dos asistentes y su hija Chiara -que vino a acompañarlo- pero está apurado y se nota que algo le preocupa.
- ¿En qué se piensa en el último día de trabajo?, pregunta AIRE.
- Te digo la verdad, estoy pensando en el próximo paciente. Quiero ver qué tiene.
Una semana después, en un café semivacío de la recoleta santafesina, Bonfanti sonríe cuando cuenta que algunos le dicen que con la jubilación llegó el momento de pasarla bien. “Yo disfruté todo el tiempo”, asegura. Y transforma lo que iba a ser una nota con recomendaciones para prevenir las enfermedades gastrointestinales en un relato preciso de sus 52 años con la “chaquetilla blanca”. Es una parte de la historia de la medicina santafesina porque fue el pionero de las endoscopías en la ciudad.
Bonfanti hizo la primaria y la secundaria en el Colegio Inmaculada. "Al margen de mi escaso feeling con la severidad jesuita de la época, reconozco que me dotaron, como a la gran mayoría de mis compañeros, de una de las bases fundamentales para el desarrollo de cualquier actividad: la disciplina", destaca.
Terminó el colegio en 1963 y con tres amigos se fue a estudiar medicina a la Universidad Católica de Córdoba. “Mis compañeros me ayudaron un montón. Eran disciplinados, estudiosos y perseverantes. Yo era el más disperso”, reconoce. Se recibió a los 23 años y cuando volvió a Santa Fe ingresó por concurso a la residencia de cirugía del Hospital Iturraspe. Entraba a las siete y se iba a las 17. Cada tres fines de semana, le tocaba una guardia que comenzaba a las siete del viernes y terminaba a las 17 del lunes. “En la residencia tu vida es el hospital y todos los días querés saber un poco más. Eran muchas horas, mientras mis amigos estaban en la playa, pero lo duro empezó después”, asegura.
El 15 de junio de 1972, a los 26 años, llega un momento bisagra cuando muere su padre Armando Bonfanti, que tenía 67 años. “Sentí que me sacaban la alfombra debajo de los pies -cuenta-. Se me vino el mundo abajo”. En medio de esa incertidumbre, se puso a estudiar inglés para hacer una residencia en un hospital de Estados Unidos. Un cirujano experto en manos, Guillermo Loda -que había venido a dar un curso a Santa Fe-, le cambió el rumbo: “Vos tenés que ir a París, yo estuve tres años y es otro mundo. Me recomendó que me conecte con algún servicio de intercambio”.
Bonfanti consiguió que lo aceptaran como asistente de cirugía de una eminencia: Lucien Leger, “Le Grand Patron” del Hospital Cochin en la capital francesa, que era uno de los mejores servicios de cirugía del país. El 17 de junio de 1974, se subió al avión de Aerolíneas Argentinas con la plata que le quedó de la venta de su Fiat 128 y las pocas palabras de francés que había aprendido en un veloz curso de dos meses. “Mi mamá Raquel se quedó llorando en el hall del aeropuerto y yo me largué a llorar cuando me senté en la butaca del avión. Ahí me cayó la ficha, pensé qué estoy haciendo acá y me di cuenta del compromiso que implicaba esta decisión”, recuerda.
Se alojó en la Casa Argentina en París en la Ciudad Universitaria y al principio todo fue muy difícil. El francés del curso -que define como “tarzanesco”- se quedaba “corto” para ayudar a operar a uno de los mejores cirujanos de Francia y a los pocos meses también llegó el imperativo de conseguir más francos (el euro todavía no existía).
Se la bancó y los francos llegaron a través de una beca para estudiar con unos médicos alemanes - “que eran una máquina de laburar”- las arterias hepáticas en el hospital Broussais. “En ese momento trabajaba en los dos hospitales. Entraba de noche y salía de noche. Bajé unos siete kilos”, recuerda.
Con esta intensa rutina laboral, el oído se acostumbró rápido al francés y también pudo hacer algunas escapadas por Europa con otros estudiantes que estaban en la Casa Argentina. “Recorrí Londres y Amsterdam con Daniel Sabsay -relata-. En ese momento tenía 21 años, ya se había recibido de abogado y hablaba correctamente francés e inglés. Era muy culto y sabía un montón de arte. Vino a Francia a estudiar derecho constitucional”.
La revolución del endoscopio
Un día en el quirófano, “Le Grand Patron” le pregunta: “¿César, lo vio operar a Ligoury? Es el futuro de la medicina en ciertos aspectos”, profetizó. Le dice que era un endoscopista que venía a la sala de rayos y le recomienda que vaya a verlo.
“Voy y me encuentro con un petiso que parecía D'Artagnan y que estaba con un séquito de siete tipos atrás, que eran casi todos italianos. Ligoury miraba por el endoscopio y los italianos hacían cola para ver también, así que estuve un rato y me fui. Yo no estaba ni en la cola para mirar”, bromea.
Lo que estaba pasando en esa sala de rayos era una parte importante de la historia de la medicina. En diciembre de 1974, Ligoury hizo la primera cirugía endoscópica de Francia para la extracción de cálculos biliares. En julio, seis meses antes, dos alemanes habían realizado la primera cirugía endoscópica del mundo para extraer cálculos biliares, una técnica que es más precisa y menos invasiva para los pacientes.
Un tiempo después de ver esta intervención, Bonfanti vuelve a Santa Fe y se suma como médico de planta en el Hospital Iturraspe y también en el Hospital Cullen, donde trabajaba en el servicio de cirugía de urgencia y era el responsable del turno de guardia de los martes. “Me acuerdo que veíamos unos 120 pacientes en 24 horas en la guardia del Cullen”, precisa.
En el Iturraspe, un día le cuenta a Miguel Ángel García Casella, que era el jefe de cirugía, que había visto una cirugía endoscópica en París. “Pochi, vos tenés que hacer eso. Es un campo virgen y más que necesario. Tenés que poder sacar los cálculos como hacen los alemanes y los franceses”, le dijo.
Bonfanti no había tocado un endoscopio en su vida, pero venía pensando en el tema y el “empujón” de García Casella fue importante. “Es el mejor cirujano que pisó Santa Fe desde Juan de Garay y formó a todos los que andan dando vueltas por acá”, destaca.
Empezó con un curso en el Hospital Fernández de Buenos Aires, que era el único que tenía un servicio de endoscopía en el país. Al equipo lo habían instalado unos japoneses. “Lo dirigía Horacio Rubio, un médico que era políglota, caballero de la Orden de Malta y el pionero de la endoscopía en la Argentina”, recuerda.
Después de terminar el curso, que le sirvió para aprender la nomenclatura básica, Bonfanti compró un endoscopio Acmi F-8 y García Casella licitó el mismo equipo para la unidad de endoscopía que creó en el Hospital Iturraspe (lo puso a cargo a Bonfanti). Son los dos primeros endoscopios que llegaron a Santa Fe. La endoscopía se hacía por la boca y se miraba la parte alta: esófago, estómago y duodeno.
“Fue una revolución -recuerda Bonfanti-. En Santa Fe yo era el único que hacía endoscopías y no daba a basto. En el hospital, cuando un paciente tenía una hemorragia digestiva no se sabía de dónde venía. Con la endoscopía, yo podía hacer el diagnóstico y precisar si la úlcera estaba en el duodeno o en el estómago. El cirujano abría y encontraba la lesión en dónde le había dicho. Le arreglaba y el paciente seguía con su vida. Me empezaron a llamar de todos lados”.
En 1977, en un casa que yo existe en Bulevar Pelegrini y 4 de Enero -ahora hay un edificio-, Bonfanti, García Casella y otros tres médicos abren una clínica -en la que también hacía endoscopías- y empieza a viajar por otras ciudades de la provincia (San Justo, Coronda, Gálvez, Vera, Calchaquí) para hacer diagnósticos con el endoscopio, que era portátil.
En 1978, Bonfanti hace un ajuste clave. Las endoscopías se hacían sin anestesia y eran un método de diagnóstico muy incómodo para los pacientes. “Se venía del paradigma de los japoneses que tienen una cultura muy especial, pero un día una señora tuvo una crisis nerviosa antes de ver el endoscopio. Hablé con Raúl Moreno, un anestesista del Sanatorio Garay, y con el consentimiento de la paciente probamos con una sedación. Hicimos el diagnóstico y ni se enteró”, cuenta. En ese momento todavía no se usaba anestesia en Buenos Aires y en Rosario. “No sé si fui el primero en utilizar la sedación en la Argentina para este estudio, pero seguro estoy en el cuadro de honor”, sostiene.
El desafío de los cálculos biliares
En 1980, Bonfanti no paraba de hacer diagnósticos con el endoscopio, a un ritmo de 5.000 endoscopías por año, pero García Casella insistía: “Vos tenés que aprender a sacar endoscópicamente los cálculos biliares”.
En Argentina había un sólo lugar en el que sabían hacerlo: el Hospital Fernández. Durante tres meses, viajó cada martes a Buenos Aires para observar cómo operaban los dos médicos que conocían la técnica, pero sentía que no avanzaba a la velocidad que necesitaba.
“En un momento me di cuenta que iba a aprender mucho más rápido si volvía a Francia. Tenía muchas ventajas: hablaba bien francés y Claude Ligoury -el médico que ya había visto operar en mi primer viaje- era un referente mundial en endoscopía y yo había trabajado con Leger, que era su mentor”, explica.
Bonfanti comenzó esta aventura científica con una carta que Ligoury nunca contestó. Le pareció raro, porque “los franceses son muy protocolares”, pero en un sanatorio santafesino apareció otra posibilidad. Mientras se cambiaban, Ernesto Kakizu, que también era cirujano y se había hecho endoscopista, le contó que el referente francés iba a participar del primer congreso paraguayo de gastroenterología, que se hacía en unas semanas.
Bonfanti, que nunca fue de esas personas que viven con “el freno de mano puesto”, no lo dudo. Voló a Asunción, se hospedó en el mismo hotel de Ligoury y le dejó una nota en la casilla de la recepción. Se fue un rato al congreso y cuando volvió se acostó a dormir una siesta. “Me tocan la puerta y cuando abro, en camiseta y calzoncillos, Ligoury me pregunta: ‘Usted me dejó un mensaje”.
Le conté que le había enviado una carta y que había venido hasta Paraguay para hablar con él. Quería ir a su servicio en París a aprender durante cuatro meses la técnica para extraer los cálculos biliares. Ligoury le advirtió que iba a tener que empezar de cero y le preguntó cuándo podía empezar. “Puedo estar allá la semana que viene”, le aseguró Bonfanti.
Con 34 años, de vuelta en la sala de rayos del hospital Cochin, se encontró en una de las mejores escuelas de endoscopía del mundo. “Al trabajar con el equipo de Ligoury, lo primero que confirmo es que había que dormir a los pacientes y me vuelvo dominando la intervención para extraer los cálculos biliares y también la colonoscopía”, destaca.
Bonfanti volvió a ser pionero con estas dos técnicas en la ciudad y eso fue importante para todos los santafesinos, que accedieron en los albores de la endoscopía a los mejores tratamientos y diagnósticos que se hacían en el mundo. En Argentina se contaban con los dedos de una mano, los que sabían hacerlo. “Había dos especialistas en Buenos Aires -los del Hospital Fernández-, Sergio Fuster en Rosario, que es un gran amigo mío y también estudió con Ligoury, y había otro médico que se había especializado en La Rioja”, precisa.
En enero de 1981, Bonfanti y Fuster logran que en Santa Fe todas las endoscopías se hagan con anestesia. “Al principio fue una gran discusión con las obras sociales”, recuerda. También se reunían con el endoscopista rosarino para operar juntos las extracciones de cálculos que eran complejas.
Bonfanti recuerda que las lesiones tumorales tienen una determinación genética pero cambia mucho el pronóstico si se las detecta precozmente.
En agosto de ese mismo año, Bonfanti logra lo que define como “la frutilla del postre”. Ligoury vino como invitado a las jornadas de cirugía del Hospital Iturraspe, que ese año organizó Francisco Sánchez Guerra. El francés trajo una película en la que mostraba cómo operaba y fue la estrella de un congreso -con Bonfanti como traductor- que se hizo en la Legislatura. En los años de “plomo” de la dictadura, no había sesiones.
Ligoury vino con la condición de que Bonfanti lo lleve al norte argentino y le advirtió que a él le gustaba comer y tomar bien, un imperativo que comenzó bien porque en una estación de servicio de la ruta el endoscopista más prestigioso de Francia se enamoró del choripán. En un viaje que pasó por las ruinas de los Quilmes en Tucumán, las cuestas de Salta y la imponente Quebrada de Humahuaca se hicieron amigos y esa relación le permitió estar siempre actualizado en el avance del conocimiento científico y tecnológico.
Durante la década del 80’, Bonfanti se convierte en uno de los primeros cirujanos del país que opera con endoscopía y mantiene una vinculación internacional constante con simposios en Francia y congresos en Estados Unidos. En 1984 asume la presidencia de la Federación Argentina de Gastroenterología (FAGE) y organiza el Congreso Argentino de Gastroenterología en Santa Fe (1985), con la participación de más de 2.000 personas. Vino el Premio Nobel Luis Federico Leloir y también Ligoury, que después del congreso partió con Bonfanti para Machu Picchu.
Toda esta etapa consolidó la base de la formación profesional de una técnica que revolucionó la medicina y que siguió evolucionando tecnológicamente. En 1992, Bonfanti compra su primer equipo de videoendoscopía y lo que sigue son años de diagnosticar y tratar las lesiones gastrointestinales en Santa Fe. En el 2007 funda el Centro de Gastroenterología del Sanatorio Garay, el lugar en el que trabajó hasta julio de este año.
Detectar, antes de que sea tarde
Con la experiencia que dan las más de 150.000 endoscopías que realizó, Bonfanti insiste en la importancia de realizarse este estudio a partir de los 50 años -y repetirlo cada cinco años- para detectar lesiones pretumorales.
“El paciente que tiene síntomas no se resiste y quiere saber qué le pasa, lo difícil es convencer al asintomático y es clave porque el cáncer de colon es uno de los más frecuentes”, advierte.
Bonfanti recuerda que las lesiones tumorales tienen una determinación genética pero cambia mucho el pronóstico si se las detecta precozmente. “En Japón, que tenía una incidencia muy importante de cáncer de colon, lograron reducir el impacto de esta enfermedad con colonoscopías masivas”, destaca. Lo interesante, además, es que desde hace años la colonoscopia no es sólo un estudio de diagnóstico y permite realizar la terapéutica, es decir extirpar los pólipos.
Las cirugías endoscópicas, que Bonfanti estudió en Francia en los 70’ y en los 80’, son una parte central de la medicina moderna porque el paciente se recupera más rápido y se extendieron a muchas otras especialidades. Ahora están en la frontera de una nueva revolución con las tecnologías digitales, los “bioscaners” y la inminente robotización.
En el final de una larga carrera profesional, Bonfanti cierra con una reflexión para los médicos que empiezan a recorrer esa senda: "Hay que asumir este sagrado ejercicio con pasión, honestidad intelectual y mucho esfuerzo; e intentar capacitarse en los centros académicos de mayor relevancia posible". Es un camino, también, que abre la posibilidad de que en Santa Fe te atiendan como en París.
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