Debajo del suelo existe una red invisible que conecta a las plantas y les permite intercambiar nutrientes
Un equipo internacional logró filmar en detalle la red subterránea que conecta plantas y suelos, y reveló los mecanismos que permiten a los hongos almacenar carbono y alimentar a los ecosistemas.
El estudio, publicado el 26 de febrero en la revista Nature, reveló tres descubrimientos clave.
Bajo cada secuoya gigante, cada tallo de trigo y cada margarita silvestre, existe un mundo oculto que sostiene la vida tal como la conocemos. Son las redes de micelio, filamentos de hongos que se entrelazan con las raíces de las plantas y las conectan con el suelo, formando una alianza milenaria.
Estos hongos, invisibles a simple vista, buscan nutrientes y los transportan hasta las raíces de las plantas, a cambio de carbono en forma de azúcares y grasas. Sin este intercambio, la vida en la Tierra sería imposible.
Un universo subterráneo que recién ahora se empieza a ver
Durante siglos, el crecimiento lento y el entorno subterráneo de estos organismos dificultaron su estudio. Pero ahora, un equipo internacional de 28 científicos de Países Bajos, Francia y Estados Unidos, entre ellos investigadores de Princeton University, logró observar en detalle cómo funcionan estas redes.
“Bajo tierra pasan cosas que nadie imagina porque no se ven”, explicó Howard Stone, profesor de Ingeniería Mecánica y Aeroespacial en Princeton y uno de los autores del trabajo.
El grupo, que incluyó a expertos como la bióloga evolutiva Toby Kiers (Vrije Universiteit Amsterdam y SPUN), el biofísico Thomas Shimizu (AMOLF Institute) y el biólogo Merlin Sheldrake (VU Amsterdam y SPUN), utilizó un sistema robótico de microscopía que recolectó datos de manera automática durante casi tres años. Así, pudieron analizar más de 30 veces la cantidad de información que habrían logrado manualmente.
EstudioTierraHongo
Los tres grandes hallazgos sobre los hongos que sostienen la vida
El estudio, publicado el 26 de febrero en la revista Nature, reveló tres descubrimientos clave:
Los hongos piensan a largo plazo. Según Shimizu, “prefieren oportunidades futuras antes que ganancias inmediatas”. Desarrollan puntas especializadas que exploran nuevos territorios y arrastran una red de micelio lo suficientemente densa como para buscar fósforo, el mineral que luego intercambian por carbono con las plantas.
El tráfico de nutrientes es de doble vía. Dentro de los tubos microscópicos de los hongos, los fluidos que transportan azúcares y grasas circulan en una dirección, mientras que los que llevan fósforo y nitrógeno lo hacen en sentido contrario. “Sabemos que el tráfico en dos direcciones es más eficiente, pero también puede generar congestión”, explicó Kiers. El equipo siguió unas 100.000 trayectorias y descubrió que los hongos se adaptan: amplían y aceleran los flujos donde la demanda es mayor, como cerca de las raíces.
No hay un “cerebro” central: todo se decide localmente. Cuando una punta en crecimiento se encuentra con otra rama de la red, simplemente se fusionan. “Es una estrategia elegante para evitar construir de más”, detalló Shimizu, y permite equilibrar la exploración de nuevos suelos con la extracción de nutrientes.
Estas redes de hongos almacenan alrededor de 13 mil millones de toneladas de dióxido de carbono por año, más de un tercio de las emisiones globales de combustibles fósiles. Además, ayudan a estructurar los suelos y prevenir la erosión.
El trabajo, que contó con el apoyo de instituciones como el High Meadows Environmental Institute, la Human Frontier Science Program y varias fundaciones internacionales, abre la puerta a entender cómo estos organismos han resuelto problemas de transporte y comercio de nutrientes durante cientos de millones de años.
Los videos de estos procesos subterráneos pueden verse en el sitio web de la Facultad de Ingeniería de Princeton.