image.png
Ted Ngoy, de 78 años, es un hombre cuya historia de emprendedurismo y fortaleza ha inspirado a muchos.
LEER MÁS ► El argentino que escaló el Himalaya a pesar de no poder caminar
El comienzo de un imperio de donuts
Junto a la gasolinera en la que Ted trabajaba como auxiliar todas las noches, de 10 pm a 6 am, había una tienda llamada DK Donuts, la cual solía estar siempre abarrotada, aún de madrugada, lo que hizo pensar al padre de familia que comprar una franquicia del negocio podría ser una gran idea. No tardó mucho en comprobar si su intención era viable, consultando con la mujer del mostrador cuánto debía ahorrar para hacerse del establecimiento.
La mujer le dijo que era la peor idea y que tiraría su dinero si lo hiciera, pero a cambio de la desilusión, la empleada le contó sobre un programa de formación dirigido por la cadena de donuts Winchell’s, en donde, si en verdad estaba interesado, podía aprender todo sobre el negocio. Ted, sin pensárselo dos veces, se apuntó. “Aprendí a hornear, a ocuparme de la nómina, de la limpieza, de las ventas, de todo”, comparte Ngoy en su autobiografía, The Donut King: The Rags to Inches Story of a Poor Immigrant that Changed the World.
Fue tan bueno el trabajo que el inmigrante realizó durante la formación, que la cadena le dio una tienda para que la manejara. De inmediato, Ted incorporó al negocio a Christy, su esposa, a quién puso a cargo de la caja.
image.png
Para 1985, 10 años después de su llegada a los Estados Unidos, Ted y su familia ya eran dueños de 60 tiendas y millonarios.
LEER MÁS ► Ingresó a un territorio caníbal, nunca volvió y aseguran que se lo comieron: el caso de Michael Rockefeller
Tan solo un año después, Ted ya había juntado el dinero suficiente para hacerse de su propia tienda de donuts, a la que llamó Christy’s, en honor a su esposa. Y así, año tras año, fue haciéndose con más y más tiendas, que dejaba en manos de otras familias camboyanas refugiadas en Estados Unidos, las cuales lo ayudaron a crecer el negocio hasta un punto en el que dominaron el mercado de los donuts en California. Para 1985, 10 años después de su llegada a los Estados Unidos, Ted y su familia ya eran dueños de 60 tiendas y millonarios.
La adicción que acabó con todo
Ted, después de una década de duro trabajo y de ayudar a cientos de personas de su país, conoció Las Vegas y comenzó a apostar. “Estábamos felices, hasta que el juego vino a arruinar mi vida. El juego es la parte más triste de mi vida”, relata Ngoy.
Empezó perdiendo 5.000 dólares (poco más de 4.000 euros) por partida, hasta que lo perdió todo y comenzó a endeudarse. Finalmente, su ludopatía se convirtió en una bola de nieve imposible de detener que lo llevó a perder sus tiendas -las vendió a las familias camboyanas que las manejaban-, su comunidad y su familia, quienes estaban furiosos con él por haber despilfarrado el dinero que todos habían ayudado a reunir durante años de trabajo. Para 2002, ya estaba completamente arruinado.
image.png
Su ludopatía se convirtió en una bola de nieve imposible de detener que lo llevó a perder sus tiendas.
Un nuevo comienzo
Derrotado, regresó a Camboya, en donde años más tarde incursionó en el negocio de los bienes raíces, lo que lo hizo resurgir y comenzar un nuevo imperio. Se volvió a casar, tuvo cuatro hijos más y volvió a ser millonario. Actualmente, Ted vive en Tailandia con la segunda familia que formó, mientras que Christy y sus hijos continúan viviendo en California y a cargo de algunas tiendas que lograron recuperar. “Me han perdonado totalmente. Mil veces les dije lo mucho que lo sentía (…) Si pudiera dar marcha atrás en el tiempo, lo haría. No puedo cambiar el pasado, pero aprendí de mis errores de la manera más dura”, cuenta Ngoy, quien también aconseja al mundo, decir ‘No a las apuestas.’