En medio de la oscuridad, un grupo de huéspedes ucranianos del hotel Natsionaly se junta a fumar tabaco en una esquina del séptimo piso que está rodeada de ventanas. Lo hacen desde que anochece bajo un silencio profundo. Sólo se escucha la brasa que se quema en medio de una oscuridad cerrada. Todos usan unas pantuflas blancas que da el hotel, que tienen una suela muy finita. Fuman dos o tres cigarrillos seguidos apoyados contra una pared, y tiran las cenizas en unas botellas de plástico que improvisaron de ceniceros. Parecen escondidos. Es que no quieren mirar por las ventanas porque dicen que hay francotiradores en los techos de la Rada, el Parlamento ucraniano que se encuentra a menos de una cuadra en diagonal. Todo el hotel está rodeado con barricadas y tanques, que protegen esa zona clave. Fuman desesperados y se van a sus habitaciones, sin hablar. Al rato empiezan a volver al mismo lugar para desahogar la tensión con el tabaco.
El hotel Natsionaly en Kiev parece un fantasma con huéspedes fantasmas. La guerra lo transformó de golpe en un espectro desconocido para sus clientes de antaño, a pesar de ser un edificio imponente de 12 pisos que tuvo su esplendor hasta hace poco tiempo. Unos días, nomas, antes de que comenzara el 24 de febrero la invasión de Rusia.
Natsionaly está enclavado en pleno centro de la capital de Ucrania, a una cuadra y media de la Rada, cuya cúpula imponente se ve desde mi habitación, donde están apostados durante 24 horas soldados y francotiradores ucranianos, según mis compañeros de hotel.
A unos 500 metros está el emblemático Maidan Square, la plaza donde se gestaron las protestas de 2014 que derrumbaron al gobierno pro ruso y le abrieron las puertas para que cuatro años después ganara Volodímir Zelensky por el 73% de los votos.
Hay pocos hoteles abiertos en Kiev hoy y el Natsionaly sobrevive como el resto de los alojamientos teniendo de huéspedes a periodistas y a unos pocos ucranianos que decidieron irse de sus casas para estar en un lugar que, en teoría, parece más seguro.
El hotel es antiguo y guarda su aire señorial, con alfombras espesas y paredes decoradas con objetos dorados. Ahora todo parece deslucido, sobre todo cuando cae la noche y los amplios ambientes, de techos altos, quedan envueltos en la oscuridad. Hay que moverse con linternas por dentro del hotel, aunque los ucranianos no las usan, prefieren ir a tientas por los corredores desiertos.
Las habitaciones no tienen luz. Sólo está iluminado el baño. Los empleados sacaron los foquitos de las lámparas por si alguien quiere romper las nuevas normas: tener todas las luces apagadas por los bombardeos, un argumento que parece haber salido de la Segunda Guerra Mundial. Hoy los misiles pegan en los blancos aunque esté todo a oscuras o iluminado. Los pocos hoteles que siguen funcionando lo hacen de esta manera. Hay que moverse con la linterna del celular para guiarse por el edificio gigantesco que está casi vacío.
Irina, la secretaria, de 61 años, es la que comanda la nave a oscuras. La mujer está 12 o 14 horas sentada en una silla en la recepción, junto a un guardia de seguridad que tiene un fusil guardado en una funda azul detrás de una puerta. La entrada al hotel está cerrada. Sólo se les abre la puerta a los huéspedes y a aquellos que tienen una reserva. El guardia, un hombre canoso, vestido con una uniforme gris, duerme en el hall, en uno de los amplios sillones de pana que están frente a un pequeño bar, que ahora está cerrado.
Los empleados que prefirieron seguir trabajando duermen en el hotel, en habitaciones vacías. No pueden volver a sus casas. Y en sus caras hay angustia y tristeza. La mayoría de las empleadas son mujeres, como Liliya que se encarga del comedor, ubicado en el tercer piso, que está también en penumbras. Hay un piano de cola que nadie toca y un tablero de ajedrez de madera y fichas que parecen de marfil que nadie juega. La comida es escasa, y la racionan al mínimo, aunque la cobran al máximo. Esas parecen ser las reglas. El desayuno incluye dos tostadas de pan negro con manteca y un café. Para los argentinos no está mal, pero los ucranianos lo padecen mucho, porque a esa hora comen salchichas con huevo, como lo más liviano.
Desde mi ventana se ve un salón de fiestas del hotel, donde quedan vestigios de esa otra vida. Vasos en las mesas y platos sucios, como si los participantes de la fiesta se hubieran ido por un momento y el tiempo quedó congelado.
El toque de queda a las 19 horas regula la vida de todos los huéspedes –los pocos que salen son periodistas- que tienen que regresar al hotel antes de esa hora. El problema es llegar al lugar donde está el hotel, que está bloqueado por los militares que cambian las barricadas y retenes todo el tiempo y ponen alambres de púa en las calles para hacer más difícil el acceso a esa zona clave de la ciudad. Nos alojamos allí porque no había remedio. Es el único que tenía habitaciones libres.
Llegar al hotel es todo un artilugio en el que el GPS no corre para lograr encontrar la calle de acceso a la zona donde está el Natsionaly. El guardia, que no derrama simpatía, como ninguno en el hotel, admite que nadie sabe cómo volver cuando salen. Ni los propios empleados.
Los conductores de los equipos de periodistas se juntan casi todas las mañanas para tratar de develar el misterio. Un huésped veterano que está solo dice que el Natsionaly parece aquel delirante lugar que retrató Wes Anderson en “El gran hotel Budapest”.
Hay dos mujeres mayores que están en el cuarto con tres perros caniches, bien peinados, que sacan a pasear por distintos pisos. Como no se animan a salir le piden al guardia que los saque a hacer sus necesidades. Los perros se asustan con las bombas y lloran, explica una de las empleadas. El hotel es una mezcla de tragedia con delirio, quizá es una postal más reducida de lo que ocurre en el resto del país.
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