Acuciada por el alza de la inflación y la falta de perspectivas en materia económica, la sociedad argentina asiste por estas horas a un triste espectáculo que ofrece la dirigencia política. Los dos grandes espacios, el Frente de Todos y Juntos por el Cambio, antes monolíticos, se exhiben ahora como un mosaico heterogéneo y convulsionado por las luchas intestinas en su afán de alcanzar el poder. Ya no hay una sola grieta. Hay múltiples grietas que resquebrajan las dos principales coaliciones y un tercero en discordia —el libertario Javier Milei— que irrumpe en el escenario político con una potencia electoral imprevisible.
El divorcio entre Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta no tiene retorno. La pelea excede las diferencias que ambos tienen sobre cuál es la mejor estrategia electoral para mantener el dominio del PRO de la ciudad de Buenos Aires. Por debajo de esa superficie la pelea es más profunda. Hay una línea divisoria en el pensamiento político de ambos dirigentes: mientras Rodríguez Larreta aboga por una política más moderada (“Nos hemos peleado durante décadas y nos fue muy mal. ¿Por qué no intentar hacer las cosas de otro modo?”, suele decir), Macri sostiene que este es un momento que solo permite enfrentar decisivamente al peronismo cooptado por el kirchnerismo. “La avenida del medio no lleva a ninguna parte”, insiste.
En esta lógica, está claro que Macri terminará por apoyar a Patricia Bullrich en la pelea por la candidatura presidencial de Juntos por el Cambio. No será una sorpresa para Rodríguez Larreta, que ya venía observando este acercamiento. Por eso decidió precipitar la ruptura: él no será el “Alberto Fernández” de Macri, repite.
Juntos por el Cambio atraviesa un momento de desunión y fricciones indisimulables. De hecho, este domingo se votó en Neuquén y en Río Negro para elegir gobernadores y en ambos distritos los partidos que integran la coalición opositora participaron divididos. Ni Larreta, ni Patricia Bullrich, María Eugenia Vidal ni el propio Macri fueron a esas provincias para participar de los últimos días de campaña.
Tampoco hubo acuerdo en Salta, mientras que Mendoza atraviesa una rebelión liderada por Omar De Marchi, un diputado que decidió romper el PRO y poner en crisis la coalición.
En el Frente de Todos, donde los enfrentamientos internos son despiadados, siguen de cerca las divisiones entre sus adversarios. El ministro de Economía, Sergio Massa, volvió a sonar en los últimos días como el potencial candidato de unidad del oficialismo capaz de captar el apoyo de los sectores tradicionales del peronismo (gobernadores, intendentes y sindicatos) y del kirchnerismo. En círculos cercanos al ministro especulan que si Bullrich se impone en su pelea con Larreta, Massa podría concitar el apoyo de los sectores moderados y de la izquierda. Sin embargo, todo es muy prematuro. El “operativo clamor” del kirchnerismo para que Cristina sea la candidata del Frente de Todos recobró vigor en las últimas horas, convencidos de que es la que mejor mide en las encuestas. Alberto Fernández, mientras tanto, no desiste de la posibilidad de competir por la reelección, aunque el kirchnerismo ya le advirtió que le vaciará sus listas de candidatos.
En el medio, Milei se refriega las manos. En el fango de la pelea electoral, su discurso “anticasta” y “antisistema” lo hace trepar en las encuestas, lo que genera alarma no solo en Juntos por el Cambio sino también en el oficialismo, que admiten cómo los jóvenes votantes empobrecidos de los centros urbanos, tradicionales adherentes al kirchnerismo, migran hacia
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