Que las hojas del potus se pongan amarillas es más común de lo que pensamos. Aunque es una de las plantas más resistentes y fáciles de cuidar, cuando el color cambia, la planta te está avisando que algo no anda bien.
Por qué se ponen amarillas las hojas del potus
Las hojas amarillas suelen ser el primer síntoma de estrés o desequilibrio en el crecimiento de la planta. Hay varias causas posibles, y cada una tiene su propia solución.
Riego incorrecto: El exceso de agua es uno de los errores más comunes. Si la tierra está siempre húmeda, las raíces no pueden respirar y empiezan a pudrirse, lo que genera hojas amarillas. Pero si te pasás para el otro lado y regás muy poco, la planta también sufre y muestra el mismo síntoma.
Mala luz: El potus necesita luz brillante pero indirecta. Si recibe sol directo, las hojas pueden quemarse y ponerse amarillas. En cambio, si está en un rincón oscuro, no puede hacer bien la fotosíntesis y también pierde color.
Problemas de suelo o drenaje: Un sustrato que no drena bien y se encharca provoca estrés en las raíces. Así, la planta no absorbe bien los nutrientes ni el oxígeno que necesita.
Deficiencia nutricional: La falta de nutrientes, sobre todo de nitrógeno, puede hacer que las hojas se pongan amarillas porque la planta no produce suficiente clorofila.
Estrés ambiental o plagas: Cambios bruscos de temperatura, aire muy seco o la presencia de insectos pueden afectar el color de las hojas. Fijate si hay bichitos o telarañas finas en los tallos y hojas.
Envejecimiento natural: Si solo algunas hojas viejas, cerca de la base, se ponen amarillas y el resto de la planta está bien, puede ser parte del ciclo natural del potus.
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Las hojas amarillas en el potus pueden ser una señal de alerta.
Cómo interpretar las señales de tu potus
Hojas amarillas con puntos al azar: Puede ser por estrés de luz o riego irregular.
Hojas amarillas y marchitas en ramas bajas: Probablemente es envejecimiento natural.
Hojas amarillas y tierra siempre húmeda: Ojo con el exceso de agua y la pudrición de raíces.
Ajustá el riego: Dejá que la tierra se seque un poco antes de volver a regar. Probá tocando la superficie con el dedo.
Mejorá la luz: Poné la planta cerca de una ventana con luz indirecta. Si entra mucho sol, usá una cortina fina para filtrar.
Revisá el drenaje: Asegurate de que la maceta tenga agujeros y no se junte agua en el fondo.
Fertilizá moderadamente: En primavera y verano, usá un fertilizante balanceado cada 4 a 6 semanas.
Controlá plagas y temperaturas: Inspeccioná hojas y tallos. Si ves insectos o telarañas, aplicá un jabón insecticida suave. Evitá corrientes de aire frío o calor directo de estufas.