Por Julio Perotti
Todo nació por una desobediencia. Todo cayó por alguna conjura. Así fue que Córdoba se proyectó a si misma como diferente del resto de sus hermanas argentinas. Mucho de verdad, mucho de vanidad y altanería. ¿Chauvinismo? También.
Pero de esa manera fue escribiendo su historia demasiadas veces contra la corriente, aun cuando eso le costó aislamiento, rupturas y hasta algún yugo colonizador.
Arranquemos desde el comienzo de los tiempos. Córdoba no debió estar donde está. Se explica. Allá por 1571, Francisco Álvarez de Toledo, entonces virrey del Perú, designó a Jerónimo Luis de Cabreza como gobernador de Tucumán. Y lo mandó a poblar la región de Salta, con el objetivo de asegurar el comercio y los vínculos entre Tucumán y Charcas. A lo sumo podría llegar hasta la actual Santiago del Estero.
Uno de los monumentos a Jerónimo Luis Cabrera, el fundado de la capital cordobesa.
Pero no. Al testarudo don Jerónimo le pareció mejor buscar tierras más aptas para la agricultura. Y con cien hombres, bajó hasta las márgenes del río Suquía, tierra de indios barbudos, para fundar el 6 de junio de 1573 “Córdoba de la Nueva Andalucía”, un homenaje al origen de su esposa, Luisa Martel de los Ríos.
Haber fundado en 1563 la ciudad peruana de Ica, no le alcanzó para hacerle pagar con su vida la desobediencia de Córdoba. El nuevo gobernador de Tucumán, Gonzalo de Abreu y Figueroa, lo acusó de insubordinación y, luego de un juicio sumarísimo, lo condenó a muerte. El 17 de agosto de 1574 lo decapitaron.
Córdoba quedó huérfana y con su orgullo herido. ¿Por qué acaso no merecía haber nacido? Pero así empezó a escribir su historia desde la rebeldía hacia los poderes de arriba, esos que deciden marcar de manera inconsulta el destino mediterráneo.
Pasaron 237 años hasta que el Río de la Plata decide romper su vínculo con el reino de España. La Revolución de Mayo parece encontrar a Córdoba a traspié. Eso desata una grieta en la lectura sobre el papel de este territorio en la gesta.
En su obra Facundo, Domingo Faustino Sarmiento la castiga duro. Y escribe cosas como estas:
“Durante toda la revolución, Córdoba ha sido el asilo de los españoles, en todas las demás partes maltratados. Estaban allí como en casa. ¿Qué mella haría la revolución de 1810 en un pueblo educado por los jesuitas, y enclaustrado por la naturaleza, la educación y el arte?”
“La revolución de 1810 encontró en Córdoba un oído cerrado, al mismo tiempo que las provincias todas respondían a un tiempo: “a las armas! ¡a la libertad!”. En Córdoba empezó Liniers a levantar ejércitos para que fuesen a Buenos Aires a ajusticiar la revolución; a Córdoba mandó la Junta uno de los suyos y sus tropas a decapitar a la España”.
“Córdoba, en fin, ofendida del ultraje, y esperando venganza y reparación, escribió con la mano docta de la Universidad y en el idioma del breviario y los comentadores, aquel célebre anagrama que señalaba al pasajero la tumba de los primeros realistas sacrificados en los altares de la Patria: CLAMOR”.
“Ya lo veis, Córdoba protesta y clama al cielo contra la revolución de 1810”.
Pero otras voces se levantaron contra la inquina de Sarmiento.
En Córdoba y la Revolución de Mayo (1960), el historiador Julio Carri Pérez confronta con el gran sanjuanino.
“La resistencia a la Junta de Buenos Aires se levantó al mismo tiempo en todos los centros donde residían los más importantes funcionarios españoles: Córdoba, Salta, Montevideo, Paraguay, entre otros”, afirma. Y sostiene que aquí el movimiento contrarrevolucionario se fue derritiendo ‘como masa de nieve bajo los rayos del sol que sube”.
A diferencia de Sarmiento Carri Pérez dice que Córdoba salvó la revolución.
Llega el siglo 20. Corría 1918. Junto a Buenos Aires y La Plata, Córdoba tenía su universidad nacional, fundada por los jesuitas en 1613. En junio de ese año, un fuerte activismo estudiantil, que reconocía distintos orígenes ideológicos, tomó acción y decidió exigir a viva voz la autonomía universitaria, el co-gobierno, las cátedras periódicos y los concursos de oposición.
El 21 de junio, se publicó en La Gaceta Universitaria una brillante pieza escrita por el abogado reformista Deodoro Roca, que era un llamamiento de “la Juventud Argentina de Córdoba a los Hombres Libres de Sudamérica”:
“Hombres de una República libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”.
Fue premonitorio: la huella que dejó la Reforma Universitaria nacida en Córdoba se extendió a toda América.
Seguimos en el siglo 20. Juan Domingo Perón es presidente constitucional desde el 4 de junio de 1946, con una reelección en el medio. Entre el 16 y el 23 de septiembre de 1955, el general Eduardo Lonardi lidera desde la Escuela de Artillería de Córdoba una sublevación que en Córdoba costó más de cien muertos.
El golpe contó con el apoyo de la Iglesia católica, a la que Perón se había enfrentado, y de sectores conservadores que en esta docta capital aun hoy reivindican aquella acción como una “gesta”.
Peronismo vs antiperonismo, una antinomia que persiguió a los cordobeses hasta la contemporaneidad.
Llegamos a 1969. Las fuerzas gremiales lideradas por Elpidio Torres, Agustín Tosco y Atiliio López, unidas a un estudiantado que no rehuía dar la lucha en las calles, protagonizan una insurrección contra el régimen de Juan Carlos Onganía. El “cordobazo” escribió una página de la historia que puso a esta provincia en el centro del protagonismo político.
Dos años después, 15 de marzo de 1971, otro movimiento llamado “el viborazo”, forzó la caída del interventor federal José Camino Uriburu y hasta el dictador Roberto Marcelo Levingston.
“En Córdoba anida una venenosa serpiente cuya cabeza pido a Dios me depare el honor histórico de cortar de un solo tajo”, clamó Uriburu. Lo que fue decapitado fue su poder y el del entonces presidente Levingston.
Pero también hubo, en 1974, un contracordobazo, bajo la forma de un levantamiento policial que terminó con la caída del gobernador democrático Ricardo Obregón Cano y de su vice, Atilio López. El golpe fue convalidado por el propio Perón que intervino la provincia.
Vengamos más cerca en el tiempo y podremos anotar los fuertes aportes militares al golpe del 76, que convirtieron a Córdoba en uno de los centros donde la represión ilegal costó decenas de desaparecidos, de la mano del general Luciano Benjamín Menéndez, una figura reconocida y aplaudida en altos estratos de la sociedad de esta provincia.
Los finales del siglo 20 encuentran a la Argentina en un proceso democrático que de a poco se fue consolidando desde el triunfo de Raúl Alfonsín en 1983.
Pero esta provincia siguió en el centro de la acción política. La fortaleza del radicalismo mediterráneo llevó a Alfonsín a negociar con su líder, Eduardo Angeloz, un acuerdo que derivó en Angeloz candidato a gobernador y en Víctor Martínez compañero de fórmula de Alfonsín.
Angeloz logró una victoria arrolladora: 55,84 por ciento de los votos, contra el 39,22 del peronista ortodoxo Raúl Bercovich Rodríguez. Alfonsín consiguió el 56,22 por ciento contra el 39,92 de Italo Luder. El corte de boleta, como se observa, fue ínfimo: eran tiempos de lealtades partidarias y de voto completo.
Desde siempre, Angeloz había acunado un sueño presidencial. Corría 1988, cuando había que definir las candidaturas, y el gobierno de Alfonsín no lograba hacer pie en la economía.
Entonces, Angeloz decidió enfrentar al poder de su propio partido: propuso privatizaciones, “lápiz rojo” y hasta pidió la renuncia del entonces ministro de Economía, Juan Vital Sourrouille, que no podía domar la hiperinflación.
El clima social era demasiado adverso para un candidato radical y empeoraba cuando se veía al frente a un peronista atípico como el riojano Carlos Saúl Menem, que recorría el país con la promesa de “revolución productiva” y “salariazo”.
El 14 de mayo, Menem puso fin a la esperanza de Angeloz, pero más aún, aceleró los tiempos de entrega del poder de parte de Alfonsín. Sin embargo, no fue el fin político para Angeloz: tendría una oportunidad más para enfrentarse al poder central. De regreso en Córdoba, fue por su tercer mandato en la gobernación, con una lectura amañada del texto de la Constitución que había sido reformada el 1987 para permitir la relección.
El argumento fue que como la nueva Constitución regía desde el segundo mandato de Angeloz, ese debía ser considerado el primero y, en consecuencia, se debía habilitar uno más.
Así fue que resultó reelegido frente a José Manuel de la Sota, que ya se había quedado con el manejo del peronismo desde la renovación, con el desplazamiento de la vieja dirigencia ortodoxa del partido.
Pero la situación de la provincia comenzó a tambalear. Angeloz se cruzó fuerte con el ministro de Economía de Menem, el también cordobés Domingo Cavallo, a quien acusó de haberle pisado la manguera del oxígeno financiero.
La crisis derivó en fuertes incidentes en Córdoba que, incluso, llegaron a la quema de la vieja Casa Radical, en pleno centro de la ciudad.
Con la isla incendiada, un jaqueado Angeloz entregó el poder el 12 de julio de 1995 a su correligionario Ramón Mestre, quien había sido intendente de Córdoba, elegido el 14 de mayo anterior. Angeloz se fue culpando a Cavallo de haberlo empujado al abismo, justo cuando el mundo se sacudía con la crisis que se conoció como “efecto tequila”.
Se cerraba así un ciclo en el que Córdoba había sido, una vez más, protagonista de la historia política argentina. Fueron puntos suspensivos. Porque hubo más.
Agotado el ciclo de Mestre, después de un agudo enfrentamiento con la Iglesia Católica por los recortes a la educación y con el campo por la falta de apoyo a sectores inundados en el sur cordobés, en 1998 llegó finalmente la hora del peronismo, con José Manuel de la Sota, que lo venció por 9 puntos de diferencia con una propuesta electoral novedosa: reducir un 30 por ciento los impuestos.
De la Sota inició así un cuarto de siglo del Justicialismo en el poder, que aún continúa. Pero siempre miró a Buenos Aires. Después de la crisis de 2001, fracasó en un primer intento por ser candidato a presidente, cuando el entonces presidente interino, Eduardo Duhalde, movió sus fichas a favor de Néstor Kirchner.
Otra vez Buenos Aires le daba la espalda a Córdoba.
De la Sota volvió a la gobernación. Con Néstor Kirchner y Cristina Fernández en el poder central, las relaciones fueron malas.
De hecho, el peronismo cordobés, manejado por la dupla De la Sota-Schiaretti, nunca fue permeable a las movidas kirchneristas, salvo en 2011, cuando bajaron la lista de diputados nacionales para favorecer el triunfo del Frente para la Victoria.
(Coincidencias del destino: la lista era encabezada por Carlos Caserio, ahora punta de lanza del desembarco kirchnerista con Alberto Fernández).
La convivencia entre De la Sota y Néstor Kirchner, cada uno en su sillón de mandamás, se había prolongado durante cuatro años. Como seguiría con Cristina, la diferencia era por los fondos que Córdoba debía recibir.
A punto tal llegó la falta de recursos, que De la Sota impuso un impuesto a los combustibles (tasa vial) para desarrollar obra pública porque la Nación no mandaba un centavo.
Pero todo fue para peor en diciembre de 2013 (ya gobernaba Cristina), cuando se desató un motín policial en Córdoba que duró dos días y dejó a los habitantes de esta capital en una indefensión total, con saqueos, vidrieras rotas y una ciudad prácticamenten en estado de guerra.
El reclamo al gobierno nacional, a través del entonces secretario de Seguridad, Sergio Berni, cayó en teléfonos apagados.
En estos días en que hay sectores peronistas, incluyendo a Natalia De la Sota, que se acercan a Alberto Fernández, del archivo de YouTube ha reaparecido un video con un mensaje de De la Sota gobernador a los cordobeses, en lo que asegura que él siempre intentó el diálogo con el gobierno kirchnerista, pero que nunca le respondieron.
Ya en 2015, bajo el paraguas del Partido Demócrata Cristiano, De la Sota se presento a las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias frente a Sergio Masssa, pero perdió.
Y se recluyó en Córdoba. Entonces, el poder provincial estaba otra vez en manos de su socio político, Juan Schiaretti, con quien fue alternando.
Después de pasar años enarbolando las banderas del “cordobesismo”, en sus últimos tiempos de vida, De la Sota intentó nuevos puentes con el kirchnerismo.

Schiaretti, en cambio, prefiere la neutralidad. Ni macrista abierto ni kirchnerista, aunque mucha de la gente que lo rodea esté abiertamente del lado de los Fernández.
Pero claro, Córdoba volvió a expresarse a contrapelo del resto de la Argentina. Aquí, en las Paso, ganó Macri. La isla cordobesista de peronistas y radicales sigue haciendo su juego.
Como sostenia el periodista Sergio Carreras (@soysergio en Twitter) algunos años atrás, gobernar en Córdoba es siempre culpar a Buenos Aires.
El diálogo que imaginó Carreras sonaría así:
-A ver, alumnos De la Sota, Schiaretti, Mestre, Angeloz, contesten: ¿Por qué Córdoba no tiene mar?
-¡Porque se lo robaron los porteños, señorita!









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