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Caso Baldomir y los abusos sexuales intrafamiliares: cuando el monstruo está en casa

La sentencia a 18 años de prisión a Carlos Baldomir por haber abusado de su hija abre la puerta a una serie de preguntas: ¿Cuáles son los síntomas que se pueden advertir en estas situaciones? ¿Cuál es el perfil psicológico de este tipo de sujetos? ¿Qué herramientas existen para sacar del ring a la persona violentada?

Por Natalia Pandolfo

 

Un fuck you. Puños cerrados. Un índice apuntando a periodistas y atravesando luego el cuello. Los ojos ciegos bien abiertos. El perfil de un violento puede dibujarse quizás con estos tres o cuatro trazos.

No será la primera vez que una denuncia de violencia le pone una piña a un ídolo deportivo. No será la primera vez que, desde el ringside, la hinchada ruge su aliento: “Hay que separar al deportista del hombre”. “Lo que hace en su vida privada no tiene nada que ver con su desempeño en el ring”. “Es todo un armado de la ex mujer para sacarle plata”.

Puestos los reflectores sobre el tótem y conocida la sentencia a 18 años de prisión al boxeador por haber abusado de su hija cuando era menor de edad, la dimensión de lo monstruoso se expande por el cuadrilátero. ¿Cuáles son los síntomas que se pueden advertir en un niño abusado o una niña abusada? ¿Hay algún patrón de comportamiento del abusador? ¿Cuáles son los rasgos de personalidad de un sujeto que comete este tipo de aberraciones?

Desde el psicoanálisis, Lorena Aguirre ayuda a pensar algunas cuestiones: “Hablamos de abuso sexual infantil cuando se involucra a un niño, niña o adolescente en actividades sexuales que no llega a comprender totalmente, ya que por su condición carece del desarrollo madurativo, emocional, cognitivo, como para poder dar un consentimiento acerca de esos actos que el adulto propone. El abuso sexual se da siempre en una situación de asimetría, donde se juega la autoridad, el poder y la confianza”.

 

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Nocaut al silencio

Lorena es master en salud comunitaria y gestión sanitaria (Universidad de Heidelberg, Alemania), tiene experiencia de campo en Calcuta (India) y realizó posgrados en el área clínica de las infancias y adolescencias. Trabaja desde 1999 como psicóloga clínica en el Hospital de Niños de Santa Fe y desde 2014 coordina el Sector Salud Mental del mismo efector. Es docente de la UNL, escritora e ilustradora de literatura infantil.

“Un niño o una niña, de acuerdo a la edad en la que esté -no es lo mismo en la primera infancia, en la segunda infancia, en la preadolescencia o en la adolescencia- tiene más o menos capacidad de poder discernir lo que está bien y lo que está mal. El abuso sexual infantil es común porque un niño o una niña no pueden protegerse de esto, porque no son conscientes del acto. Por eso ocurren y se mantienen a lo largo del tiempo, dada la fragilidad psíquica de ese sujeto en construcción”, define.

Que el abuso, además, sea intrafamiliar (lo que se conoce como incesto), agrava la situación. “En el incesto se instala una situación mucho más traumática y compleja, porque hablamos justamente de la persona de mayor confianza y de base afectiva, con lo cual se atenta contra la primera base psicológica importantísima para la construcción de la salud mental”, explica.

Este adulto, que en teoría tendría que cuidar y proteger, es quien introduce cuestiones de la sexualidad adulta en un niño o una niña que están completamente fuera de esa realidad. “Esto es de carácter traumático -sostiene Aguirre-, pero no necesariamente implica que el cuadro devenga después en patológico. Eso tendrá que ver con los recursos psíquicos con los que cuente este niño o esta niña, el contexto vincular, cómo fue el hecho, entre otros muchos factores que no son de manual, sino están relacionados con la singularidad de cada caso”.

 

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Silencio que aturde

Un abuso sexual intrafamiliar siempre está enlazado con el silencio. “El silencio (o negación o desmentida) es una forma de defensa psicológica: estos mecanismos funcionan en los distintos miembros de la familia, dejando a la víctima en un estado de soledad e impotencia absolutas. De alguna manera esto se sabe pero hay que guardar el secreto, y esto genera un silencio que aturde a este niño o esta niña”, expresa la profesional.

Al maltrato infantil hay que pensarlo desde la óptica en que hay un adulto que toma a ese niño o esa niña como objeto y no como sujeto que tiene deseo propio, que está en construcción. “Por eso hablamos de un adulto con características perversas: si toma al niño como un objeto para satisfacer sus acciones de cualquier tipo (pulsiones agresivas o sexuales), estamos hablando de cierta estructura psíquica patológica. Esto tiene que ver con una falta de empatía, de conciencia moral, de pudor: todas las cuestiones del sujeto ético están ausentes, por lo cual decimos que se trata de una estructura perversa”, define.

– ¿Cuáles son los síntomas que se pueden advertir en un/a niño/a abusado/a?

– Desde conductas autoeróticas o hipersexualizadas hasta trastornos en el sueño o conductas regresivas, enuresis (orina involuntaria), encopresis (heces involuntarias), retraimiento social: puede haber muchos comportamientos en cualquier área de su desarrollo. El punto es que podamos observar un cambio en ese niño o esa niña.

De todos modos, puede suceder esto o puede que no suceda absolutamente nada. El silencio y la defensa psicológica que se levanta para poder seguir adelante con su vida, hacen que muchas veces las personas que están alrededor realmente no se enteren de lo que está pasando.

En la clínica, lo que se ve por lo general es un sentimiento de desamparo; una necesidad de ser amado/a y protegido/a; la sensación de estar en peligro permanente, ya sea real o imaginario; y la idea de sentirse diferente al resto: muchas veces, las niñas y los niños abusados suelen creer que son las únicas víctimas, y esto provoca sentimientos de humillación, desprecio, desesperanza o aislamiento.

 

Las infancias, en agenda

Para la psicóloga, “muchas veces en las marginalidades y en los barrios muy carenciados se observa pobreza simbólica en los vínculos de cuidado. Los contextos sociales, culturales, económicos, que tienen que ver con las realidades de nuestro país y de nuestros barrios, son escenarios complejos. De todos modos, esta problemática trasciende cualquier clase social”.

– ¿Qué herramientas tienen quienes comparten la vida de estos niños y estas niñas para ayudar?

Debemos siempre prestarles atención a cómo están. Escucharlos. Cuando los y las escuchás, lo hacés con el oído pero también con los ojos y con todos los sentidos.

Estar siempre atentos y atentas, no sólo por este tipo de cuestiones graves que pueden perturbar su desarrollo, sino también por otros aspectos: la infancia es una etapa de armado constante y lo que los adultos y las adultas tenemos que hacer es abrir el juego, para que ese niño o esa niña pueda jugar, crecer, aprender.

Al área de salud llegan los casos cuando el hecho ya está consumado y ha tocado el cuerpo, muchas veces de una manera grave. Si no, la situación puede permanecer en el silencio. Por eso es clave que todos los sectores estén atentos: las escuelas son un espacio de detección importante, así como todos los ámbitos que trabajan con niños y niñas. Y no caer en el prejuicio de que la familia es siempre la que va a cuidar. Por eso es tan importante que en las instituciones educativas se desarrolle la Educación Sexual Integral.

Por otro lado, es indispensable contar con políticas públicas de infancias y adolescencias. Hay toda una complejidad de situaciones que hoy no están siendo contempladas a nivel público y esto se ve, porque la realidad de muchos niños, niñas y adolescentes es bastante triste y problemática.

La salud es algo que construye toda la sociedad. Así como se puso en vigencia la cuestión del aborto y se pudo debatir socialmente, o como el veganismo entra a La Rural y trata de imponer el tema para que se hable, también es necesario que estas cuestiones estén en agenda. Hay niños y niñas que mueren por esto. La sociedad tiene que tomar este tema y ponerlo en discusión, porque ellos y ellas no lo pueden hacer.

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