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Según los registros históricos, Galeazzi-Lisi impregnó el cuerpo con aceites y lo envolvió en celofán, sin usar técnicas básicas para evitar la descomposición.
La combinación de altas temperaturas en Roma, falta de refrigeración y una mala conservación provocó una acumulación de gases en el interior del cuerpo. Cuatro días después de la muerte de Pío XII, cuando intentaron retirar el envoltorio, el cadáver estalló.
La piel del Papa se había tornado verdosa, perdió la nariz y los dedos, y el hedor era tan insoportable que los guardias suizos se desmayaban y debían ser reemplazados cada 15 minutos.
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El cuerpo de Pío XII explotó durante el funeral por un embalsamamiento mal hecho; la descomposición provocó gases, hedor y el colapso de su cavidad torácica.
El escándalo fue tal que el Vaticano expulsó de inmediato al médico, quien también fue apartado de toda función sanitaria en la Santa Sede. Sin embargo, Galeazzi-Lisi intentó justificarse públicamente: “Tengo plena tranquilidad. No he traicionado ningún secreto profesional. El secreto termina con la muerte del paciente”, declaró.