viernes 26 de noviembre de 2021
Política | Elecciones | Javier Milei | Jair Bolsonaro

Las nuevas derechas y sus emergentes locales en la carrera hacia las elecciones

Antipolítico, agresivo, anticomunista y por momentos racista y discriminador, así es el nuevo ideario de masas que espanta a intelectuales y políticos progresistas y encarna en millones de desencantados con las democracias liberales.

Hace algún tiempo, el controversial y consultadísimo Slavoj Zizek afirmaba algo acerca del abordaje -ingenuo, con herramientas conceptuales obsoletas- que las izquierdas suelen hacer de las derechas del Siglo XXI y que vamos a utilizar para enderezar la nota desde el comienzo: "Creo que estamos en una situación muy complicada en la que hace falta algún tipo de teoría o conocimiento más profundo. No se puede jugar ese viejo juego maoísta de “solo escuchemos al pueblo”. Si uno lo hace, va a escuchar mucho racismo espontáneo".

Es cierto que la palabra "espontáneo" resulta inaceptable para periodistas y comunicadores sociales, para quienes aún pedimos una ley de medios que regule posiciones dominantes ideológicas y de mercado, que conforman agendas planetarias, estados de opinión, sin la cual la democracia es aún más inviable. Pero asumamos que Zizek puede ser muchas cosas -incluso muy europeo en su incapacidad para comprender y catalogar al peronismo- pero no un mal lector de las teorías de la manipulación comunicacional, del rol de los massmedia en las batallas por el sentido común y en eso de que el neoliberalismo es un proyecto cultural antes que político y económico, y detengámonos en su propuesta.

En esto de que cierta ideología se parece mucho más a un reflujo de lo peor de ciertos fascismos del siglo XX, a un cóctel remozado de teorías sociológicas brutales y coloniales que campearon entre el descubrimiento de América y el darwinismo antropológico de fines del siglo XIX, pero con un “novedoso” pack que permite que la adhesión fanática de minorías despreciadas por los líderes que ganan elecciones en nombre de ésas mismas ideas.

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Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil, ha sido acusado de homofóbico, racista y negador de la pandemia.

Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil, ha sido acusado de homofóbico, racista y negador de la pandemia.

Y cuando uno habla de líderes se refiere a Trump, Le Pen, Aznar, Bolsonaro, Piñera o Macri, a referentes políticos que gobernaron estados gracias a millones de votos, no a epifenómenos en proceso como Javier Milei. Disculpad por no ser solidario en la campaña para sobreestimar los 238.552 votos cosechados por el libertario asesor de un genocida y en un estado libre asociado como CABA, producto del olvidable pacto que dio lugar a la Reforma Constitucional de 1994.

Pero no se trata de Milei, como suele afirmar certeramente Jorge Alemán, el neoliberalismo agresivo y mitómano, sin resguardos éticos ni morales, sin memoria, no es une candidate, tampoco un partido en particular o un frente de partidos, sino una agenda temática, una posición cultural y que a éstas alturas acordamos parcialmente con Zizek en que hay tanto o más racismo, xenofobia, homofobia, transfobia y antisemitismo en las masas que votan ése tipo de propuestas del que nos gustaría aceptar. En parte porque un pueblo no es una entidad histórica petrificada, un legado monolítico de un pasado mejor, sino que es algo que se construye políticamente, una entidad histórica en mutación permanente al hilo de la lucha por la hegemonía cultural, una idiosincracia que debe forjarse como parte de la gestión fundacional o refundacional de todo proyecto político que desee verse reflejado en ése pueblo, sostenido por él en las valoraciones del pasado, el presente y el futuro antes que en el voto.

Porque pueden votarte por espanto o descarte de peores opciones como sostuvo ante este mismo escriba Leandro Santoro después del triunfo de 2019: “La sociedad sigue en clave Cambiemos, ese proyecto que busca el explotado feliz o conforme con su condición de explotado, ganamos pero eso no sé si cambió. Nosotros vamos a derrotar electoralmente al macrismo pero culturalmente nos va a costar mucho todavía, hay bolsones de la sociedad que nos votan a nosotros pero piensan como ellos. Hay que seguir militando mucho”.

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Para Leandro Santoro, derrotar culturalmente al macrismo es un desafío que persiste en la compleja sociedad argentina. Foto gentileza: Vero Villanueva.

Para Leandro Santoro, derrotar culturalmente al macrismo es un desafío que persiste en la compleja sociedad argentina. Foto gentileza: Vero Villanueva.

Sin desestimar lo que hemos señalado en éstas columnas, la derecha + la ultraderecha no han crecido electoralmente como para hablar de un tifón de viejo o nuevo cuño que arrasa a los populismos reformistas y al resto del espectro político. Pero también es cierto que tampoco hay que regalarles la representación de todo el antikirchnerismo o de los independientes que no se sienten convocados por el peronismo en general; ése “tercer sector” o ésos votantes en disponibilidad y para nada intensos ideológicamente votó a les Fernández en 2019, votó a la izquierda, en blanco o se ausentó en 2021, y tal vez no piense como Larreta o Milei, tal vez no se rija por esquemas conceptuales y de valores rígidos y estables que le den coherencia histórica a sus votos.

El gobierno de Alberto y Cristina no relata su gestión ni es capaz de imprimirle un horizonte de promesas, una nueva épica, se deja relatar por los medios opositores, dedica casi todo su esfuerzo y el de los medios que lo apoyan en desarmar operaciones permanentes, confió demasiado en la memoria del espanto macrista, finalmente desestimó de entrada la posibilidad de aplicar la Ley de Medios aún no derogada o implementar ninguna otra e incluso el presidente llegó a decir “no me importa que Clarín o La Nación hable mal de mí, me preocuparía lo contrario”. Lo diremos toscamente: sin proyecto no hay relato, sin relato no hay hegemonía cultural ni política, sin hegemonía no hay gobernabilidad y sin gobernabilidad el resultado es bastante previsible, pero no inevitable.

Libertarios y fascistas, el problema de las credenciales democráticas

En Europa como en nuestro país, los partidos de derecha no se asumen públicamente como tales. Pese a haber sido fundado por siete ministros de la dictadura franquista, los líderes del Partido Popular no se presentan como “de derechas”, al contrario de lo que ocurre con sus socios estratégicos de VOX, que lo hacen con desenfado. Forzando apenas, podríamos decir que el PP español se parece bastante a Juntos por el Cambio (cuyo líder indiscutible fue cómplice civil de la última dictadura militar) y que VOX –por su agresividad desprovista de modales ni cuidados republicanistas, en su llamado a dinamitarlo casi todo- a su expresión “en vías de desarrollo”, Alianza Libertad. Pero acierta nuevamente Jorge Alemán al decir que el nivel de irresponsabilidad delictiva de las ultraderechas argentinas no se consigue en España ni en Francia (por citar dos parámetros recurrentes).

Terraplanistas y antivacunas los hay en todo el mundo, pero militar contagios en plena pandemia y luego alegar amnesia por sus atrocidades para cargarles los muertos a quienes –con aciertos y errores- se hicieron cargo de evitarlos, es típicamente local. La saña “gorila” sin cuartel ni razones lógicas, contra toda evidencia estadística o científica, también es un artefacto nacional. Acaso porque en Europa el peronismo no se entiende ni se consigue y el kirchnerismo como variante peronista es un enigma insondable y despreciado por el dispositivo cultural socialdemócrata.

Pero evitemos agresiones gratuitas y fáciles, aprovechemos para citar a un imprescindible que extrañamos un montón y algunos tuvimos la posibilidad de frecuentar. Horacio González decía que gorila no es –al hilo de la liturgia clásica- estrictamente un antiperonista, sino “alguien prejuicioso que se niega a pensar”; el prejuicio es una certeza a priori que no necesita comprobación empírica, no la requiere pues podría contradecirlo y derrumbar su sistema de ideas preconcebidas y complicarlo todo. El prejuicio permite tomar postura sin grandes esfuerzos de intelección porque “es así, no tengo pruebas pero tampoco dudas”. Y el más extendido de los prejuicios es el “etiquetado frontal” pero de las personas: todos los peronistas demagogos y chorros, todos los putos son promiscuos, todas las feministas tortas y castradoras o –como sostuvo un odiador concentrado como Hernán Lombardi- “los kirchneristas tienen impedido pensar, infectados por mala ideología”.

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Javier Milei, con su relato libertario, es un nuevo emergente de la neoderecha.

Javier Milei, con su relato libertario, es un nuevo emergente de la neoderecha.

En el reciente debate entre candidatos a legisladores por CABA, con el que TN tuvo un rating aceptable después de mucho tiempo, fue Myriam Bregman la que pudo desarmar el relato “inexpugnable”de Milei, en dos momentos. Primero denunciando su anticomunismo antisemita al calificarla de “zurda” y “judía” (porque al igual que a la DAIA durante la dictadura, lo que le molestan son los judíos comunistas y ateos) y después recordándole su pasado como asesor de un genocida condenado por delitos de lesa humanidad. Descolocado y balbuceante, Milei demostró que –al igual que Macri- no está dispuesto a hacerse cargo de nada para decir “tener algo en común con una persona no significa que coincida en todo (¿torturar o asesinar por ejemplo?) pero en su momento fue elegido democráticamente y si Bussi fue gobernador es porque falló la democracia y las instituciones”.

Un libertario trucho y un cínico impresentable que de todos modos sugiere algo a tener en cuenta para ir perfilando el cierre. Si Trump, Bolsonaro y Macri tuvieron sus oportunidades y una indiscutible legitimidad de origen, es porque el populismo progresista americano y sobre todo los gobiernos que forjaron la ilusión de la Patria Grande latinoamericana no acertaron coaligarse ni estabilizarse. O como dijo acertadamente Aníbal Fernández en Minuto 1, antes de asumir como ministro y antes de Nick, “cuando la gente come bien, se educa, trabaja y tiene los problemas básicos resueltos, los Milei desaparecen”. Es una buena punta, pero no es sólo la economía, no es todo lo que habría que comenzar a concretar para lograr que los que te votaron y no piensan como vos, te sigan votando.

Tras cada nueva oleada de fascismo hay una revolución fallida decía un postmarxista mesiánico que aún creía en las revoluciones, como Walter Benjamin. Hoy para ser tildado de revolucionario sovietizante, alcanza con defender algo de lo mejor del peronismo de los años felices: creer en un Estado fuerte, regular precios relativos en beneficio de las clases populares, en aplicar la ley de abastecimiento o intervenir en el comercio exterior, en que salarios y jubilaciones deben estar cómodamente por encima de la canasta de bienes y servicios y muy por encima de las líneas de pobreza e indigencia.

No podemos esperar que las derechas “razonables o con responsabilidades de gestión” se hagan cargo de que están cobijando –por razones de afinidad ideológica y conveniencia electoral- expresiones partidarias abominables, alienadas con lo peor de la condición humana, con un fenomenal desprecio por cualquier pacto democrático. Estamos ante una crisis civilizatoria a escala global y que no tolera más decepciones ni promesas de felicidad fallidas. Ésa es la escala real del problema, ésa es la talla que hay que dar y que convierte a las generales de noviembre en una episodio más de una pelea que no admite más claudicaciones ni mezquinos cálculos electorales.