Hace un tiempo, por las calles del centro de Mar del Plata, camina aparentemente sin rumbo un hombre con la vestimenta de los tiempos de Jesús en las regiones de Galilea y Judea. No tiene pasado. No tiene nombre, ni un lugar donde descansar. Tiene los pies descalzos. Túnica y turbantes blancos como abrigo. Una mirada serena; un hablar pausado. Camina; a veces corre. Entonces se detiene y descansa. Parece haberse perdido en el tiempo.
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Llama la atención, claro. Algunos se ríen, otros no salen del asombro. Y en estos tiempos, lo normal, no lo ven, enfrascados dentro de su celular. Están los que peinan canas y se acuerdan de los personajes en la fuente de San Luis y Peatonal San Martín, o el pesebre a tamaño real en La Catedral, justamente del otro lado de San Luis.
No se detiene a mirar vidrieras en su recorrida por el centro de Mar del Plata. En la costa, sí. Contempla el mar. Puede hacerlo durante extensos minutos. No se ríe, no se sabe si habla solo o reza, no pregunta nada, contesta lo que quiere.
Restregándose suavemente las manos llega hasta Moreno, por Independencia. Dobla; a los pocos metros se detiene. Se sienta en el escalón de un negocio vacío. La mirada en el espacio. Los transeúntes giran sus cuellos hasta lo humanamente posible y lo observan mientras continúan sus pasos. Él no los persigue como ellos, incrédulo de los demás. Ni los mira.
Está sentado. No hay gestos de fatiga ni posición que indique algún tipo de cansancio. Parece haberse pausado, reposa. La vestimenta, los pies descalzos, el pelo presumiblemente largo y una barba sin el estereotipo actual, hasta enredada, lo asemejan a la imagen de Jesús de Nazareth.
¿Es o se cree Jesús? ¿Es o se considera el Mesías? ¿Es real o actuado? Quedará a criterio de cada uno, de sus creencias, de su escepticismo. De lo que cada uno quiera creer. O crea. Las conclusiones son de quien lo vea, quien lo escuche.
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