Desde hace varios años, en muchas charlas con alumnos de periodismo suelo apelar a una encuesta muy casera. Pido a las personas de más de 40 años que se abstengan de responder. La responsabilidad queda en manos de los jóvenes.
¿Qué es Lexikon 80? –indago.
Y pongo tramposas opciones de elección:
- Un antibiótico.
- Un modelo de automóvil.
- Algún otro tipo de artefacto que se me ocurre en el momento..
En verdad, pocos chicos pueden dar alguna respuesta tan siquiera aproximada. Cada tanto aparece alguno que recuerda que era una máquina que, ya fuera de uso, su abuelo tenía herrumbrada en el depósito del fondo de la casa.
Y sin embargo estamos hablando de una pieza tecnológica icónica en la construcción diaria del periodismo, y que, desde los 80, fue jubilada por la implantación de computadoras de escritorio.
(Vaya otro recuerdo: desde entonces, las redacciones de los medios fueron mucho más silenciosas. Podemos discutir luego si eso no acalló también cierto necesario debate de ideas, pero será objeto de un capítulo distinto).
Pero este cambio tecnológico, de fuerte impacto puertas adentro de las redacciones, fue apenas una sombra de lo que vino después con la irrupción de Internet como plataforma de comunicación.
Considérese evolución o revolución, ya no se trataba de entender el periodismo desde la herramienta con la que se elaboraba. Aparecía la audiencia como un ser vivo, líquido, capaz de pasar de un medio a otro de manera simultánea.
Obsérvese que esto comenzó a desarrollarse a mitad de los 90 y, una década después, 2005, en la Argentina el número de usuarios de Internet crecía un 17,4 por ciento, según el Indec. Había ya más de 2 millones de internautas, la mayoría conectado por banda ancha, con un aumento del 82 por ciento en un año.
Todo formaba parte de una carrera exponencial. Aprendimos que existía una “ley de Moore”: aproximadamente cada dos años se duplica el número de transistores en un microprocesador. Eso llevó muy rápidamente a la reducción de los artefactos desde las viejas computadoras de escritorio a los minúsculos teléfonos inteligentes con una enorme capacidad de procesamiento de datos, infinitamente superior a aquellas.
Desde luego, no podía ocurrir nada distinto que la popularización de la tecnología y, por ende, la expansión de la mancha de lectores, frente a un periodismo que –hay que admitirlo– corrió muy por detrás de los cambios que experimentaba la sociedad.
Pasaron apenas 14 años desde aquel lejanísimo 2005. La evolución es imparable. Sin darnos cuenta ya estamos en la era de la inteligencia artificial (IA). Para bien o para mal, hay programas (bots) capaces de resolver contenidos periodísticos solo tomando datos generados por otros programas.
Hay técnicas de IA que permite editar videos falsos de personas que aparentemente son reales y que se conocen como deepfakes (ultrafalso).
Sin embargo, los periodistas todavía nos debatimos sobre cómo atender un mundo pendular que oscila entre los medios tradicionales y los “nuevos medios”, que ya de nuevos tienen nada.
“Me preocupa poco la muerte del papel si el digital publica periodismo. Me preocupa mucho que una máquina escriba noticias y crónicas”, tuiteaba el jueves el profesor Miguel Ángel Jimeno (@majimeno) de la Universidad de Navarra.
Pero en este tironeo en el que nos sometemos a nosotros mismos, hemos olvidado en gran medida la necesidad de lo que Albert Lladó llamó, utilizando un concepto de Alberto Camus, de 1939, “la mirada lúcida”, como uno de los cuatro puntos cardinales que rigen el periodismo libre: lucidez, desobediencia, ironía y obstinación.
En palabras de Lladó, esa mirada lúcida (tal es el nombre de su libro) debe combatir al autómata “en el que todos estamos a punto de convertirnos”.
En efecto, hemos puesto demasiadas veces la tecnología tan por delante en la profesión que hemos elegido apellidar el periodismo para identificarlo frente a su misma familia: periodismo digital, periodismo de datos, periodismo de soluciones, periodismo audiovisual, etc. Ya ni siquiera refleja la temática a la que atiende (científico o ambiental, por ejemplo).
Pero ese sería apenas un problema semántico de no ser que lo hicimos condicionar nuestra relación con las audiencias, mientras perdíamos jirones de calidad en el camino a punto de que, con ellos, se nos fue yendo la credibilidad, atributo medular, si los hay, de esta profesión.
No importa ahora mismo discutir cuánto de responsabilidad hay de parte de los periodistas y cuánto de parte de los medios en los que trabajan. Creo que sería una discusión inconducente.
Más bien, prefiero quedarme con la idea de que todos hemos contribuido a diseminar un modelo de periodismo que pone prioridad en la búsqueda del clic fácil con informaciones morbosas, con protagonistas que forman parte de un vacío sistema de estrellas e influenciadores, antes que a volver sobre sus raíces para recuperar el vuelo de la relevancia.
Le pregunté a un amigo editor por qué en su medio, donde se publican trabajos importantes de periodismo, con una altísima dosis de responsabilidad y calidad, se apela a este tipo de noticias (me quedo pensando si “noticia” es la calificación adecuada). "Nos piden clics para vender publicidad" –se sinceró, encogido de hombros. “El culto al dios Tag se ha convertido en una religión sin posibilidad de apostasía”, sintetiza Lladó.
Otros colegas, sin embargo, buscan una mirada más condescendiente. Estas informaciones forman parte de un atractivo adicional para las páginas. Las farmacias ya no sólo venden remedios; como atractivo, también caramelos y golosinas –me respondió otro editor. Y quizá, en parte, tenga razón. El mundo de la reflexión profunda permanente puede resultar algo aburrido si no se matiza.
Adicionalmente, quienes manejan los números de las organizaciones periodísticas advierten que, a mayor tráfico, mayor potencia de ventas publicitarias, en un modelo de negocios, como el digital, que aún no logra consolidarse con tantos jugadores en la cancha.
Como fuere, aún este tipo de periodismo no debería perder de vista la calidad.
- Calidad es profundidad.
- Calidad es seriedad.
- Calidad es credibilidad.
- Calidad es verificación.
- Calidad es un adecuado contraste de fuentes.
- Y, por si fuera poco, calidad es empatía con nuestra audiencia.
Hoy, estamos entendiendo que resignar calidad en función de la velocidad nos pone en una falsa dicotomía. Coyote y Correcaminos en un loop interminable.
En su último libro, The Game, el intelectual italiano Alessandro Baricco nos ilumina:
“Las revoluciones tecnológicas, por muy fantásticas que puedan ser, no suelen producir, de forma directa, una revolución mental, es decir una transformación igualmente visible en la forma de pensar de los hombres”.
Para Baricco, hay una lógica inversa: “Creemos que la revolución mental es un efecto de la revolución tecnológica y, en cambio, deberíamos entender que la verdad es lo contrario”.
La revolución mental nos obliga, entonces, a repensar el periodismo. A resetearlo. Porque, como sostiene el profesor Fernando Ruiz, “la revolución digital produjo la expansión de la conversación social y de la distribución de noticias, superando la conexión que el periodismo hace, por lo que gran parte del periodismo quedó realizando tareas redundantes, distribuyendo información que la gente ya tiene”.
Estamos a tiempo de volver a empezar con calidad y sin preocuparnos por las plataformas. Sólo requiere ocuparnos. Vuelvo sobre Ruiz: “Doscientos años después (de su nacimiento en la Argentina), el periodismo ya no quiere detener el tiempo, quiere navegarlo a su misma velocidad”.
Temas


Dejá tu comentario