Mauricio Macri y Alberto Fernández tienen en sus manos la posibilidad de aliviar la situación de los argentinos o de condenarlos a transitar por un verdadero calvario.
Quizá parezca una exageración plantearlo de esta manera, pero de lo que estos hombres hagan o dejen de hacer, digan o callen, avalen o rechacen; dependerá la calidad de vida de millones de personas en un país que se enfrenta a una crisis gravísima.
Los primeros gestos fueron alentadores. Poco después de confirmarse la derrota de Juntos por el Cambio, Mauricio Macri invitó al ganador de las elecciones a reunirse a primera hora de este lunes en la Casa Rosada.
Alberto aceptó la invitación. Dijo que para salir del pozo se necesita de todos y evitó cualquier tipo de agresión en su primer discurso como presidente electo.
La Argentina enfrenta una crisis económica muy profunda. Sin embargo, cualquier atisbo de mejora dependerá más de la política que de las decisiones que se puedan adoptar desde la economía.
La política fue, en gran medida, la responsable de llegar a este punto límite. Y ninguno de los principales actores está exento de responsabilidades.
Del lado de Mauricio Macri y de sus hombres más cercanos, las torpezas políticas fueron evidentes. La más grave, quizá, fue no haber tenido la capacidad de percibir a tiempo el hartazgo de una sociedad obligada a transitar un ajuste eterno.
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Así, el 11 de agosto de este año se chocó contra la realidad: la derrota en las Paso por 17 puntos representó el principio del fin. Pocas horas después del cierre de los comicios, el dólar volaba de 43 a 65 pesos, los mercados internacionales reaccionaban espantados ante el posible regreso del kirchnerismo, el FMI congelaba los desembolsos comprometidos con la Argentina.
Los errores políticos del macrismo contribuyeron a crear la tormenta perfecta en una economía ya endeble.
Luego del cimbronazo inicial, el gobierno recompuso su posición, tomó una serie de medidas para aliviar la situación social y comprendió que política y marketing no son sinónimos.
En apenas dos meses y a pesar del agravamiento de la crisis económica, logró reducir a la mitad la diferencia con el Frente de Todos.
¿Qué hubiese pasado el 11 de agosto si el gobierno no hubiera cometido tantos errores en materia política?
A estas alturas de las circunstancias, de poco importa. La mayoría de los argentinos se empobreció de la noche a la mañana. Recuperar el terreno perdido, será una dura tarea.
Tampoco Alberto Fernández está exento de responsabilidad política por el agravamiento de la situación.
Es verdad que no se puede responsabilizar al peronismo, ni al kirchnerismo, del rotundo fracaso económico de Cambiemos. Sin embargo, a partir del 11 de agosto las señales Alberto Fernández fueron confusas en un momento en que el país necesitaba certezas.
De hecho, resulta una paradoja que durante todo este tiempo reinara la incertidumbre, cuando las elecciones de este domingo tenían un final casi cantado. Fue esa misma incertidumbre generada por la falta de definiciones de Alberto la que contribuyó a profundizar la crisis.
¿Quién es Alberto Fernández? ¿El que criticaba a Cristina o el que dijo que él y Cristina son lo mismo? ¿El político que entiende la necesidad del diálogo o el que manda a un periodista a “hacer periodismo” porque le realiza una pregunta incómoda? ¿Qué rol jugará la ex presidenta? ¿Qué lugar ocupará La Cámpora? ¿Qué hará con la pesada deuda externa? ¿Qué sucederá con las causas por corrupción?
Demasiadas preguntas para un país y un mundo que esperan, al menos, algún atisbo de certidumbre.
Para la Argentina de hoy, el tiempo que resta para llegar al 10 de diciembre se parece demasiado a una eternidad.
En este tortuoso camino, Mauricio Macri y Alberto Fernández tienen en sus manos la posibilidad de dinamitar las esperanzas de millones de argentinos, o de desactivar esta verdadera bomba de tiempo para atemperar su capacidad de daño.
Dependerá de ellos. De que estén a la altura de las circunstancias. La política, será la llave que permita desandar el camino de los desaciertos y los desencuentros; o de llevar a los argentinos, una vez más, a caminar al borde del abismo.




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