Desde el domingo al mediodía el asedio de las tropas rusas a Kiev, la capital ucraniana y el bastión del presidente Volodímir Zelensky, se hizo asfixiante. En la madrugada del lunes los bombardeos se incrementaron de forma notable. Las defensas antimisiles de Ucrania no lograron interceptar una enorme cantidad de ojivas lanzadas desde territorio ruso. El ataque más fuerte fue en un shopping que se llama Retrovil y es el más importante de Kiev. Allí murieron diez personas y el edificio, que es gigantesco y tiene una extensión de unos 600 metros- fue destruido en su núcleo central.
Los misiles dieron en un área donde hay oficinas, que estaban vacías. Aire de Santa Fe logró ingresar a un sector del complejo, que tenía una fuerte custodia del ejército. El ala donde se encuentra el supermercado sufrió las consecuencias del ataque pero el impacto más fuerte se produjo a unos 100 metros de allí, donde están los edificios de oficinas. Unos minutos después de ingresar, entre vidrios y ventanas rotas, al shopping un grupo de soldados nos sacó de manera bastante brusca. Sólo dejaron trabajar en la zona más afectada del centro comercial a la TV pública ucraniana.
Durante los últimos dos días, cuando se empezó a notar una mayor intensidad de los ataques rusos contra la capital ucraniana, la relación entre los periodistas y los militares se hizo cada vez más tensa. Ante la presión de los bombardeos sobre Kiev, el gobierno decretó un toque de queda total hasta el miércoles. Nadie puede salir a la calle ni transitar, ni siquiera los periodistas. Todo aquel que esté en la calle será considerado un objetivo. Es decir un enemigo. Es el mismo estatus que existía hasta ahora con el toque de queda que iba desde las 19 a las 7 de la mañana.
Esta medida provocó un éxodo masivo de los ucranianos que aún seguían viviendo en Kiev. Las autopistas quedaron totalmente colapsadas durante el mediodía, una hora después de que se conoció esta medida.
En Kiev vivían unas 4.000.000 de personas, pero la guerra provocó que hasta el lunes solo quedaran poco más de 1,5 millones. Salir de la capital ucraniana se transformó en una peripecia casi imposible de lograr. La cantidad de barricadas y de controles en las calles hacen que el tráfico durante el día sea muy lento y se formen extensos embotellamientos en los check point, donde los soldados piden los documentos y revisan cada vehículo.
A los problemas que ya existían en Kiev por el desastre que provoca esta guerra, sobre todo a nivel humanitario, se empezaron a sumar otros que golpean duro en la vida cotidiana. La nafta ya casi no se consigue. Un 90% de las estaciones de servicio están cerradas. A algunas solo les queda gasoil. Pero la nafta es la que más escasea. Ante esa situación se empezó a vender nafta en bidones de manera casi clandestina. El precio es de 2,5 dólares, un 50% más que la que se vendía en las estaciones de servicio.
La guerra genera también negocios oscuros y muy redituables que giran en torno a aprovecharse de las necesidades de la gente. Ante esta situación, decidí moverme a una ciudad fuera de Kiev para no quedar atrapado en el hotel, sin poder moverme. Es la decisión que tomaron la mayoría de los periodistas. Pero salir de Kiev se transformó en una pesadilla. Solo se puede entrar y salir por el sudeste de la ciudad. Porque los otros accesos y egresos de Kiev fueron destruidos por las propias tropas ucranianas.
Se detonaron todos los puentes para impedir o hacer más complicado el ingreso de las tropas rusas. Solo quedó un ruta en pie cuyo asfalto está en muy mal estado. Es un camino que en tiempos de paz se usa para sacar las cosechas de cereales, papas y repollos, que es muy fuerte en esta zona. Son rutas angostas y repletas de pozos que ahora se multiplicaron por el intenso tráfico. Por allí también transitan los camiones militares que trasladan soldados y pertrechos hacia Kiev. Hacer 100 kilómetros nos llevó más de cinco horas.
AIRE en Ucrania: es cada vez más difícil conseguir comida
Como se venía el toque de queda tuvimos que parar en un alojamiento que está en el medio de un bosque en Vitivitzi, un pueblo rural de no más de 500 habitantes. El parador a oscuras -por los bombardeos- estaba repleto de familias que habían decidido salir de la capital ucraniana y de equipos de prensa. Muchos durmieron en los autos, donde el frío de la noche aportaba otra incomodidad. Nosotros logramos conseguir que una familia del lugar nos dejara dormir en un sofá a cambio de dinero.
La comida como siempre fue otro problema. El toque de queda hace que los horarios de la vida de la gente cambien todo el tiempo. Y la posibilidad de cenar se transformó en una quimera. En las pocas estaciones de servicio que quedaban abiertas desde hace varios días no reciben sándwiches ni las proveen de otros insumos. Logramos pescar unas latas de caballa y unas galletas que sirvieron de cena. La incertidumbre recubría a todos los que llegaban a Vitivitzi. La pregunta era hacia dónde ir al otro día.
Las alarmas de bombardeos comenzaron a llegarle a los ucranianos a sus teléfonos. Las bombas se escuchaban a lo lejos. Ese fue el sonido con el que pudimos pasar la noche con rumbo aún incierto.



