La guerra en Yemen, un conflicto internacional que pocos quieren aceptar

En cuatro años, la guerra destrozó Yemen, el país más pobre de la Península Arábiga. Casi toda la población del país -el 80%, según la ONU- necesita ayuda humanitaria. Unas 8,4 millones de personas padecen actualmente “hambre extrema” y unos 400 mil nenes corren el riesgo de morir por desnutrición.


Redacción Aire Digital

El ataque de la milicia hutí que paralizó la mitad de la producción de la mayor empresa petrolera de Arabia Saudita y hace temer un alza importante del precio del crudo en todo el mundo, desnudó una realidad que pocos quieren aceptar: la guerra en Yemen hace tiempo que se convirtió en un conflicto internacional.

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Un poco de historia

El movimiento rebelde hutí nació en los años 90 con el objetivo de proteger las tradiciones religiosas y culturales de la minoría chiita Zaydi que vive en el norte de Yemen y que enfrentaba las influencias del islamismo ultraconservador dominante del otro lado de la frontera, en la poderosa monarquía de Arabia Saudita.

Con la invasión de Estados Unidos a Irak en 2003, los hutíes se radicalizaron y comenzaron a confrontar militarmente con el entonces gobierno nacional de Ali Abdullah Saleh y, más esporádicamente, con su aliado regional Arabia Saudita.

Pero fueron las protestas antigubernamentales de 2011, en el marco de la Primavera Árabe, las que les permitieron ampliar su apoyo popular y comenzar a expandir su control territorial desde el norte hacia el centro del país.

En septiembre de 2014, y tras una alianza con su antiguo enemigo, el derrocado presidente Saleh, los hutís lograron tomar la capital, Sanaá, y expulsaron al presidente y nuevo aliado de los sauditas, Abdo Rabu Mansur al Hadi, quien se exilió en Riad.

Esa victoria cristalizó, en primer lugar, el apoyo militar de la principal potencia chiita de la región, Irán, una alianza que venía denunciando Arabia Saudita. En segundo lugar, fue el detonante para que la poderosa monarquía vecina se pusiera al frente de la guerra contra los hutíes.

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Naciones Unidas ha calificado la guerra como la mayor catástrofe humanitaria del mundo. Unos 85.000 niños menores de cinco años han muerto de hambre desde que se intensificaron las hostilidades en la guerra de Yemen, hace casi cuatro años, afirmó la ONG Save The Children en un informe en el que señaló que los chicos sufren “enormemente” su agonía y que algunos son tan débiles que ni siquiera pueden llorar.

En marzo de 2015, Arabia Saudita lanzó una campaña de bombardeos aéreos contra Yemen y, más tarde, bloqueó completamente el país, con el apoyo de una coalición de países árabes y con el visto bueno de sus socios y proveedores de armas occidentales, Estados Unidos, Reino Unido y Francia, principalmente.

Hace unas semanas, un grupo de investigadores de la ONU concluyeron que Estados Unidos, Reino Unido, Francia e Irán “podrían ser cómplices de crímenes de guerra en Yemen porque proveen armas a varios actores involucrados en el conflicto”.

El año pasado, tras el asesinato de un periodista disidente saudita y ante los llamados de la ONU a frenar la crisis humanitaria en Yemen, creció la presión internacional para que estas potencias occidentales suspendieran sus ventas de armas a Arabia Saudita.

En Washington, hasta el Congreso aprobó una ley para prohibirlas, pero el presidente Donald Trump la vetó.

Cuanto más crecía la ofensiva saudita contra los hutíes, más notoria se hacía la ayuda militar iraní, que le garantizó sistemas de armas mucho más avanzados a la milicia.

Estas nuevas capacidades militares le permitieron a los hutíes ampliar su capacidad de ataque y a los golpes poco efectivos en la zona fronteriza le siguieron bombardeos cerca de la capital Riad, contra el aeropuerto internacional de Abha y contra el único oleoducto que une el Golfo Pérsico con el Mar Rojo.

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Junto con Arabia Saudita e Irán, el otro país de la región que está ganando poder en la guerra en Yemen es Emiratos Árabes Unidos.

Esta pequeña pero rica monarquía ingresó al conflicto como parte de la coalición árabe liderada por Riad, pero eventualmente construyó sus propios intereses y hoy es la potencia externa dominante en el sur del país, la zona históricamente más desarrollada de Yemen y mejor conectada al mundo por sus puertos del Golfo de Adén.

Mientras Arabia Saudita apoyó a milicias locales cercanas a la Hermandad Musulmana, un movimiento regional, y priorizó el norte del país, fronterizo con su territorio, los Emiratos se concentraron en el Sur y apoyaron a un grupo secesionista rival de las milicias locales pro sauditas y del gobierno en el exilio de Hadi, el Consejo Sureño de la Transición.

Y si este mapa de potencias regionales y aliados internacionales no era suficientemente complejo, el ataque del sábado pasado contra la petrolera saudita despertó sospechas de que los aviones no tripulados de los hutíes despegaron desde Irak.

Tras la invasión de 2003, la mayoría chiita tomó el poder bajo la tutela de la ocupación estadounidense, lo que eventualmente produjo una construcción de poder poco común en la región: un gobierno muy cercano a Estados Unidos e Irán.

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En cuatro años, la guerra destrozó Yemen, el país más pobre de la Península Arábiga. Casi toda la población del país -el 80%, según la ONU- necesita ayuda humanitaria. Unas 8,4 millones de personas padecen actualmente “hambre extrema” y unos 400 mil nenes corren el riesgo de morir por desnutrición.

Nota de redacción: en esta noticia se utilizó información de la agencia Télam

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