domingo 29 de marzo de 2020
Policiales | Narcotráfico | Rosario |

“Guerra silenciosa”: los crímenes que dibujan una transición violenta en las bandas narco

Gritaron que eran policías, patearon la puerta y acribillaron con 17 tiros al “Gordo Ezequiel” en su casa de Ibarlucea, donde se escondía de la justicia tras la muerte violenta de un exvendedor de drogas. En cinco días se cometieron ocho crímenes, seis de ellos con sicarios. La hipótesis de una “guerra silenciosa” del narcotráfico de Rosario vuelve a tomar fuerza.

Los tres sicarios gritaron que eran policías y patearon la puerta. Eran las 0.20 del miércoles y el frío húmedo había despoblado las calles de Ibarlucea, sobre todo en la zona que está del otro lado de la vía, a unos 200 metros de la ruta 34.

Es posible que Ezequiel Ramírez haya creído que eran policías los que venían a buscarlo. Se equivocó. Eran sus asesinos. La policía debía buscarlo desde diciembre de 2017, pero nunca lo hizo. Pasó a estar prófugo, luego del asesinato de Roberto Godoy, un exvendedor de drogas que acribillaron dos sicarios suyos. El fiscal Florentino Malaponte dictó su captura. Toda la trama estaba mezclada con la venta de drogas. La mujer de Godoy salió tras el crimen de su marido a decir que lo mataron porque se negaba a vender drogas.

Ramírez manejaba la venta de cocaína en el barrio La Cerámica, en el norte de Rosario, y había osado expandir el emprendimiento narco hacia Empalme Graneros, en la zona oeste. Esas ínfulas muchas veces se pagan con la vida en esta época.

El “Gordo Ezequiel” no tuvo tiempo de defenderse el miércoles a la madrugada. Los tres sicarios descargaron su saña. Dispararon 17 tiros al narco buscado por la justicia que vivía en esa casa desde diciembre de 2017, cuando se refugió allí con su pareja y su hijo de nueve años, que concurría a la escuela N° 152 Estanislao del Campo, donde los directivos habían notado algo extraño. No conseguían que la familia les pasara un teléfono de contacto. Ponían excusas y daban vueltas para evitar dar un número, un detalle que se sumaba a los rumores que circulaban en el pueblo que decían que Ramírez era sicario de Los Monos.

La casa de Ramírez en la localidad santafesina de Ibarlucea

Entre el viernes 19 y el miércoles 24 de julio se cometieron ocho crímenes, seis de ellos con sicarios. ¿Qué ocurrió para que se produjeran estos crímenes por encargo, en lugares públicos y ejecutados con una saña desencajada?

“Se da por una pelea entre bandas, por una situación violenta que tiene la ciudad y por luchas internas entre las mismas organizaciones” criminales, ensayó el fiscal general Jorge Baclini. El ministro de Gobierno Pablo Farías admitió que “hay un resurgimiento de bandas delictivas”, pero prefirió no dar nombres. Dijo que los fiscales deben individualizar a los responsables. Dos días después, el ministro de Seguridad Maximiliano Pullaro, quien se había mantenido en silencio hasta el jueves, salió a delimitar el radio y apuntó a que Los Monos tenían que ver con la nueva ola de asesinato.

Para el diputado provincia Carlos Del Frade, quien investiga desde hace dos décadas el narcotráfico en Santa Fe, “hay transiciones no sólo en el plano político sino también en las bandas narco”.

Más allá de las historias que demarcan las biografías de los muertos, hay dos indicios increíbles que ocurrieron en los últimos días, cuando desde los propios medios de comunicación los narcos comenzaron a mandarse mensajes entre ellos. Es algo inédito.

El miércoles 17 de julio Ramón Machuca, líder de Los Monos, dijo desde la cárcel de Piñero, donde cumple una condena a 36 años de prisión, que gran parte de la causa que los llevó a prisión a los miembros de la banda se surtió con información que “volcaba Alvarado a los policías de la División Judiciales”. “Alvarado trató de perjudicarnos por una cuestión de negocios e intereses”, afirmó Monchi a la radio LT8 desde su celda de “aislamiento”.

Una semana después, en otra emisora de Rosario, en Radio 2, Esteban Alvarado, quien aparece como el nuevo “enemigo” de los Cantero, pasó su mensaje a través de su abogado Claudio Tavella. El mensaje tenía un solo destinatario, Los Monos. El letrado admitió que salió al aire a pedido de su defendido. “Me dijo “salí a decir algo porque tengo temor por mi familia. No es lindo que digan que estoy en guerra con Los Monos»”, advirtió Tavella.

“Decir que tiene una guerra con otra banda, como Los Monos, es peligroso para su familia, esa es la preocupación de este muchacho y me llamó para decirme específicamente eso”, agregó el abogado al periodista Roberto Caferra.

¿Porque salió Alvarado a hablar? Para prevenir una venganza.

Luego de las declaraciones de Monchi a la otra radio de Rosario comenzó la ola de crímenes, que tuvieron como blanco varias personas relacionadas a Los Monos, entre ellos Carlos Señuque, quien fue acribillado el viernes pasado cuando intentaba entrar su auto en un departamento que ocupaba en Brown 2857.

En el 5 C, Toretto, como lo apodaban a Señuque en referencia el actor Vin Diesel en la película Rápido y Furioso, guardaba un tesoro. Tenía colgada en un cuadro la camiseta de San Lorenzo que usó en su debut el 31 de marzo de 2013 Ángel Correa, actual delantero del Atlético Madrid. Correa declaró dos veces en la llamada causa de Los Monos.

Osvaldo Lappiana, quien decía ser dueño de parte del jugador, terminó absuelto en el juicio. Sin embargo, nunca se investigaron en profundidad los nexos entre la banda y Correa, quien era vecino de los Cantero en el barrio La Granada. Julieta, la hermana del delantero del Atlético Madrid, fue detenida el 19 de febrero pasado junto al jefe de sicarios de los Cantero Daniel Olivera, alias Chulo.

Alvarado intentó a principios de este año, según detectaron los fiscales Matías Edery y Luis Schiappapietra, culpar a “Chulo” del homicidio de Lucio Maldonado, quien apareció muerto en la colectora de la autopista Buenos Aires-Rosario con un cartel que decía “con la mafia no se jode”, el mismo que en la justicia se detectó que Los Monos habían dejado en varios ataques a casas de jueces. Alvarado quería que a Olivera lo pegaran al atentado a balazos en la casa de una funcionaria de la fiscalía que se produjo el 31 de enero pasado. Unos días antes desconocidos le dejaron en la puerta de la casa la cabeza de un perro en una caja de cartón como una clara advertencia de lo que le podía pasar.

Alvarado está preso desde febrero pasado, cuando fue detenido en Embalse Río Tercero, Córdoba, donde se encontraba prófugo. Los policías de la Tropa de Operaciones Especiales (TOE) que lo aprehendieron recuperaron un Iphone 8 que arrojó al lago cuando se vio cercado.

En ese teléfono, cuya información fue recuperada en Estados Unidos, se confirmó que había planeado una estrategia para culpar a Los Monos del homicidio de Maldonado y el atentado a 200 metros del Monumento a la Bandera.

El sábado a la noche, en pleno festejo por el día del amigo, fueron acribillados Gustavo Candia, de 35 años, sobrino de Lorena Verdún la ex pareja Claudio Cantero, del líder de Los Monos, y una chica de 17 años que murió de un balazo mientras esperaba un remise en puerta del boliche Pool 8, donde esa noche actuó Luz Mattioli, hermana del fallecido Leo Mattioli.

El martes fue acribillado de seis disparos en la nuca el suboficial de la Policía de Investigaciones (PDI), que se desempeñaba en la Oficina de Gestión Judicial, Cristian Ibarra, de quien muchos colegas dicen que siempre “jugó para los malos”.

Su hermano Mario, también policía, el 26 de febrero de 2014 en un confuso episodio que se caratuló como intento de robo. De su hermano sus colegas dicen lo mismo.

Las primeras hipótesis señalan que Cristian Ibarra conocía a los asesinos, con quienes mantuvo un encuentro en Larralde y Dean Funes, zona sudoeste de Rosario. Ibarra se desempeñaba como custodio en el Centro de Justicia Penal, la nueva sede de los tribunales de Rosario, donde se llevan adelante los juicios y las audiencias imputativas. Desde hacía un año estaba con licencia médica.

Desde la semana pasada comenzó a tomar fuerza en la justicia la hipótesis de que se habría desatado una especie de “guerra silenciosa” que deja cadáveres en las calles, como ocurrió en otros capítulos de la historia reciente del narcotráfico en Rosario.

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