Redacción Aire Digital
La historia del fútbol mundial se encuentra repleta de jugadores que marcaron este deporte a fuego. El estadio San Siro de Milan, aquel que alberga los partidos tanto del Inter de Milan como el AC Milan, fue rebautizado con el nombre de un jugador que se ubica entre los mejores que vistieron la camiseta de la azzurri.
“En Milán, el fantasma de Giuseppe Meazza mete goles que hacen vibrar al estadio que lleva su nombre”; diría una de las célebres citas de Eduardo Galeano. Giuseppe Meazza tuvo su homenaje post mortem; al tener su nombre en este Estadio, a partir del 3 de marzo de 1980.
En el día de hoy, se cumplen 40 años de la muerte del primer ídolo italiano, y de uno de los delanteros más certeros de la historia. Emblema del seleccionado bicampeón del mundo en los años treinta, de la mano de Vittorio Pozzo como entrenador y bajo la atenta mirada de Benito Mussolini, amenazando de muerte constantemente al plantel en caso de no obtener las victorias en las Copas Mundiales de 1934 y 1938.
Nacido el 23 de agosto de 1910, se crió en las afueras del barrio Porta Vittoria, entre los más pobres. Trabajaba con su mama vendiendo frutas, a cambio de poder jugar un momento en los campitos de su localidad.
Meazza jugó en los dos clubes de Milan, aunque con ciclos dispares. En Inter fue lo más cercano a un Dios, pero en Milan, apenas tuvo algunos destellos, por lo cual los aficionados del rossonnero, prefieren llamar San Siro al Estadio que comparten con su más acérrimo rival.
En los Mundiales de 1934 y 1938, brilló de la mano de Victorio Pozzo, tal como retrata otra de las citas de Galeano:
“Meazza colocó la pelota en el punto de fusilamiento. Era el galán del cuadro. Petiso pintón enamorado, elegante artillero de penales, alzaba la cabeza evitando al arquero, como el matador de toros en el lance final. Y sus pies, flexibles y sabios como manos, jamás se equivocaban. Pero Walter, el guardameta brasileño, era un buen atajador de penales, y se tenía fe. Meazza tomó impulso, y en el preciso momento en que iba a asestar el golpe, se le cayó el pantalón. El público quedó estupefacto y el árbitro casi se tragó el pito. Pero Meazza, sin detenerse, atrapó el pantalón de un manotazo y venció al arquero desarmado por la risa. Ese fue el gol que lanzó a Italia a la final del campeonato”.
Estos laureles se agregan a su picardía y excentricismo fuera de las canchas. Italia entera lo recuerda, mientras el tiempo lo sigue colocando en el olimpo de los grandes futbolistas para toda la eternidad.
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