lunes 13 de septiembre de 2021
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Brasil no es para amateurs

Brasil es una tragedia jubilosa y devota de un Dios silente, cuya independencia fue declarada por un príncipe portugués que se declaró "emperador constitucional" y que desde entonces es gobernada por los blancos, sus dueños. Analizar el país continente no es, como diría Jobim, "para principiantes", intentemos algo distinto.

La independencia brasilera data de unos 200 años, durante los cuales se forjó una idiosincrasia marcada por una primacía blanca en la conducción política y económica, en la construcción del plexo normativo de una nación que nace como imperio y donde la democracia es una anomalía absoluta, que mantiene casi intactas sus estructuras esclavistas premodernas (fue en 1888 el último país de América que abolió la esclavitud), que disfruta y exporta una cultura festiva y culturalmente profunda, particularmente heredada de su población afrodescendiente y que actualmente representan el 50% de la población y el 83% de la población carcelaria, el 63% de los desempleados, el 4,7% de los cargos ejecutivos (0,4% sin son mujeres) y 7 de cada 10 asesinados que –si son jóvenes de entre 15 y 23 años- son velados sin prensa ni escándalo a razón de 1 por día.

Para decirlo sin cifras, una nación que –ante todo- mantiene un racismo estructural sólido y autoindulgente que engloba en el desprecio a campesinos, indígenas y mujeres pobres antes que negros y mulatos, donde lo que por aquí se denomina “batalla cultural” se da en términos más diferentes que parecidos y muy desiguales; no porque O Globo, las industrias culturales o las instituciones educativas brasileras sean más racistas y neocoloniales que las argentinas (aquí el racismo adquiere ribetes menos obvios que el que segrega por color de piel), sino porque el ethos cultural brasilero tiene dos centurias de racismo institucional disfrazado de sociedad igualitaria, con la inclusión de un artefacto trabajosamente forjado como la “democracia racial” que permite la excepcionalidad de Milton Nascimento, Gilberto Gil, Pelé, Ronaldinho o Neymar. Brasil es un país no sólo tropical sino también forjado a golpes militares y mentiras impiadosas, donde la alegría funciona –como aquí también- como una defensa contra la miseria que supone ser la sexta economía en el contexto mundial y uno de los 15 más desiguales, donde el 1% de la población gana más de u$s 7.000 al año (unos 30.000 reales) y el 50% no llega a los u$s 200 (unos 900 reales).

La última dictadura militar brasilera no duró 7, sino 21 años y el pacto de salida incluyó una ley de impunidad y olvido. Al igual que en la Moncloa que posibilitó el post franquismo –y que decenas de políticos reclaman desde hace años para solucionar los problemas del país- y que en todos los países latinoamericanos emergentes de las sangrientas dictaduras de la década del setenta, nadie fue juzgado ni condenado, ni militares, ni civiles, ni autoridades religiosas.

Ése es el Brasil que gobernó uno de los cinco grandes latinoamericanos que logró la década de mayor inclusión económica y social de América Latina, Luiz Inácio Lula Da Silva, que sin embargo –y si es por comparar con cierto grado de justicia y contra una referencia que no es familiar- no debiera ser medido con Néstor Kirchner sino con Juan Domingo Perón, porque tuvo que inventar algo que no existía antes y que aún conserva arraigo popular y mística (tuvieron que encarcelarlo para que no arrasara electoralmente y aún hoy posee esa potencia como candidato), redujo la pobreza un 73% en 12 años y la pobreza crónica o estructural del 10 al 1,5% (lo que impactó en las condiciones de vida de 30 millones de personas), los hizo ganar a todos (los ricos aumentaron un 23% sus niveles de ingreso pero los pobres un 84%), sacó a Brasil del dramático mapa del hambre de la FAO, diseñó una estrategia de desarrollo negociable a escala latinoamericana y todo prometiéndole al establishement local y al pueblo en general, en una carta abierta firmada de puño y letra, que haría todo eso sin amenazar los negocios ni las riquezas de los más ricos, de los dueños del Brasil. No Biden, sino Juan Domingo Lula, sería la chanza más correcta.

Pero más allá de las torpezas y claudicaciones de Dilma Rouseff (el diseño neoliberal del gabinete en puestos claves fue avalado por Lula) y del golpe de estado parlamentario, militar y judicial que la destronó, más allá de los juicios manipulados y la condena que confinó a Lula a 580 días de cárcel por “corrupción pasiva” y de cierto clima de restauración neoliberal a escala continental…¿qué fue lo que hizo que un pueblo que votaba con las dos manos al metalúrgico sin instrucción universitaria que había reparado una injusticia histórica y había convertido a Brasil en la décima potencia mundial, votara luego a Jair Bolsonaro, un racista violento, confeso, misógino, homofóbico, ilustrado e ignorante a la vez, cómplice y propagandista de las dictaduras brasileras? Varias razones y faltan otras: la matriz cultural colonial e hija del militarismo autoritario que supervive en vastos sectores medios e incluso populares, el éxito de la “corruptocracia” como sistema de gobierno asociado a los populismos de izquierda (“prefiero votar a un homofóbico que a un ladrón” se le escuchó a un militante gay en plena campaña), el hecho de que los votos eran de Lula y Haddad fue incapaz de retenerlos, que el PT era una bolsa de contradicciones y acusaciones cruzadas incapaz de recrear ninguna mística y que la figura desfachatada, extrema y hasta brutal de Bolsonaro cayó en campo fértil: una encuesta de principios de 2018 realizada por la Corporación Ibarómetro reflejaba un par de datos que refrendan nuestras apreciaciones sobre la idiosincrasia cultural brasilera, sólo un 38% creía que la democracia era preferible a las dictaduras o cualquier otra forma de gobierno y el 41% manifestaba que le era indiferente si el régimen gubernamental era democrático o autoritario.

¿Hay más y mejores razones para explicar el fenómeno Bolsonaro (admirado por Macri y con quien Milei quiere una cumbre de países libertarios)?. Se consultó a alguien que vive en ése Brasil que contamos desde hace años, santafesina, peronista, brillante y amante de los análisis que desarman lugares comunes del progresismo argento.

“Brasil no es para amateurs”

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“Sin entender el factor religioso en Brasil no se entiende la política ni en Latinoamérica se puede llevar adelante ningún proyecto político” / Foto: Silvia Lilian Ferro.

“Sin entender el factor religioso en Brasil no se entiende la política ni en Latinoamérica se puede llevar adelante ningún proyecto político” / Foto: Silvia Lilian Ferro.

Silvia Lilian Ferro tiene créditos académicos y vitales suficientes para contestar la pregunta que presentamos en el párrafo anterior y es rompedero de cabezas para la clase media intelectualizada o politizada argentina. Es chaqueña de nacimiento, santafesina por opción y reside en Brasil (más precisamente en Foz de Iguazú) desde hace 7 años. Es licenciada en historia por la UNL, tiene una Maestría en Investigaciones Feministas en la Universidad Pablo de Olavide (España), Doctora en Ciencias Sociales por la misma universidad y tiene un Post Doctorado en el Programa de Economía, Sociedad y Construcción del Conocimiento en la Universidad de Córdoba. Es autora y coautora de libros y artículos en revistas científicas y con gran experiencia en consultorías con investigación aplicada. Pero sobre todas las cosas tiene la mente y el corazón abierto como para decir que le "tomó dos años comprender las razones y la sensibilidad del pueblo brasilero, aún lo intento y sobre todo porque soy argentina, Bolsonaro no me duele tanto como Macri por esa misma razón”.

“El mayor problema de Bolsonaro no es por sus declaraciones estridentes o su ideología, ni siquiera por las reformas políticas neoliberales que implementa, sino porque las condiciones de vida del pueblo brasilero ya son críticas. Tanto es así que él mismo salió a parar la huelga de camioneros que –pese a que la nafta está a precios exorbitantes- pedía que se vaya el ministro de la corte, porque un desabastecimiento subiría los precios y eso es lo que lo está erosionando. Hay una inflación que no se veía hace mucho tiempo y esto asusta a los sectores populares”.

Sobre el impacto de su pésima gestión de la pandemia asegura que “pese al medio millón de muertos y 21 millones de contagios, el costo lo paga con sectores medios progresistas pero en los sectores populares muy alfabetizados por los pastores del neopentecostalismo, el impacto es mucho menor, no hay estudios serios que digan otra cosa. La vuelta a los mapas mundiales del hambre es lo que lo debilita, porque hay un 48% de votantes circunstanciales no fidelizados que están atentos a otra cosa. Hay sí una CPI del coronavirus que es la que aportará las pruebas para un potencial impeachement a Bolsonaro, pero no olvidemos la escala. Casi 600.000 muertos es un escándalo lamentable, pero estamos hablando de 231 millones de habitantes. Y que esta escala sirva para entender la real magnitud de las manifestaciones de bolsonaristas, entre 120 y 150 mil personas, ellos esperaban 2 millones”.

Jair Bolsonaro mantuvo el silencio tras la derrota de Brasil en la Copa América, pero sus hijos salieron con los tapones de punta
Una Comisión Parlamentaria de Investigación en Brasil sobre el coronavirus aportará las pruebas para un potencial impeachement a Bolsonaro.

Una Comisión Parlamentaria de Investigación en Brasil sobre el coronavirus aportará las pruebas para un potencial impeachement a Bolsonaro.

Sobre el comportamiento de las clases medias, Lilian encuentra un paralelismo posible entre Brasil y Argentina, al decir que “existen diferencias en el modo en que gobiernos populares como el de Alberto Fernández o –casi seguramente- Lula retoman el poder, pero las clases medias establecen con ellos las mismas relaciones que con el servicio doméstico: le retribuyen poco, los explotan bastante y les piden demasiado. Una vez que sacan millones de la pobreza y ensanchan la clase media, en un típico análisis jauretcheano, votan expresiones excluyentes que les destrozan la vida pero representan grupos sociales o estilos de vida que quisieran alcanzar. Algo así como «vengan a limpiar y arreglar el desastre que dejan fantoches como Macri o Bolsonaro» y luego váyanse, esa noción de empate técnico permanente. Si hoy vuelve Lula no es porque la clase media entendió nada, no quieren discutir proyectos políticos o ideas sino que les limpien la casa, que reparen el daño que les hizo el mismo tipo que apoyaron para sentirse parte de algo que nunca serán, ni tienen porqué ser”.

Sobre los apoyos que aún sostienen a Bolsonaro y aquí apenas conocemos en calidad y magnitud: “Los sectores populares que no tienen acceso a la culturización que les permita ascenso social, que aún son muchos en Brasil, tienen como alfabetizadores culturales y políticos a los pastores evangelistas y neopentecostales, sin entender el factor religioso en Brasil no se entiende la política ni en Latinoamérica se puede llevar adelante ningún proyecto político. Si uno deja afuera lo religioso con una actitud anticlerical tan cara a nuestros progresismos ilustrados, no hay proyecto político que pueda consolidarse en América Latina”.

Los cultos evangélicos, en su mayoría pentecostales, son fenómeno con más prensa y artículos de aproximación que estudios culturales profundos y fueron tan aliados de Lula como la estructura capilarizada y extendida en los sectores populares que sostiene a Bolsonaro. “Después de que la Iglesia Católica decayó, el gran alfabetizador político en Brasil son las iglesias pentecostales, con un pastorado muy accesible incluso para mujeres –lo que como católica me da una gran envidia- y que no exige estudios teológicos como el caso del protestantismo, por ejemplo. No hay que estudiar, son anti intelectuales, con leer la Biblia (la primera parte y no toda) y los whatsapps alcanza y sobra. Para los sectores populares de Brasil, la religión pentecostal representa el mecanismo de movilidad social que no le puede dar el Estado ni la política”.

¿Quién se copia de quién? Seguro que Milei de todes, de Trump, de los neopentecostales, de Durán Barba y de Bolsonaro. Todos trabajan fidelizando electores emocionalmente, razonar es para ilustrados modernos o setentistas, es el problema que tienen los intelectuales del PT y que suelen tener los polemistas del FDT e incluso Santoro el bueno, cuando se enfrentan a candidatos y discursos (y electorados) que no soportan argumentaciones encadenadas o que requieran un mínimo de atención sostenida. Como el juego de Les Luthiers, “el que piensa –o exige tal cosa- pierde”, pero Lilian advierte que “así puede ganarse una elección pero no sostenerse un gobierno, y es un problema de Bolsonaro. Es un cambio a nivel civilizatorio tan grande que las viejas estructuras políticas de la alfabetización apenas lo comprenden y casi nada han hecho para aggiornarse, hoy comunicar y educar es concitar adhesión emocional”.

Vuelve Lula, pero qué Lula y para qué?

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“A Lula lo van a dejar volver pero el establishment va a cuidar que derrota de Bolsonaro no se tan estrepitosa, vuelve condicionado”, asegura Silvia Lilian Ferro / Foto: Télam.

“A Lula lo van a dejar volver pero el establishment va a cuidar que derrota de Bolsonaro no se tan estrepitosa, vuelve condicionado”, asegura Silvia Lilian Ferro / Foto: Télam.

Lula fue quien en Brasil hizo patente el slogan alfonsinista de que con la democracia se come, se cura y se educa y de allí su potencia mítica y vigente. El problema de la democracia como el mejor sistema conocido, es igual que en Argentina, se relativiza si no atiende la calidad de vida de los sectores que la necesitan tanto como a la política (para los ricos es fácticamente irrelevante). Pero el Brasil que le espera –casi seguramente a él o algún candidato de la tercera vía capaz de romper el bifrentismo que ordena en torno de Lula y Bolsonaro- es distinto y peor, el Supremo Tribunal de Justicia que le devolvió la libertad y su derecho a participar como candidato es el mismo que propició su persecución y condena. Las cámaras industriales, la banca y el agronegocio se han visto perjudicados en la rentabilidad de sus negocios, pero imaginan una victoria ajustada para controlar el “peligro populista inclusivo” que representa Lula: él va a venir a hacer el trabajo doméstico de ordenar el desastre. Pero no van a desechar a Bolsonaro o intentarán fortalecer a alguien como Ciro Gómez por ejemplo.

También están los líderes surgidos de la Comisión Parlamentaria de Investigación del covid, el denominado Centrao del Parlamento, la senadora Simone Tébet, la senadora Eliziani Gama y el también senador Alessandro Vieira. Lilian agrega otro dato: “creo que, y esto es algo que intuyo y lo juego, el escenario está servido para un tapado, está tan clara la polarización del escenario electoral que creo que hay margen para otros nombres, para un experimento capaz de posicionarse para el después, para cuando Lula ya haya limpiado la casa”.

Brasil no es para principiantes, para "cagatintas" ni para amateurs y entrever el futuro mediato supone algo más que leer encuestas y proyectar opiniones. Bolsonaro parece terminado, Lula parece que vuelve. El pueblo quiere pan, orden y tal vez progreso, los dueños del país continente necesitan un presidente idóneo y previsible. Brasil es un drama complejo y con final abierto.

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