miércoles 18 de mayo de 2022
Policiales Rosario | Violencia | Cementerio

Rosario: la perturbadora secuencia del ataque a la sala velatoria y el cortejo fúnebre custodiado

La custodia policial al cortejo fúnebre de Brian Sebastián Calegari demostró, una vez más, que Rosario se encuentra entre balas y muertos y con códigos perdidos. 

La violencia parece no tener freno y los códigos se corren todo el tiempo. Lo demuestra la perturbadora imagen que recorrió Rosario el jueves pasado, cuando el cortejo fúnebre que trasladaba el cajón de Brian Callegari, asesinado un día antes, tuvo que ser fuertemente custodiado por la policía hasta el cementerio porque horas antes habían baleado la sala velatoria. En febrero mataron a un hombre en la puerta del campo santo de Villa Gobernador Gálvez mientras esperaba el féretro de su hermano, también víctima de un homicidio. Y en septiembre de 2020 conmocionó una feroz balacera en la puerta del cementerio La Piedad de Rosario contra los deudos de la víctima de un crimen.

Todo comenzó el martes a la tarde a plena luz del día en Espinillo al 3600 de Rosario con una escena habitual, naturalizada por la secuencia abrumadora de violencia que sacude a la ciudad. Dos hermanos sentados en el cordón de la vereda en medio de una aparente calma. De golpe irrumpen gatilleros arriba de una moto, el acompañante desenfunda un arma de fuego y hunde el dedo en el gatillo para escupir una lluvia de plomo. En ese caso la víctima fue Brian Sebastián Calegari, de 28 años. Murió por un disparo que le perforó el corazón.

Un crimen más, fue el número 72 en lo que va del 2021 en el departamento Rosario. Es la inquietante rutina, con partes policiales y de la Fiscalía con referencias repetidas, pero con diferencias según el hecho, porque son únicos, con sus motivaciones, mecánicas, y protagonistas.

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Después, la gente lee, escucha, mira lo que más o menos los medios de comunicación replican y cuentan. “Balacera”, “gatilleros”, “en moto”, “múltiples disparos”, “vainas servidas calibre 9 milímetros”, “asesinado”, “nene inocente herido”, o “muerto”. Y la “disputa del territorio por el narcomenudeo”, casi siempre como telón de fondo.

Gente que paga con la vida el negocio enorme que en Santa Fe no se puede o no se quiere desarticular. Los soldados caen, cada vez más jóvenes en algunos casos y de sectores vulnerables, pero aparecen otros que el mismo sistema perverso retroalimenta. La tanza que mueve las marionetas se ve al sol, pero se disipa cuando la plomada se hunde en el río marrón. Ahí abajo nadie sabe que pez gordo surca el lecho.

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El cajón con el muerto debió ser custodiado hasta el cementario.

El cajón con el muerto debió ser custodiado hasta el cementario.

A Callegari lo mataron. Un caso más para indagar en la Fiscalía como los 71 anteriores. Pero hay un elemento que vuelve a correr los códigos, los límites, que parece copiar y pegar fotogramas de escenas de pendencieros sacadas de una serie narco de otros latitudes, de conductas que cualquier viejo hampón repudiaría sin dudar.

Si ya murió, si los deudos lo quieren despedir, rezar, ¿Cuál sería la razón de pararse de manos frente a una sala velatoria y disparar a mansalva donde Calegari reposa entre las mortajas de un cajón?

Asesinado en el cementerio y balas para los deudos

Todo es tan abrumador y un hecho supera a otro. Hace justo dos meses, el 23 de febrero, en la puerta del cementerio de Villa Gobernador Gálvez mataron a Marcelo Procopp.

Junto a familiares y amigos esperaba que llegara el féretro que portaba el cadáver de su hermano Javier, asesinado el sábado anterior a manos de sicarios que lo acribillaron de seis tiros en la puerta de la casa. Eran las 10.30 cuando en las inmediaciones del cementerio empezaron a rondar cuatro hombres en dos motos. Cuando tuvieron a Marcelo en la mira, lo mataron de 12 balazos.

A mediados de septiembre de 2020, fue conmocionante la balacera en la puerta del cementerio La Piedad en medio del funeral de Iván Leguizamón, asesinado dos días antes en Colombres al 1700. Un auto pasó por Provincia Unidas y 27 de Febrero y sus ocupantes dispararon veinte veces contra la gente que aguardaba el fin de la ceremonia. Un amigo del fallecido resultó herido de gravedad.

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El Cementerio La Piedad, entre balas, muertos y códigos perdidos.

El Cementerio La Piedad, entre balas, muertos y códigos perdidos.

Aunque la puntería de los tiradores no fue tan fina, el miércoles pasado a las 19 pudo ocurrir algo similar, mientras velaban a Callegari en la modesta sala de responso Copeto, ubicada en Matienzo al 3300, en la zona oeste de la ciudad, cuando dos hombres pasaron en moto por el lugar y dispararon al menos siete proyectiles.

Las balas impactaron en un auto estacionado en la puerta y en la fachada de una casa vecina. El ataque no causó heridos, pero sembró más angustia y terror entre los pocos familiares del difunto que estaban adentro de la sala. Esperaban que pasaran las amargas horas junto al cajón hasta el otro día. El sepelio en el Cementerio El Salvador estaba previsto para las 10 del jueves.

“No sé qué pasa. Mi hijo ya está muerto y no sé por qué lo mataron, me lo sacaron así. Y siguen con estas cosas. No sé si será un problema de la cochería o se confundieron. Ni a mi ni a mis otros dos hijos, que son chiquitos, nos amenazaron. Yo soy camionero y pagué el sepelio sin deberle nada a nadie. No se que pasó”, dijo Sebastián, el padre del joven asesinado, de profesión camionero.

Una imagen atroz

Como esa advertencia armada podía tener una réplica, las autoridades de la Unidad Regional II dispusieron no sólo una custodia policial en Copeto, sino un fuerte operativo para resguardar de posibles ataques al cortejo fúnebre hasta el cementerio, incluso con vigilancia en la ceremonia de inhumación.

Fueron al menos 20 efectivos policiales con escopetas pertrechos, y una decena de móviles, entre camionetas, autos y motos que se pusieron a la par, por delante y detrás del porta féretro y de los autos que trasladaban a los familiares, amigos y allegados de Brian hasta el cementerio La Piedad, en Provincias Unidas y 27 de Febrero.

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Uno de los policías que custodiaba, con un arma de grueso calibre, que el ataúd llegara a su destino.

Uno de los policías que custodiaba, con un arma de grueso calibre, que el ataúd llegara a su destino.

La impactante caravana de patrulleros y policías armados entremezclados con coches fúnebres a plena luz del día, entre medio de colectivos, autos particulares, y gente de a pie exime de más interpretaciones. Tienen tal contundencia y muestran el doblez de una ciudad donde cada 36 horas muere una persona por hechos violentos, según las cifras de homicidios dolosos registrados hasta el momento.

Hecho predictor

“En este tipo de violencia lateral, en términos de víctimas y victimarios de sectores populares con anclaje en algunos barrios de Santa Fe y Rosario, en criminología se denomina el hecho predictor, cuando hay violencia que tiene una lógica de ida y vuelta”, explica a Aire Digital Enrique Font, criminólogo y docente titular de la cátedra de Criminología de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario.

El especialista, que fue parte de la Secretaría de Seguridad Comunitaria en Santa Fe en 2008 y motorizó programas en territorio para entender y abordar la violencia letal que atraviesa a los jóvenes de los barrios más pauperizados, explica que en el caso particular el dato para encender las alarmas fue la balacera a la casa velatoria donde reposaba el cuerpo de Callegaris.

“Fue el predictor, el que hizo encender las alarmas, que todo podía continuar contra la familia de la víctima. Es violencia esperable, sobre todo contra personas en máxima vulnerabilidad durante el trayecto a la casa velatoria o al cementerio. Además, se trata de gente que no tiene herramientas para resguardarse por su condición social. No se pueden ir del barrio, y hasta sus casas son precarias para refugiarse de un ataque”, indicó Font.

En términos operativos, Font entiende la sencilla pero no menos fuerte imagen de la presencia policial en pleno cortejo fúnebre camino al cementerio El Salvador. “La policía lo resuelve con la custodia sabiendo de este concepto, o no, porque en términos coyunturales sabe que se puede replicar la violencia en cualquier momento”.

“La violencia fue ignorada en Santa Fe”

Más al fondo de una problemática que en Santa Fe parece no tener respuestas a corto ni mediano plazo, por su experiencia como funcionario, Font se permite observar que la violencia en Santa Fe “fue muy ignorada y negada hasta que empezó a estallar”, allá por 2008.

“En las sucesivas gestiones el Estado provincial nunca le dio continuidad a un proyecto muy serio de seguridad integral de Naciones Unidas que impulsamos en su momento. Estaba orientado al abordaje de la violencia letal entre jóvenes de los barrios más pobres, observar en el territorio, ver por qué andaban a los tiros. Pero no le dieron importancia. Ya en 2013 en lugar de reconocer el problema como tal, dijeron que los delincuentes, los negros o mutantes se mataban entre ellos. Es mucho más complejo”, aportó Font.

Y agrega un aspecto que por aquellos años los funcionarios eligieron como estrategia para “sacarse el problema de encima. Le tiraron los muertos a la Nación porque decían que todo era narcocriminalidad y la competencia de drogas es federal. La ley de drogas dice que debe intervenir la justicia federal, es el Estado provincial el actor primario en la intervención. De hecho, hay brigadas policiales de la provincia para investigar temas de narcotráfico”.